La Cesta de los Sueños
La Cesta de los Sueños
En un pueblo donde las noches eran tan silenciosas que se oía crecer la hierba, vivía una niña llamada Luna. No era su nombre verdadero, pero todos la llamaban así porque siempre andaba descalza buscando estrellas caídas entre los charcos.
Luna tenía un problema: no soñaba.
Mientras los demás niños se despertaban contando dragones, castillos flotantes o carreras con ballenas, ella abría los ojos y solo encontraba el techo de madera y el mismo olor a pan viejo de siempre.
«Quizá mis sueños se me olvidan en el camino», pensaba.
«O quizá nunca llegan», le contestaba una vocecita más triste.
Un día de mercado, entre puestos de naranjas arrugadas y gallinas que discutían el precio de su propia existencia, Luna vio algo que nadie más parecía notar: una anciana diminuta con un chal hecho de retazos de cielo nocturno. Sobre su regazo llevaba una cesta vieja, de mimbre plateado, que brillaba suavemente aunque no hubiera sol.
—¿Qué lleva ahí? —preguntó Luna, acercándose más de lo que su mamá le había enseñado.
La anciana sonrió con dientes de perla y luna menguante.
—Sueños —dijo—. Sueños que la gente desecha, sueña a medias o abandona a medio camino. Los recojo antes de que se conviertan en polvo de olvido.
Luna sintió un nudo en la garganta.
—¿Y si alguien no tiene ni uno? ¿Puede… comprar alguno?
La anciana la miró largamente, como si leyera una carta escrita en su cara.
—No se compran, pequeña. Se ganan. Pero te puedo prestar la cesta una noche. Solo una. Si logras llenarla de tus propios sueños antes del amanecer, serán tuyos para siempre. Si no… la cesta se irá con todo lo que hay dentro y nunca más volverás a ver un sueño, ni prestado ni propio.
Luna aceptó sin pensarlo dos veces.
Esa noche se acostó con la cesta al lado de la almohada. Estaba vacía, pero olía a jazmín, a tormenta lejana y a la risa de alguien que ya no recordaba.
Cerró los ojos y esperó.
No pasó nada.
Entonces, en lugar de esperar a que viniera un sueño, decidió ir a buscarlo.
Primero imaginó que volaba. No muy alto, solo lo suficiente para rozar las tejas del pueblo con los pies. La cesta tembló un poquito y apareció una pequeña pluma azul dentro.
«¡Funciona!», pensó Luna.
Después imaginó que nadaba en un mar hecho de miel tibia, y que las abejas le cantaban nanas. La cesta se llenó de un brillo dorado y aparecieron dos gotas transparentes que olían dulce.
Siguió así:
Soñó que era amiga de un árbol tan viejo que sabía el nombre secreto de las nubes.
Soñó que bailaba con su sombra en una fiesta donde nadie tenía que ser valiente.
Soñó que perdonaba a su hermano mayor por haberle roto su muñeca favorita hacía tres inviernos.
Cada vez que un sueño nacía completo en su corazón, la cesta lo atrapaba como si fuera una mariposa de luz.
Pero cuando faltaba poco para el amanecer, Luna se dio cuenta de algo terrible: los sueños más grandes, los que más deseaba, le daban miedo.
Soñar que su mamá nunca se cansaba.
Soñar que el pueblo entero era feliz al mismo tiempo.
Soñar que ella misma era suficiente, tal como era.
Esos sueños pesaban. Dolían. Asustaban.
Miró la cesta. Ya estaba casi llena, pero le faltaba algo importante. Algo que no cabía si no lo dejaba entrar de verdad.
Entonces Luna respiró hondo, cerró los ojos muy fuerte y se permitió soñar lo que más miedo le daba: que algún día crecería y se iría del pueblo… y que estaría bien. Que llevaría consigo todos los olores, todas las voces, todas las noches silenciosas… y que aun así sería feliz.
Una lágrima cayó dentro de la cesta.
Y la cesta se llenó hasta el borde de una luz tan suave que parecía hecha de susurros.
Cuando el primer gallo cantó, la anciana apareció sentada al pie de la cama, sonriendo.
—No hace falta que me la devuelvas —dijo—. Ya no es mi cesta. Es tuya.
Luna miró la cesta. Ahora no brillaba tanto, pero pesaba diferente: pesaba a hogar, a posibilidad, a miedo superado.
Desde esa noche, Luna soñaba todas las noches.
A veces sueños pequeñitos y tontos.
A veces sueños tan grandes que casi no cabían en su pecho.
Y aunque la cesta siguió siendo vieja y de mimbre plateado, nunca volvió a estar vacía.
Porque había aprendido el secreto:
los sueños más hermosos no llegan solos.
Hay que ir a buscarlos…
y sobre todo, hay que atreverse a soñarlos aunque den miedo.
Fin
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