El duende que guarda el rumor del mar
El duende que guarda el rumor del mar
En Chipiona, cuando el levante se pone terco y barre la playa de la Cruz del Mar con ráfagas que saben a sal y a promesas rotas, los corrales de pesca asoman como huesos antiguos entre las olas. Allí, pegado a la roca, está el castillo, construido con esa piedra ostionera que guarda voces de siglos: murmullos de galeones, rezos de marineros ahogados, risas de niños que ya no existen.
Los viejos dicen que la piedra no es muda. Que cuando la mar se embravece y las olas golpean con furia contra los muros, de los huecos y grietas salta un ser menudo, inquieto, con piel de espuma y ojos del color del moscatel viejo. Lo llaman el duende del castillo. No es malo ni bueno; simplemente está. Forma parte del salitre, del viento, del faro, del eco que sube desde los corrales cuando la marea baja y deja al descubierto los charcos donde se reflejan las estrellas.
Una noche de febrero, con el levante silbando entre las almenas, bajó Manolo el de la lonja por el callejón que lleva del castillo a la Cruz del Mar. Llevaba una botella de moscatel de la bodega , esa que huele a madera y a tiempo detenido, para llevarle un trago a su compadre que pescaba en el corral más lejano. Manolo no creía en duendes. Decía que eran cuentos de viejos para que los niños no se acercaran solos al mar de noche.
Pero esa noche el viento le rozó el cogote como una mano fría y pequeña. Se giró. Nada. Solo la cruz recortada contra el cielo plomizo y el castillo oscuro al fondo, con sus ventanas como ojos entrecerrados. Siguió andando, pero el frío le subió por la espalda otra vez, y entonces lo oyó: un risita seca, como conchas chocando entre sí.
Se paró en seco junto a la bodega. Las botas de moscatel estaban cerradas, pero de dentro salía un rumor suave, como si alguien canturreara bajito una copla antigua. Manolo empujó la puerta entornada (porque en Chipiona, incluso de noche, El Castillito nunca cierra del todo para los que vienen con sed de historias). Dentro no había nadie. Solo las barricas, el mostrador gastado y una vela que nadie había encendido.
Y allí, sentado sobre una de las botas más viejas, estaba él. Pequeño, no más alto que un metro, con el pelo hecho de algas secas y la piel brillante como si acabara de salir del agua. En la mano sostenía un corcho que olía a moscatel de hace cien años.
—No te asustes, Manolo —dijo el duende con voz de ola que rompe suave—. No vengo a robarte el vino. Vengo a devolverte un recuerdo.
Manolo se quedó quieto, con la botella colgando de la mano.
—¿Qué recuerdo?
—El de tu abuelo. El que se fue con el barco de la perla y nunca volvió. Antes de zarpar, escondió aquí una carta dentro de esta bota. Decía que si algún día el levante soplaba fuerte y el castillo cantaba, alguien tenía que leerla. Hoy canta.
El duende señaló la bota. Manolo, temblando, metió la mano por el agujero viejo y sacó un papel amarillento, doblado con cuidado. Lo abrió. Eran palabras de su abuelo: que no lloraran, que el mar lo había llamado, pero que siempre estaría en el rumor de los corrales, en el viento que sube a la Cruz del Mar, en el primer trago de moscatel que se toma en al atardecer.
Manolo levantó la vista. El duende ya no estaba. Solo quedaba un charquito de agua salada en el suelo y un leve olor a espuma.
Desde esa noche, cuando el levante arrecia y las olas golpean el castillo, Manolo sale al callejón con una copa en la mano. La levanta hacia la cruz, hacia los corrales, hacia la piedra ostionera que guarda voces. Y bebe despacio.
Dicen los viejos que a veces, si escuchas bien, oyes una risita entre el viento… y una voz que murmura:
—Salud, compadre. El mar no olvida.
Y en la bodega , cuando cierran las puertas y apagan las luces, las botas más antiguas siguen oliendo un poco más a mar, como si alguien diminuto hubiera pasado la noche bebiendo de los recuerdos.
Fin.
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