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Mostrando entradas de mayo, 2026

LA CRIPTA TEMPLARIA II El Latido de las Sombras

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LA CRIPTA TEMPLARIA II El Latido de las Sombras Ernest Pont Salmerón Prólogo  Sierra de Aracena, marzo de 2027 (dos años después). Elena Vargas vivía en una casa de piedra blanca rodeada de encinas. Había rechazado varias ofertas de universidades y cadenas de televisión. Solo quería silencio. Sin embargo, Lucien de Molay nunca desapareció del todo. Se escribían cartas manuscritas (nada digital, nada rastreable). Mensajes breves, casi poéticos, sobre torres, sangre y recuerdos. En alguna de esas cartas, Lucien había escrito: «Hay lugares donde el pasado aún respira. Y creo que uno de ellos me está llamando.» LA CRIPTA TEMPLARIA II El teléfono sonó a las tres de la madrugada. —Elena… soy Lucien. Necesito que vengas conmigo. —¿Dónde? —preguntó ella, con la voz aún dormida. —Tomar. Portugal. La antigua fortaleza templaria. Han encontrado otra cripta. Similar a la de Jerez… pero esta no está sellada. Ya ha empezado a sangrar. Elena guardó silencio largo rato. —No. Ya pagué mi precio en ...

La Cripta Templaria

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  La Cripta Templaria  12 de marzo de 1312 La noche olía a hierro y miedo. Desde lo alto de la Torre del Homenaje del castillo de Jerez de los Caballeros, el comendador Rodrigo de Montalbán contemplaba la llanura extremeña iluminada por antorchas. Cientos de soldados del rey Fernando IV y del papa Clemente V rodeaban la fortaleza. La Orden del Temple ya no existía oficialmente. Habían sido declarados herejes, torturados, quemados. Pero aquí, en esta encomienda remota, los últimos caballeros libres de Castilla se negaban a entregar sus espadas. —Antes la muerte que la traición —murmuró Rodrigo, apretando el pomo de su espada. Abajo, en los sótanos excavados en la roca viva, fray Guillem de Ascó custodiaba la Cripta. No era una tumba cualquiera. Era un rectángulo perfecto tallado en la piedra, sin cruces cristianas ni símbolos musulmanes. En su centro, un sarcófago de basalto negro traído desde ultramar contenía algo que ni siquiera los templarios más altos de la Orden comprendí...

Oscuridad

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OSCURIDAD Ernest Pont Salmerón La luz se fue exactamente a las diez y doce de la noche. Todo el pueblo quedó sumergido en una oscuridad extraña. No la oscuridad corriente de apagar una lámpara. Aquello era distinto. Más profundo. Más silencioso. Mateo, que tenía once años, dejó el libro sobre la mesa. —Mamá… ¿se ha ido la luz? —Parece que sí. Las casas comenzaron a encender pequeñas velas. Algunas linternas aparecieron entre las ventanas. Pero algo no iba bien. Ni las estrellas brillaban. Mateo salió al patio. El cielo parecía una enorme sábana negra. Ni luna. Ni estrellas. Nada. Y entonces lo oyó. Una música. Lejana. Suave. Como una caja de música antigua. La siguió. Cruzó la plaza. Pasó junto a la vieja fuente. Y llegó hasta la casa abandonada del señor Julián. Llevaba años vacía. La puerta estaba entreabierta. —¿Hola? La música cesó. Silencio. Entonces una voz. —Has venido. Mateo se quedó inmóvil. En una mecedora, junto a una vela pequeña, había una mujer muy anciana. No la conocía....

Amapolas

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AMAPOLAS Ernest Pont Salmerón Cuando Alba tenía ocho años, su abuelo le enseñó un campo que parecía guardar un pedazo de cielo caído sobre la tierra. —Mira bien —le dijo—. Las amapolas no florecen para quedarse. Florecen para enseñarnos algo. —¿El qué? —preguntó ella. —Que algunas cosas son bonitas precisamente porque duran poco. Cada primavera caminaban juntos hasta aquel lugar. Un sendero estrecho junto al río, un viejo olivo torcido por el viento y, después, el milagro: cientos de amapolas rojas moviéndose como pequeñas llamas bajo el sol. Su abuelo llevaba siempre un sombrero de paja viejo y un reloj que ya no funcionaba. —¿Por qué no lo arreglas? —preguntaba Alba. —Porque algunas cosas no sirven para dar la hora. Sirven para guardar el tiempo. Y Alba no entendía. Los años fueron pasando. Llegó un invierno demasiado largo. Y una primavera, Alba tuvo que caminar sola. El sendero seguía allí. El olivo seguía allí. Pero faltaba una voz. Se sentó junto al campo rojo. El viento movía la...

La veu nascuda de la roca

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  La veu nascuda de la roca Un conte de la Font Gran de Cercs i el Torrent de les Garrigues La tardor havia tenyit la Font Gran de Cercs amb una paleta de colors càlids i vius. Els vells plàtans que custodiaven el camí deixaven caure les seves fulles daurades, marrons i rogences, creant una catifa cruixent que cobria el terra i gairebé amagava el sender de pedra. Per a l’Agnès, aquesta era la seva època preferida de l'any. Després d'un estiu ple de xivarri, el paratge tornava a ser seu. Com era la seva rutina habitual, havia sortit de casa a primera hora del matí, buscant la pau profunda que només aquell racó de muntanya li sabia donar. Volia passejar, respirar l'aire fresc que baixava de Casanova i deixar-se bressolar pel so de l'aigua. Però aquell matí de tardor, la tranquil·litat que buscava es va transformar en una sensació molt diferent. Una mena de buit que li va glaçar els ànims. Les seves passes la van portar primer cap a la zona del quiosc i les taules . A l’es...

Nos encontraremos en los sueños

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  Nos encontraremos en los sueños Había una vez una niña llamada Alba que tenía miedo de las noches. No del viento. Ni de la lluvia. Ni siquiera de la oscuridad. Lo que realmente le daba miedo… era quedarse dormida. Porque cuando cerraba los ojos, echaba mucho de menos a su abuelo Tomás. Antes, él le contaba historias de barcos, estrellas y faros junto al mar. Siempre terminaba igual: —Si alguna vez no me ves… búscame en los sueños. Pero una mañana el abuelo ya no estaba en su sillón azul junto a la ventana. Y desde entonces, Alba dejaba una pequeña lámpara encendida cada noche, por si él no encontraba el camino. Aquella noche, mientras la lluvia golpeaba despacio los cristales, su mamá la arropó. —Intenta dormir un poco. —¿Y si el abuelo no sabe dónde estoy? Su madre le acarició el pelo. —Las personas que nos quieren siempre saben encontrarnos. Alba cerró los ojos despacio. Y entonces ocurrió. El sonido de las gotas desapareció. La habitación comenzó a llenarse de pequeñas luces d...

El duende invisible

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  El duende invisible En un pequeño pueblo rodeado de bosques vivía un duende llamado Nilo. Era un duende muy especial. No porque supiera hacer magia. Ni porque tuviera un sombrero brillante. Ni siquiera porque pudiera hablar con los animales. Lo especial de Nilo era otra cosa: nadie podía verlo. Ni los niños. Ni los panaderos. Ni las señoras que regaban flores en las ventanas. Nilo era completamente invisible. Al principio aquello le parecía divertido. Podía sentarse en la fuente del pueblo sin que nadie lo molestara. Podía escuchar canciones en la plaza. Incluso olía los pasteles recién hechos antes que nadie. Pero con el tiempo empezó a sentirse triste. Porque nadie le daba los buenos días. Nadie le sonreía. Nadie sabía que existía. Y aunque era pequeño… la soledad le pesaba muchísimo. Cada noche se sentaba bajo un viejo árbol y suspiraba. —Ojalá alguien pudiera verme alguna vez… Una tarde de otoño ocurrió algo inesperado. Una niña llamada Alma caminaba por el bosque buscando su...

"Las Piconeras de la Salmedina: La Leyenda de los Guardianes del Corral"

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  "Las Piconeras de la Salmedina: La Leyenda de los Guardianes del Corral" —¿Ves allí a lo lejos, donde el mar parece romperse en mil pedazos de cristal? —preguntó la madre, señalando con el dedo hacia el horizonte—. Justo donde las olas saltan con más fuerza, se encuentra la Piedra Salmedina . Es un arrecife antiguo y sabio que guarda el secreto mejor guardado de toda Chipiona. Allí, cuando la marea baja y el arrecife asoma su lomo de roca como un gigante que sale a respirar, viven las Hadas de la Espuma . Su hogar son las pozas de agua cristalina que quedan atrapadas entre las piedras. Durante el día, las hadas descansan escondidas en las grietas de coral, pero en cuanto el sol se oculta tras el horizonte y el Faro de Chipiona enciende su ojo de gigante para vigilar el Atlántico, comienza la magia. —Pero hoy no se ven las hadas, mamá —dijo el niño, entornando los ojos—. Solo veo agua oscura. La madre suspiró, mirando a lo lejos, hacia la zona de la Canaleta del Diablo . —S...

La Niebla de Bucuesa

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  PRÓLOGO Junio de 1940 Europa ardía. Francia, la gran nación que había resistido en Verdún y brillado en Versalles, se desmoronaba en pocas semanas bajo el empuje implacable de la Blitzkrieg alemana. Mientras columnas de refugiados huían hacia el sur y los ministros discutían el armisticio en Burdeos, un bombardero plateado despegaba de la base de Pau una noche de lluvia. No era un avión cualquiera. Era un Lioré et Olivier LeO 451, uno de los más modernos de la Armée de l’Air. A bordo viajaban seis hombres y una carga que nunca debió existir: más de 137.000 francos y documentación que podía cambiar destinos. El plan era sencillo: llegar al norte de África. La realidad fue mucho más compleja. Durante tres días el avión desapareció del mapa conocido. Tres días en los que las órdenes oficiales se volvieron borrosas, en los que el deber y la supervivencia chocaron dentro de una carlinga, y en los que una montaña lejana, al otro lado de la frontera, esperaba en silencio. El 22 de junio...