"El Eco del Averno: La Leyenda del Forat de Sant Ou"


 

"El Eco del Averno: La Leyenda del Forat de Sant Ou"

El invierno de mil trescientos y tantos azotaba las cumbres de La Pobla de Lillet. El frío no era lo que inquietaba a Bernat, un joven pastor que buscaba desesperadamente a una de sus ovejas descarriadas; era el silencio antinatural del bosque. En el Berguedà, cuando los pájaros callan, es porque algo que no respira está cerca.

Bernat se encontró, casi sin querer, frente a la boca del Forat de Sant Ou. El agujero parecía una herida abierta en la roca caliza, una garganta oscura que tragaba la luz de la luna. Los viejos decían que esa era una de las siete puertas por las que el Conde Arnau regresaba del infierno para cobrar sus deudas de carne y alma.

De repente, la corriente de aire cambió. El viento, que hasta entonces susurraba entre las ramas, se transformó en un silbido agudo, casi humano.

"No es el aire lo que escuchas, muchacho," recordó Bernat las palabras de su abuelo, "es el Conde usando el hueco de la tierra como una flauta para llamar a sus perros."

Entonces ocurrió. El suelo bajo sus pies vibró con el ritmo de unos cascos pesados. Del fondo del Forat de Sant Ou brotó un resplandor anaranjado, pero no era fuego que calentaba, sino un fuego fatuo y frío que hacía erizar la piel.

Un animal de ojos inyectados en sangre, cuyas crines eran lenguas de fuego negro que no consumían la carne, pero desprendían olor a azufre.

El Conde Arnau, con la armadura ennegrecida y grabada con las penas de sus vasallos, sostenía las riendas con manos que eran puro hueso y ceniza.

A sus pies, sombras con forma de perros, cuyos ladridos no salían de sus gargantas, sino que retumbaban directamente en la mente de quien los oía.

Arnau no miró a Bernat. Sus ojos estaban fijos en el horizonte, condenado a recorrer los dominios que en vida tiranizó. Sin embargo, al pasar junto al pastor, el viento se volvió un rugido ensordecedor. Los perros rodearon el agujero, sus fauces abiertas dejando escapar el vapor del averno.

Bernat se hincó de rodillas, apretando su cayado y rezando una oración que el miedo le hacía olvidar. Sintió el calor abrasador del paso del Conde y, por un segundo, el silbido del agujero de Sant Ou formó una palabra clara en medio del estruendo:

"—¿Todavía me teméis? —"

Cuando el eco de los cascos se perdió en dirección a Gombrèn, Bernat huyó sin mirar atrás. Llegó al pueblo con el rostro pálido y el cabello encanecido por el susto.

Desde aquel día, los pastores de la zona establecieron una ley no escrita: cuando el sol se pone tras las cumbres del Berguedà y el viento empieza a "tocar" la flauta en el Forat de Sant Ou, se cierran las puertas y se avivan las hogueras. Porque saben que el Conde Arnau no es un cuento para asustar niños, sino un recordatorio de que la tierra tiene memoria, y algunas deudas se pagan galopando por toda la eternidad.

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