El barranco de las luces dormidas

.  El Barranco de las Luces Dormidas

Era un lugar lejano y apartado de las rutas más transitadas por las gentes de las poblaciones de la comarca. Nadie iba mucho por allí, porque el camino era empinado, lleno de piedras redondas y arbustos que cosquilleaban las piernas. Pero los niños del pueblo sabían que, si seguías el riachuelo que cantaba bajito, llegabas al Barranco de las Luces Dormidas.
Allí vivía Mateo, un niño de ojos curiosos y mochila siempre llena de migas de pan (por si encontraba algún amigo con plumas o bigotes). Un día de primavera, Mateo oyó un rumor especial: el viento le contó que en el barranco había luces que se habían dormido hacía mucho tiempo. Luces que antes bailaban por el cielo, pero que un día se cansaron y se escondieron entre las rocas y las hojas.
—¿Por qué se durmieron? —preguntó Mateo al viento.
El viento solo respondió con un susurro: «Porque nadie las buscaba ya».
Mateo decidió ir. Llevó su linterna (aunque era de día), una manzana roja y mucho valor en el bolsillo. El camino era largo: subía, bajaba, cruzaba puentecitos de madera y pasaba por flores que olían a miel. Al fin, llegó al barranco.
¡Qué bonito era! Las paredes altas estaban cubiertas de musgo verde suave, como una manta gigante. El riachuelo hacía pozas cristalinas donde nadaban pececitos plateados. Pero todo estaba un poco oscuro, como si el sol tuviera vergüenza de entrar del todo.
Mateo se sentó en una piedra redonda y esperó. No pasó nada al principio. Luego, oyó un «tic… tic… tic…» muy bajito. Miró alrededor y vio una lucecita diminuta que parpadeaba entre dos hojas. ¡Era una luciérnaga! Pero no volaba. Estaba acurrucada, con las alas plegadas, como si tuviera sueño.
—Hola —dijo Mateo suave—. ¿Eres una de las luces dormidas?
La luciérnaga abrió un ojito brillante.
—Sí… —susurró—. Nos cansamos de brillar solas. Nadie venía a vernos.
Mateo sacó su manzana y la partió en trocitos.
—No estáis solas. Yo he venido. Y si queréis, os cuento un secreto: en mi pueblo hay niños que adoran las luces que bailan. Solo necesitan saber que existen.
La luciérnaga sonrió (porque las luciérnagas también pueden sonreír, aunque sea con luz). De pronto, ¡zas! Otras lucecitas empezaron a despertar: una en una flor, otra en una grieta de la roca, otra junto al riachuelo. Parpadeaban despacito, como si se desperezaran después de una siesta larga.
Mateo aplaudió.
—¡Vamos, amigas! Bailad conmigo.
Y bailaron. Las luces volaron en círculos alrededor de Mateo, haciendo dibujos en el aire: estrellas, corazones, espirales de colores verdes y amarillos. El barranco se llenó de risas luminosas. El sol, al ver tanto brillo, decidió entrar del todo y pintar todo de oro.
Cuando el sol empezó a bajar, las luciérnagas se despidieron.
—Gracias, Mateo —dijeron con sus luces parpadeando—. Ahora brillaremos todas las noches, para que los niños sepan que aquí hay magia.
Mateo volvió al pueblo con el corazón lleno de estrellitas. Esa noche, desde su ventana, vio cómo el Barranco de las Luces Dormidas se encendía como un cielo caído a la tierra. Y todos los niños del pueblo, uno a uno, empezaron a ir por el camino empinado, con migas de pan y mucho cariño.
Porque a veces, las cosas más bonitas están en los lugares más apartados… solo esperan que alguien las busque con el corazón abierto.
Y colorín colorado,
el barranco se ha despertado.
Fin.

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