El Castillo que se Escondió en el Olvido
El Castillo que se Escondió en el Olvido
Hace muchos, muchos años, en las montañas del Berguedà, donde los ríos cantan bajito y los pinos guardan secretos, existía un castillo llamado Fígols Vell. No era el más grande ni el más alto, pero era valiente: vigilaba el valle desde una colina que ya nadie recuerda exactamente dónde estaba. Sus piedras habían visto condes jurar fidelidad, caballeros cabalgar con antorchas y niños jugar entre sus murallas cuando aún había risas allí.
El castillo tenía un guardián especial: una anciana lechuza llamada Cecilia, que vivía en la torre más alta (la misma que después se convirtió en la iglesia de Santa Cecilia, cuando el castillo empezó a dormirse). Cecilia no era una lechuza cualquiera; era la memoria del lugar. Recordaba cada nombre: Pere Ramon el castlán fiel, Berenguer Ecard el valiente, los condes de Cerdanya que venían con sus promesas, y hasta Ponç de Fígols, el caballero que llevaba el nombre del castillo como un escudo.
Pero los años pasaron como nubes de tormenta. Los condes se fueron a otros lugares más grandes, los caminos se cubrieron de hierba, y la gente del valle empezó a olvidar el camino hacia Fígols Vell. Poco a poco, el castillo se cansó de esperar visitas. Las murallas se hundieron en la tierra, las torres se tumbaron como árboles viejos, y las piedras se escondieron bajo musgo y helechos. Nadie encontró los restos porque el castillo decidió desaparecer del todo: se envolvió en niebla y silencio para que nadie lo molestara.
Solo quedó la iglesia de Santa Cecilia, pequeña y sola en lo alto, como un dedo apuntando al cielo. Desde allí, Cecilia la lechuza seguía vigilando. Cada noche de luna llena, abría sus alas y susurraba:
—Aquí estuvo un castillo que juró lealtad a condes y reyes. Aquí vivieron historias de honor y promesas. No me olvidéis...
Pero nadie la oía. Los niños del pueblo jugaban en otros sitios, los mayores hablaban de minas y fábricas nuevas, y el castillo se fue volviendo un sueño olvidado.
Un día, muchos siglos después, llegó al valle una niña llamada Laia. Le gustaba caminar sola por senderos que nadie pisaba, recoger piedras con formas raras y escuchar el viento. Un atardecer de otoño, siguiendo un riachuelo que brillaba como plata, Laia llegó a un claro donde crecían flores que nadie había plantado. En medio había una iglesia pequeñita, con una campana muda y paredes de piedra antigua.
Laia entró. Dentro olía a musgo y a tiempo viejo. Subió al campanario y, al asomarse, vio algo imposible: una lechuza blanca con ojos como lunas llenas la miraba desde una viga.
—¿Quién eres? —preguntó Laia, sin miedo.
—Soy Cecilia —respondió la lechuza con voz suave como plumas—. Y este era mi castillo, Fígols Vell. Se escondió porque lo olvidaron. Pero tú has venido... ¿me ayudarás a recordarlo?
Laia asintió. Desde ese día, cada vez que podía, volvía a la iglesia. Cecilia le contaba historias: de juramentos bajo la nieve, de caballeros que defendían el valle, de condes que soñaban con tierras grandes. Laia dibujaba mapas imaginarios del castillo perdido, escribía los nombres en su cuaderno y los contaba a sus amigos.
Poco a poco, otros niños empezaron a ir. Traían flores para la iglesia, cantaban canciones antiguas y buscaban "tesoros" entre las piedras (que no eran oro, sino recuerdos). Y aunque el castillo nunca volvió a levantarse de la tierra, dejó de estar tan olvidado. Sus historias volvieron a volar, como las alas de Cecilia.
Ahora, cuando pasa alguien por el camino viejo y ve la iglesia de Santa Cecilia sola en la colina, siente un cosquilleo: es el castillo susurrando "gracias por no olvidarme del todo".
Porque las cosas que se quieren de verdad nunca desaparecen del todo. Solo esperan a que alguien las busque con el corazón abierto.
Y colorín colorado,
el castillo ha despertado.
Fin.
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