La estrella que cantaba nanas


La estrella que cantaba nanas

En un pueblo pequeño abrazado por montañas nevadas vivía una niña llamada Alma. No era muy alta ni hablaba mucho, pero tenía unos ojos grandes que parecían guardar todos los inviernos que había visto. Desde que su mamá se fue —se fue despacito, como se apaga una vela cuando ya no queda cera—, las noches se le hacían eternas y frías. El silencio de la casa era tan grande que a veces le dolían los oídos.
Una noche de diciembre, cuando el viento silbaba como lobo hambriento, Alma salió al patio envuelta en la manta vieja de su madre. Se sentó en la nieve dura y levantó la vista. Había miles de estrellas, bellas todas, titilando como si compitieran por ser la más brillante. Pero entre ellas había una diferente. No era la más grande ni la más alta en el cielo, pero su luz era cálida, casi dorada, como si alguien hubiera encendido una lamparita dentro de una habitación acogedora.
Alma extendió las manos hacia ella, temblando de frío. Y entonces pasó algo imposible: la luz bajó hasta tocarle las palmas. No quemaba, no dolía. Calentaba. Como cuando su mamá le tomaba las manos después de jugar en la nieve y soplaba suave para quitarle el hielo de los dedos. Cerró los ojos y, muy bajito, escuchó una melodía. Era una nana antigua, de esas que su madre le cantaba cuando era más pequeña, con palabras que olían a leche tibia y a hogar:
«Duérmete mi niña, duérmete mi amor,
que las estrellas velan tu sueño de algodón…»
Noche tras noche volvió al mismo lugar. La manta en el suelo, las manos hacia arriba, los ojos fijos en esa estrella pequeña y especial. A veces lloraba en silencio mientras la luz le acariciaba la piel y la voz le arrullaba el corazón. Otras veces sonreía, porque en las notas de la nana sentía que su mamá no se había ido del todo, solo se había vuelto luz y canción para poder quedarse cerca.
El invierno fue largo y cruel ese año. La nieve cubrió los tejados, los caminos, los recuerdos. Pero Alma no tenía frío en las manos ni en el alma. La estrella la cuidaba. Le cantaba hasta que la luna se despedía pálida y el cielo empezaba a teñirse de rosa y naranja. Solo entonces Alma se levantaba, recogía la manta y entraba en casa con las palmas todavía tibias, como si hubiera sostenido un pequeño sol.
Pasaron los años. Alma creció. Se hizo mujer. Se mudó a la ciudad, donde las luces artificiales ahogan las estrellas y el ruido tapa las nanas. Pero cada invierno, cuando el frío volvía a morder, salía a un balcón o a un parque vacío, buscaba el cielo y encontraba —siempre encontraba— a esa misma estrella. Ya no era tan brillante como antes (las estrellas también envejecen), pero seguía allí, fiel, calentándole las manos aunque fuera solo en el recuerdo.
Y una noche, ya muy mayor, con el pelo plateado y los ojos todavía grandes, Alma se sentó una última vez bajo el cielo invernal. Extendió las manos temblorosas. La luz bajó, suave como siempre. La nana sonó, pero esta vez era diferente: ya no solo hablaba de dormir, sino de despertar en otro lugar.
Alma cerró los ojos sonriendo.
La estrella brilló un poco más fuerte esa noche.
Y cuando la luna se fue y el cielo empezó a aclarar, ya no había nadie en el patio nevado. Solo una manta doblada con cuidado, y dos huellas pequeñas en la nieve que se iban borrando con la primera luz del día.
Porque a veces las personas que más queremos no se van del todo.
Se convierten en luz.
En calor en las manos.
En una nana que nadie más puede escuchar… excepto quien la necesita.
          
                           Fin.

Comentarios

Entradas populares de este blog

"El lenguaje del silencio: La aventura de Julián en La Centenera"

El Nai de Vallcebre - La última partida Carlista

El Último Voto del Temple