Entre cuerdas de arpa una niña sueña


                                          Entre cuerdas de arpa una niña sueña

En una casa antigua al borde del bosque vivía una niña llamada Lía. No tenía muchos juguetes, pero tenía un tesoro: un arpa vieja que perteneció a su bisabuela. Nadie la tocaba desde hacía años. Las cuerdas estaban mudas, cubiertas de un polvo fino como niebla, pero Lía juraba que, algunas noches, el instrumento respiraba.
Cuando el reloj daba las once y la casa se quedaba en silencio, Lía se escabullía descalza hasta el salón. Se sentaba en el suelo, frente al arpa, y cerraba los ojos. No necesitaba tocarla. Solo esperaba.
Entonces ocurría.
Una cuerda vibraba sola, muy bajito, como un suspiro. Después otra. Y otra. Hasta que todas empezaban a cantar sin que nadie las rozara. Era una melodía sin principio ni fin, hecha de plata y de sueños. Las notas subían como pompas de jabón, flotaban por el techo y se enredaban en el pelo de Lía.
Entre cuerdas de arpa una niña sueña.
En ese sueño no había paredes ni relojes. Lía caminaba por un prado donde las flores eran notas musicales: margaritas que sonaban a do, rosas que temblaban en si bemol, campanillas que tintineaban en la. El viento era un arpegio suave que le peinaba el cabello, y las nubes parecían algodón hilado con hilos de luz.
Allí, en el centro del prado, siempre la esperaba su bisabuela. No era vieja ni joven; era luz con forma de persona. Llevaba el mismo vestido de encaje que en las fotos antiguas, y sus manos eran transparentes como el agua de un lago.
—¿Qué sueñas hoy, pequeña? —le preguntaba con voz de cuerda grave.
Lía se sentaba a su lado y le contaba: que había visto un pájaro hecho de estrellas, que el río cantaba una nana que nadie conocía, que quería aprender a volar sin alas.
La bisabuela sonreía y pasaba los dedos por el aire. De inmediato, las cuerdas invisibles del sueño vibraban más fuerte. El prado se llenaba de colores nuevos, de sonidos que olían a vainilla y a lluvia fresca. Y Lía volaba, sí, pero no con alas: volaba envuelta en la música misma, como si el arpa la hubiera convertido en una nota que baila.
Cuando la primera luz del amanecer rozaba las ventanas de la casa real, las cuerdas del arpa se callaban despacito. Una a una, como velas que se apagan. Lía abría los ojos, todavía con el eco de la melodía en el pecho, y se encontraba de nuevo en el salón, con el polvo flotando en un rayo de sol.
Se levantaba, besaba el marco del arpa y susurraba:
—Gracias por dejarme soñar.
Y el instrumento, quieto otra vez, parecía contestar con un leve temblor, casi imperceptible. Como si dijera: “Vuelve esta noche. Hay más sueños esperando”.
Años después, cuando Lía ya era abuela, la casa seguía igual. El arpa seguía allí, polvorienta y silenciosa durante el día. Pero por las noches, cuando su nieta se sentaba frente a ella con los ojos cerrados, las cuerdas volvían a respirar.
Y entre cuerdas de arpa, una nueva niña sueña.
Porque los sueños no se acaban. Solo cambian de manos.
Y el arpa, paciente, espera a quien quiera escuchar.
                                                                           Fin.

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