El Duende del Moscatel

 


                  El Duende del Moscatel



         Guardián travieso y borrachín del Castillo de Chipiona


En las costas de Cádiz, donde el Atlántico besa la tierra con una mezcla de furia y ternura, existe un rincón que parece haber sido tocado por la varita de algún dios juguetón: Chipiona. Aquí, el tiempo no corre; se entretiene. Se detiene a contemplar el faro más alto de España, a escuchar el rumor de los corrales de pesca, a embriagarse con el aroma dulce del moscatel que brota de sus viñas como un secreto bien guardado.

Este libro no pretende ser una crónica histórica ni un tratado folclórico. Es, simplemente, el relato de un ser menudo que habita entre las piedras ostioneras del Castillo, un duende que ha visto pasar romanos, moros, caballeros, piratas, hoteleros de lujo y turistas despistados, y que, a pesar de los siglos, sigue conservando la misma debilidad: una buena copa de moscatel y una travesura bien ejecutada.

Dicen que los lugares con alma guardan guardianes invisibles. Chipiona tiene el suyo: un duende pícaro, borrachín y profundamente enamorado de su tierra. No es un héroe de capa y espada, ni un espíritu maligno. Es, sobre todo, un chipionero de pura cepa: alegre, irreverente, devoto a su manera y incapaz de resistirse a una fiesta, sea carnaval, procesión o simple levante que invite a la juerga.

Lo que vas a leer no es invención pura. Está tejido con los hilos de la historia real del Castillo —desde la antigua Turris Caepionis hasta los baluartes de Guzmán el Bueno—, con el sabor del moscatel que inunda las bodegas, con el eco de las chirigotas carnavalescas y con la devoción marinera que cada 16 de julio lleva a la Virgen del Carmen a bendecir las aguas.

Si alguna vez paseas por el callejón del Castillo hacia la Cruz del Mar y sientes un viento travieso que te despeina, o una gota salada que sabe sospechosamente dulce, no te alarmes. Es él. El Duende del Moscatel, saludándote a su manera.

Y si te invita a un trago invisible… acepta. En Chipiona, negarse a brindar es el único pecado imperdonable.

Ernest Pont Salmerón Chipiona, con una copa de moscatel en la mano y el levante en la ventana



Antes de que hubiera murallas, antes incluso de que el miedo tuviera nombre en esta costa, hubo una luz.

No era una luz orgullosa ni altiva, sino firme, nacida para orientar más que para imponerse.

La Turris Caepionis se alzaba frente al océano como un dedo antiguo señalando el regreso, y su fuego nocturno hablaba a los marineros en un idioma que todos comprendían: aún hay tierra, aún hay hogar.

El magistrado municipal acudía a la torre cada amanecer. No era obligación escrita, sino costumbre, y las costumbres —lo sabía bien— sostienen más que las leyes. Caminaba despacio, con la toga recogida para que el viento no se la arrebatara, y se detenía siempre en el mismo punto, donde el mar parecía respirar con mayor profundidad.

Había aprendido a gobernar escuchando. Al mar, al viento, a los hombres.

En Caepionis Turris no se mandaba desde la distancia: pescadores, comerciantes y veteranos compartían el mismo suelo, y todos sabían que aquella torre no pertenecía a Roma, sino al tiempo.

El magistrado era un hombre sobrio. Su barba cana no buscaba imponerse, y su palabra era medida como quien pesa el pan justo para que alcance a todos. Sabía que su cargo acabaría, como acabaron otros antes que él, y que su nombre se perdería con facilidad. La torre, en cambio, permanecería.

Por eso le hablaba en silencio. No como se habla a un dios, sino como se habla a algo más antiguo: con respeto. A veces apoyaba la mano en la piedra y sentía bajo la palma una vibración leve, casi imperceptible, como si la torre guardara memoria de quienes la habían levantado. No le sorprendía. Todo lugar destinado a durar guarda recuerdos.

Desde allí observaba los corrales de pesca, aún jóvenes, y la franja de tierra fértil que comenzaba a domesticarse con viñas. La uva crecía fuerte, alimentada por el salitre y el sol, y ya entonces el magistrado comprendía que el vino sería parte del carácter de aquella costa: una forma de celebrar la vida frente a un mar que no siempre concede tregua.

Por la noche, cuando el fuego del faro ardía y la torre proyectaba su sombra sobre la arena, el magistrado pensaba en Roma y en su promesa de eternidad. Pero también sabía —aunque nunca lo dijera en voz alta— que ninguna ciudad lo es. Sólo algunos lugares lo consiguen, y no por sus ejércitos, sino por su capacidad de adaptarse.

Aún no había muros. No hacían falta. El mar traía comercio y noticias, no amenaza. La luz bastaba.

O eso parecía.

Una madrugada, mientras el viento cambiaba sin aviso, el magistrado sintió algo distinto bajo sus pies. No fue un temblor, sino una presencia. Como si la tierra hubiera decidido recordar algo que llevaba demasiado tiempo dormido.

Retiró la mano de la piedra y miró la torre con atención renovada. Por primera vez pensó que quizá aquella luz, algún día, no sería suficiente. Que vendrían otros tiempos, otros hombres, y que la piedra tendría que aprender a defenderse.

No lo sabría él. Su vida acabaría antes.

Pero la torre seguiría allí, esperando.

Y bajo sus cimientos, algo antiguo aguardaba el momento justo para despertar.

Los siglos fueron cayendo uno sobre otro como capas de arena húmeda. Roma se retiró sin estrépito, dejando atrás nombres, caminos y piedras que otros reutilizaron sin preguntar. La torre permaneció, ya sin fuego constante, pero aún visible, aún respetada. Nadie se atrevía a desmontarla del todo. Había en ella algo que imponía silencio.

El mar cambió de carácter. Donde antes traía salazones y ánforas, comenzó a traer velas desconocidas, naves rápidas, hombres sin interés en comerciar. La costa dejó de ser frontera amable y pasó a ser límite expuesto. Entonces la luz, por sí sola, dejó de bastar.

Fue en ese tiempo cuando llegaron los hombres de la nueva piedra. No vestían toga ni hablaban de leyes eternas, sino de defensa, de control, de dominio del paso marítimo. Entre ellos destacaba la figura recia de Alonso Pérez de Guzmán, o de quienes actuaban en su nombre, hombres acostumbrados a decidir rápido y a pagar caro cada error.

La orden fue clara: allí donde hubo señal, habría baluarte.

Los primeros golpes de cincel resonaron con una dureza que no se escuchaba desde hacía generaciones. La torre antigua fue rodeada, abrazada y, en cierto modo, sometida por muros nuevos. No se la destruyó; se la integró, como se hace con los ancianos respetados: se les protege, aunque ya no manden.

El alcaide del lugar observaba las obras con gesto serio. Era heredero de una función antigua, aunque no lo supiera: mantener el orden en un sitio que no le pertenecía. Hombre de pocas supersticiones y mucha responsabilidad, creía más en la piedra bien asentada que en las historias que murmuraban los viejos.

Y, sin embargo, fue durante aquellas obras cuando ocurrió.

Al reforzar un muro cercano al terreno donde la tierra siempre había sido fértil —donde más tarde crecerían viñas y se alzarían bodegas—, los obreros movieron una piedra que no figuraba en ningún plano. No era grande ni llamativa, pero estaba colocada con un cuidado que no correspondía a ningún muro medieval.

Al retirarla, el aire se volvió espeso, como si el mar hubiera contenido la respiración.

Apareció el duende rodando por la tierra como un niño mal educado. Se levantó riendo, con la barba enredada y el inconfundible olor a vino joven, como si hubiera pasado la noche entera bebiendo en una bodega invisible.

Los hombres retrocedieron, persignándose algunos, blasfemando otros. El alcaide dio un paso al frente, más por autoridad que por valentía.

Entonces se oyó una carcajada.

—¡Y han traído murallas! —celebró—. Eso merece un trago.

El duende cerró los ojos un instante, resignado, y murmuró para sí:

—Siempre igual. Ni dormido aprendes prudencia.

—Y tú ni despierto aprendes a vivir —se respondió a sí mismo, guiñando un ojo a los hombres—. ¿Dónde guardáis el mosto por aquí?

El alcaide sintió cómo la paciencia, tan cuidadosamente construida como los muros, empezaba a resquebrajarse.

Desde aquel día, el castillo nunca volvió a estar solo. El duende empezó a rondar la tierra fértil, las cubas, las primeras bodegas, riendo entre corrales de pesca y apareciendo siempre donde el vino se celebraba.

Y cada vez que sus bromas se desbordaban —una puerta que se cerraba sola, una jarra que aparecía vacía—, el alcaide hacía bailar los vientos, levantando ráfagas repentinas que hacían girar al duende borrachín entre carcajadas y protestas.

—¡No puedes conmigo para siempre! —gritaba él, tambaleándose—. El vino siempre vuelve.

El castillo se asentó. Las viñas crecieron. El tiempo siguió su curso.

Y mientras los hombres creían gobernar aquel lugar, el duende sabía la verdad: la piedra, la luz y el vino mandaban mucho más que cualquier cargo.

Pasaron los siglos.

Dicen los viejos de Chipiona que la piedra ostionera guarda voces antiguas. Pero no todos saben que, cuando el levante sopla y las olas rompen contra el castillo, de entre los huecos de esa piedra salta un ser menudo, inquieto y salado como la espuma: el duende del castillo.

Llevaba siglos viviendo allí, desde que el mismísimo Quinto Servilio Cepión pasó por la zona y, según cuentan, dejó caer un comentario bastante desafortunado sobre el pescado de la costa. Desde entonces, decidió que sería guardián eterno del lugar, no fuera a volver otro romano con poca finura de paladar.

Una mañana de febrero, con el faro aún bostezando luz y los corrales del Trapillo medio descubiertos por la marea baja, el duende salió de su piedra favorita. El viento traía un olor dulce… peligrosamente dulce.

—¿Moscatel…? —se dijo, arrugando la nariz—. ¡Ay, Virgen de Regla, que se acerca el carnaval!

Porque si había algo que desataba al duende más que el levante… era el carnaval de Chipiona.

En esas fechas todo el pueblo se revolucionaba: disfraces, coplas, charangas, risas que se oían desde la Cruz del Mar hasta el Camarón. Y lo peor —o lo mejor— era que la gente solía dejar sin vigilar alguna que otra botella de moscatel.

Y ahí empezaba el desastre.

El duende, pequeño pero listo, se coló aquella mañana en la bodega del Castillito.

¡Qué tentación!

Las barricas doradas parecían guiñarle un ojo.

—Sólo un sorbito… —murmuró.

El sorbito se convirtió en dos. Los dos, en media jarrita. Y a la tercera, el duende ya veía tres faros donde sólo había uno.

Tambaleándose, salió a la calle, justo cuando el pueblo empezaba a llenar las plazas. Un grupo de niños disfrazados de sardinas corría hacia la playa. Una charanga ensayaba una chirigota desafinada. Y un vecino, vestido de romano, gritaba:

—¡Ave, pueblo! ¡Yo soy Quinto Servilio Cepión!

El duende lo miró, ladeó la cabeza y masculló:

—Tú lo que eres es un guasón con sandalias de plástico…

Pero el disfrazado no lo oía: los humanos nunca escuchan a los duendes, salvo cuando meten ruido.

Y vaya si metió ruido.

Primero, se subió al hombro del romano impostor y le cambió el rumbo, haciendo que terminara dando discursos en dirección al corral de la Longuera, donde tres pescadores, que no habían entendido nada, lo aplaudieron por educación.

Luego, se coló en la charanga y sopló tan fuerte en una trompeta que la nota salió disparada, rebotó en una ventana y asustó a un gato que salió corriendo rumbo al Faro, convencido de que el Apocalipsis había llegado.

Pero lo más divertido ocurrió en la Cruz del Mar.

El duende, todavía con el moscatel haciendo de las suyas, decidió dar un discurso desde lo alto del monumento. Claro que, para los humanos, sólo se oía el viento. Pero el viento aquella tarde sonó tan raro, tan melodioso, tan chispeante, que muchos juraron después que era la primera

“chirigota fantasma” de la historia.

Al caer la tarde, cuando el mar comenzó a rugir en la playa de Camarón y la canaleta del diablo soltó su bramido oscuro, el duende sintió un tirón familiar: la llamada del castillo.

Aún medio mareado, volvió a su hueco de piedra ostionera. Se recostó, satisfecho, con las piernas flojas y la cabeza dando vueltas como veleta en levante.

Se dejó caer dentro con un suspiro redondo, de esos que sólo suelta quien ha vivido demasiado en un solo día.

El castillo ya empezaba a oscurecer, el faro lanzaba su primer guiño nocturno, y el murmullo del mar llegaba suave, como si quisiera arrullarlo.

—Un buen carnaval —suspiró—. Ni el mismísimo Cepión lo habría celebrado mejor.

Y allí quedó, dormido, hasta que el próximo levante y el próximo carnaval volvieran a llamarlo.

Porque en Chipiona, cuando el mar golpea y el vino dulce corre, nunca se sabe qué travesura puede despertar.

Pero el duende no durmió tanto como esperaba. Los meses rodaron como olas suaves, y llegó julio, con su sol implacable que doraba las viñas y sus promesas de fiesta marinera.

El alcalde actual —un hombre práctico y paciente, descendiente lejano en espíritu de aquel alcaide serio, que guardaba en su despacho un viejo pergamino amarillento con leyendas sobre "el guardián borrachín del castillo"— había decidido preparar el pueblo para lo imprevisible.

Recordando el gran maremoto de 1755, cuando el terremoto de Lisboa envió olas gigantes que sacudieron la costa gaditana como un enfado divino, instaló altavoces modernos en el faro, el muelle y hasta en las murallas del castillo. "Por si el mar se pone celoso otra vez", explicaba en las reuniones vecinales. Y para probar el sistema, eligió el día más sagrado y salado del año:

el 16 de julio, festividad de Nuestra Señora del Carmen, patrona de los marineros.

Al primer viento de levante, que ya silbaba juguetón entre las piedras ostioneras, el alcalde pulsó el botón. ¡Uuuuuuuuuuuu! Un ulular agudo y prolongado retumbó desde el castillo hasta la playa, como un lamento de ballena borracha o sirenas mitológicas pidiendo auxilio. No era un tsunami real, claro, sólo una prueba... pero bastó para despertar a medio pueblo, a las gaviotas... y, por supuesto, a lo que no debería despertarse tan pronto.

En su hueco calentito de piedra ostionera, el duende abrió un ojo legañoso, luego el otro, y soltó un bufido que olía a moscatel rancio.

—¡Esto es un sin vivir, rediós! —gruñó, rascándose la barba enredada—.

¡Hace cuatro días el carnaval, con sus charangas y sus coplas, y ahora me despiertan con este berreo! ¿Es que no hay respeto por los guardianes eternos?

¡Yo que estaba soñando con una barrica entera para mí solo!

Tambaleándose como un marinero tras tormenta, salió rodando de su escondite. Pero antes de enfadarse del todo, el viento traía un olor tentador... dulce, afrutado, irresistible.

"¿Moscatel fresco? ¿Tan temprano?", se dijo, arrugando la nariz. Claro, pasó por la bodega más cercana —"sólo un sorbito para el susto", murmuró— y salió ya con la cabeza ligera y el paso torpe.

El alcalde, desde el balcón del ayuntamiento, lo intuyó al ver una ráfaga extraña revolotear las banderas. Sacudió la cabeza con una media sonrisa resignada:

"Ahí va el pícaro otra vez. Al primer viento ya sabía que la alerta lo había despertado... y que había hecho escala en la bodega. Que la Virgen del Carmen nos coja confesados, que hoy esto va a ser un espectáculo".



La procesión comenzó con la solemnidad de siempre. Por la mañana temprano, la Virgen del Carmen salió de la Parroquia de Nuestra Señora de la O, radiante en su manto azul y oro, llevada en andas por marineros curtidos que olían a sal y a devoción. El traslado matutino la condujo hasta el Muelle Pesquero, entre pétalos de flores, saetas improvisadas y el rumor de las olas.

Allí fue embarcada en una barca engalanada con redes, flores y banderitas, lista para la procesión marítima: bendecir las aguas, los barcos y a los que viven del mar, navegando hasta cerca del Santuario de Regla bajo un sol que brillaba como aprobación celestial.

El duende, aún refunfuñando por las sirenas, no pudo resistirse a la fiesta. Invisible como siempre, se coló en la barca principal, subido al hombro de un remero fornido.

—¡Eh, tú, grandullón! —le susurró al oído, aunque nadie lo oyera—.

¡Remad más rápido, que esto parece un paseo de tortugas borrachas!

De pronto, una ola juguetona —demasiado juguetona para ser natural— salpicó a los remeros.

Pero las gotas... ¡sabían a moscatel dulce! Los marineros se miraron, probando el agua con la lengua, y estallaron en risas.

—¡Un milagro, compañeros! —gritó uno—. ¡La Virgen bendice el mar con vino de nuestra tierra!

—¡O es que el duende anda suelto otra vez! —bromeó otro, guiñando el ojo.

El duende se partía de risa, rodando por la cubierta invisible.

"¡Eso, eso! Decid que soy yo, a ver si me invitan a la próxima copa".

El alcalde, desde la orilla con los prismáticos, soltó un suspiro:

"Ay, Moscatito —así lo llamaba en secreto—,

¿Hasta en la procesión marítima tienes que meter tu cucharita?".

Por la tarde, la procesión terrestre fue aún más gloriosa. La Virgen regresó por las calles principales: El Barrio, Larga, pasando junto al Castillo con su sombra protectora, entre nubes de incienso, velas encendidas y cantos que subían al cielo como palomas. Las mujeres con mantillas, los niños con globos, los viejos recordando otras procesiones...

El duende, ya más animado (y con otro "sorbito" robado en una bodega del camino), decidió "colaborar" a su manera. Subido en las andas mismas, junto al manto de la Virgen, hizo que las flores de las ofrendas se multiplicaran de golpe, pero impregnadas de un aroma intenso a uva moscatel que embriagaba a los portadores.

Una bandera se soltó sola y empezó a ondear como si bailara un flamenco loco, enredándose en las cabezas de los devotos.

—¡Ay, Virgen mía, qué viento más fiestero hoy! —exclamó una anciana, ajustándose la mantilla.

—¡O qué duende más devoto! —rió un marinero—. ¡Esto huele a gloria... y a bodega!

En la plaza frente al castillo, de pronto apareció una jarra grande de moscatel fresco en las manos del alcalde, que iba en la procesión como autoridad. La jarra no estaba ahí un segundo antes.

El duende, asomando sólo la naricilla invisible, le susurró al oído:

"¡Toma, jefe! Para que no te deshidrates con tanto incienso. ¡Salud por la Patrona... y por mí!"

El alcalde disimuló como pudo, dando un sorbito rápido a escondidas:

"¡Moscatito, bribón! ¡Esto es sagrado, no una feria!". Pero no pudo evitar sonreír.







Al anochecer, con la Virgen de vuelta en la Parroquia de la O y el pueblo exhausto pero feliz, lleno de anécdotas milagrosas, el duende regresó tambaleante a su piedra ostionera.

"Buena procesión", suspiró, acurrucándose con una última carcajada.

"Lástima lo de las sirenas... pero al final, hasta la Virgen ha bailado un poquito. La próxima vez, que me despierten con una saeta, no con un berreo de esos".

Y allí quedó, dormido de nuevo, hasta que el levante o la próxima fiesta volvieran a llamarlo.

Porque en Chipiona, donde el mar susurra secretos antiguos, el vino guarda espíritus alegres y las procesiones mezclan devoción con travesuras, el verdadero guardián nunca descansa del todo.

Y si algún día pasas por el callejón estrecho del castillo que baja hacia la Cruz del Mar, cuando el levante sopla fuerte y el sol se pone dorado, presta atención: si el viento te despeina de golpe, te tira el sombrero, te revuelve el pelo o te trae un olorcillo dulce a moscatel mezclado con sal... no te enfades. Sonríe. Es que el duende ya está haciendo de las suyas, celebrando la vida a su manera eterna.

                                                                             ¡Fin!



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