El faro que hablaba
El faro que hablaba
Dedicatoria
Para los niños y niñas que buscan siempre una luz en la oscuridad. Que cada historia les recuerde que nunca están solos.
En lo alto de un acantilado vivía un viejo faro. Cada noche, su luz giraba y giraba, iluminando el mar para que los barcos no se perdieran.
Pero el faro no solo alumbraba, también susurraba palabras.
Cuando las olas chocaban contra las rocas, los marineros podían escuchar su voz:
—“Adelante, no tengas miedo… sigue la luz, siempre habrá un camino.”
Un día llegó una gran tormenta. El cielo rugía, las olas parecían montañas, y un barco pequeño luchaba por no hundirse. Sus tripulantes eran niños viajeros que soñaban con encontrar una isla de juegos y risas.
El capitán, temblando, pensó que no lo lograrían. Pero entonces el faro habló más fuerte que nunca:
—“No os rindáis. Mientras mi luz brille, tendréis esperanza.”
El barco siguió aquella claridad entre relámpagos y espuma. Y cuando al fin amaneció, los niños encontraron la costa sana y salva.
Desde ese día, el faro ya no se sintió solo. Comprendió que no era solo un guardián de piedra: era un amigo invisible que regalaba confianza.
Y cada vez que alguien pasaba por el mar oscuro, podía escuchar su murmullo:
—“La oscuridad nunca es eterna. Siempre habrá una luz esperándote.”
Moraleja
Un faro no se mueve,
y aun así guía a muchos.
La esperanza es igual:
permanece y nos conduce.
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