El Dragón de Alcaudete

 



                           El Dragón de Alcaudete

                                   (Leyenda andaluza recontada por Ernest Pont)



Dedicado a
todos los que guardan fuego en el corazón y luz en la mirada,
aunque el mundo solo vea sombras.

El cuento

En lo alto de un cerro de Jaén, donde el viento lleva consigo el eco de los siglos, se alza el Castillo de Alcaudete. Sus murallas de piedra dorada por el sol esconden secretos antiguos, y cuando cae la noche, el silencio del valle parece contener la respiración, como si temiera despertar a algo dormido en sus entrañas.

Dicen los mayores del pueblo que, bajo los cimientos del castillo, duerme un dragón. No un monstruo cualquiera, sino una criatura nacida del fuego y la sombra, guardiana de un tesoro que no son solo monedas, sino recuerdos, juramentos y promesas incumplidas de los hombres que alguna vez alzaron espadas por amor o poder.

El dragón, cuentan, aparecía en noches de luna nueva. Su aliento ardía como fragua encendida, y sus ojos eran dos carbones vivos que perforaban la oscuridad. Los aldeanos escuchaban su rugido mezclado con el trueno, y nadie se atrevía a acercarse a las cuevas del monte.

Pero hubo una vez un joven caballero llamado Íñigo, que amaba a una doncella encerrada en la torre más alta del castillo. La leyenda dice que la muchacha había sido prometida a un señor poderoso, y que el dragón, protector del castillo, impedía a cualquiera acercarse.

Una noche, Íñigo subió al cerro con una espada bendecida por un monje de Calatrava. El aire olía a tormenta y azufre cuando descendió a las galerías bajo la fortaleza. Allí, entre columnas de piedra y sombras vivas, halló al dragón: una criatura majestuosa, de escamas negras como la noche y alas que rozaban las bóvedas.

El enfrentamiento fue feroz. Las llamas iluminaron los pasadizos, y el rugido de la bestia hizo temblar los muros. Finalmente, Íñigo clavó su espada en el corazón del dragón, y de la herida brotó un río de fuego que corrió por las galerías hasta desaparecer en la profundidad de la tierra.

Desde entonces, dicen que el dragón no murió, sino que quedó dormido bajo el castillo, esperando el día en que un corazón humano vuelva a despertar su furia o su compasión.

Y aún hoy, cuando las tormentas se acercan a Alcaudete, el trueno parece tener forma de rugido y el viento trae un olor a hierro y fuego.
Los vecinos se persignan, cierran las ventanas y murmuran:
—No es el trueno... Es el dragón, que recuerda.

Epílogo

No todos los dragones son de fuego ni de escamas.
Algunos habitan dentro del pecho, dormidos,
custodiando lo que tememos y lo que amamos.

El dragón de Alcaudete no guarda tesoros,
sino los ecos del valor y la ternura perdida,
las promesas que el tiempo no logró borrar
y los sueños que aún buscan su salida entre las sombras.



Dicen que cuando escuchas el trueno en la sierra,
es su voz recordando a los hombres
que el verdadero coraje
no está en vencer al monstruo,
sino en atreverse a mirarlo a los ojos
y reconocer que también arde dentro de uno mismo



Comentarios

Entradas populares de este blog

"El lenguaje del silencio: La aventura de Julián en La Centenera"

El Nai de Vallcebre - La última partida Carlista

El Último Voto del Temple