La fórmula del Druida
En un valle cubierto de brumas, donde los robles eran más antiguos que la memoria de los hombres, se alzaba un pequeño poblado celta. Sus casas de piedra y techo de paja resistían el paso de las estaciones, y sus gentes vivían al ritmo de la tierra, del ganado… y del cielo. Allí habitaba Aedan, el druida. No era el más anciano, ni el más temido, pero sí el más escuchado. Sus palabras tenían el peso de lo invisible, y sus silencios, aún más. Vestía siempre una túnica oscura, y llevaba al cuello un pequeño talismán de madera de roble, tallado con símbolos que nadie en el poblado comprendía del todo. Decían que Aedan conocía la fórmula. No una fórmula escrita en tablas ni cantada en versos… sino algo más antiguo. Algo que no debía enseñarse a cualquiera. Una tarde, cuando el sol comenzaba a esconderse tras las colinas, un joven llamado Bran se acercó al druida. Era inquieto, valiente… y demasiado curioso para su propia seguridad. —Maestro —dijo con respeto—, quiero aprender. Quiero c...