El juramento del capitan


         “El Juramento del Capitán”

El viento rugía como un animal enfurecido y las olas se alzaban como montañas líquidas, golpeando sin tregua el casco del navío. Las velas, tensas y desgarradas en sus extremos, parecían gritar junto al mar, mientras relámpagos desgarraban el cielo e iluminaban la furia de la tormenta. Los marineros corrían asegurando cuerdas y reforzando mástiles, luchando contra el caos con manos curtidas y miradas decididas.
Al timón, el capitán no titubeaba. Sus manos firmes sujetaban la rueda como raíces aferradas a la tierra misma. No era la primera vez que enfrentaba al océano encolerizado, ni sería la última. Para él, cada tormenta era una prueba antigua, un recordatorio de que el mar respeta solo a quienes lo desafían sin miedo.
—Ni la peor tormenta ni las olas más grandes atemorizan a un verdadero marino —murmuró, como quien pronuncia un juramento heredado de generaciones pasadas.
La nave avanzó contra el vendaval, y aunque el mundo parecía romperse en espuma y trueno, jamás se desvió de su rumbo.
Cuentan los viejos lobos de mar que aquella noche no fue una tormenta cualquiera. Dicen que, cuando el amanecer por fin rasgó las nubes, el barco ya no era el mismo. Algunos aseguran que vieron un resplandor dorado envolver sus velas; otros juran que el mar se abrió ante su proa como si reconociera a un igual.
Desde entonces, en noches de tempestad, se alza entre las olas un viejo navío de velas oscuras que navega sin temor, iluminado por una luz que no pertenece a este mundo. Nadie sabe de dónde viene ni hacia dónde va. Solo se sabe que su capitán entregó su alma al océano para no temblar jamás.
Y así, cuando el viento ruge y las olas se levantan como bestias, los marineros recuerdan su historia. Porque el verdadero marino no teme al mar…
sabe que, tarde o temprano, terminará perteneciendo a él.

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