El libro de las páginas dormidas
El libro de las páginas dormidas
Bajo el roble más antiguo del bosque, allí donde la noche parecía detenerse para escuchar, vivía un mago al que ya nadie pedía hechizos. Su barba era tan larga como los caminos que había recorrido, y sus manos, aunque firmes, habían aprendido a temblar con el paso del tiempo. Guardaba consigo un libro escrito siglos atrás, encuadernado en cuero oscuro, tan viejo que parecía haber nacido con el mundo.
Pero el libro estaba dormido.
Sus páginas eran blancas, mudas, ajenas incluso al propio mago. Había probado con palabras arcanas, conjuros olvidados y antiguas invocaciones, pero nada lograba despertarlo. Con el tiempo comprendió que no era un libro de magia, al menos no de la que se aprende.
Una noche, cuando las luciérnagas encendían el aire como estrellas cercanas, apareció el hada.
Nació de la luz, como todas las de su estirpe, y creía conocer el mundo porque podía verlo desde el cielo. Nunca había envejecido, nunca había perdido nada, nunca había tenido que despedirse. Se acercó al mago por curiosidad, más que por necesidad, y fue entonces cuando ocurrió algo inesperado: al posar sus dedos sobre el libro, las páginas comenzaron a llenarse de letras.
No eran hechizos. Eran recuerdos.
El mago lo entendió al instante. El libro no guardaba poder, sino vida: risas antiguas, nombres olvidados, promesas cumplidas y otras rotas, caminos recorridos por quienes ya no estaban. Si nadie los leía, esos recuerdos desaparecerían… y con ellos, la magia del mundo.
Desde aquella noche, el mago comenzó a leer.
No lanzaba conjuros ni encendía fuegos. Cada anochecer, bajo el roble, leía un fragmento del libro al hada. Le habló de la primera vez que alguien dijo adiós, de la paciencia de los abuelos, del dolor de perder y del valor de seguir caminando. El hada escuchaba en silencio, sorprendida. Nunca había sabido que el tiempo podía doler.
Noche tras noche, el libro se llenaba de nuevas palabras, y el hada aprendía a mirar el mundo sin alzar el vuelo.
Comprendió entonces que la verdadera magia no estaba en la luz con la que había nacido, sino en entender a los demás. Y el mago, cansado pero en paz, supo que su saber no se perdería.
Porque mientras alguien escuche, mientras alguien lea, la magia nunca duerme del todo.
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