La hilandera de los mundos
La hilandera de los mundos
Abres los ojos y descubres un pasillo que nunca habías visto. No sabes de dónde ha aparecido, pero allí está, justo frente a ti, como si siempre hubiera estado esperando. El pasillo es estrecho, con paredes de madera antigua que huelen a bosque húmedo. Al fondo, una pequeña puerta iluminada por una rendija de luz parece invitarte a acercarte. Das un paso, y luego otro. El suelo cruje suavemente bajo tus pies. Y cuando empujas la puerta, un sonido te envuelve: clic, clic, clic... Es el compás de una rueca girando. Dentro de la habitación, una mujer está sentada junto a una ventana. Sus manos trabajan con paciencia infinita, hilando no lana, sino hebras luminosas que brillan como polvo de estrellas. La cesta a sus pies está llena de nubes suaves, que ella convierte en hilos dorados, plateados y azulados. Te mira, sonríe como si te estuviera esperando, y dice: —Llegaste justo a tiempo. No sabes bien qué responder, así que preguntas con timidez: —¿Qué está usted haciendo? La mujer sigue moviendo la rueca, y cada vuelta deja escapar un destello que ilumina la sala. —No tejo ropa ni mantas —responde—. Tejo caminos. Hilos que son llaves. Y solo alguien como tú puede usarlos. Te acerca un ovillo que palpita como si tuviera corazón propio. Lo tomas entre tus manos, y en ese instante la habitación cambia: el suelo desaparece, las paredes se disuelven, y sientes que caes suavemente, como si flotaras dentro del ovillo. Cuando vuelves a abrir los ojos, estás en medio de un bosque nocturno. Los árboles susurran tu nombre, y luciérnagas se posan en tus hombros como si te reconocieran. Al mirar hacia atrás, el ovillo se ha transformado en un hilo brillante que aún une tu mano con algo lejano: la hilandera y su rueca. —El camino es tuyo —resuena su voz en tu mente—. Vive la aventura y, cuando quieras regresar, sigue el hilo. Así comienzas tu viaje. Caminas por el bosque y descubres un río cuyas aguas cantan canciones en lugar de murmullos. Cada piedra del cauce tiene grabado un símbolo que brilla bajo tus pasos. Te agachas y tocas una de ellas: el símbolo se enciende, y de repente aparece un puente de luz sobre el agua. Lo cruzas, sintiendo que el río te despide con un coro cristalino. Del otro lado, un castillo suspendido en el aire te espera. Sus torres están hechas de cristal y reflejan constelaciones que jamás habías visto. Las puertas se abren solas, como si reconocieran al verdadero dueño del hilo. Dentro del castillo, criaturas mágicas se inclinan ante ti: pequeños dragones que parecen gatos alados, zorros de fuego suave, aves con plumas de arcoíris. Todos susurran lo mismo: —Has llegado. El viajero de los mundos está aquí. Comprendes que no eres un visitante más. Eres el protagonista de todas las historias que la hilandera guarda en su cesta. Cada ovillo que ella hila contiene un mundo distinto, esperando a que alguien lo viva. Y ahora, ese alguien eres tú. Pasas horas —o quizá días, el tiempo aquí no es el mismo— explorando pasillos de cristal, conversando con los dragones que te cuentan secretos del cielo, y descubriendo que con tu voz puedes encender estrellas nuevas. Al final, recuerdas el hilo en tu mano. Tirando suavemente de él, el castillo se disuelve en chispas de luz, y vuelves a la pequeña habitación donde la hilandera sonríe. —Has dado tu primer paso —te dice—. Pero aún quedan muchos ovillos en mi cesta, esperando por ti. Y mientras la rueca sigue girando, entiendes que cada vez que cierres los ojos y quieras soñar, ella estará allí, hilando un nuevo mundo para que lo vivas en primera persona. Porque esta historia no termina aquí. Apenas ha comenzado.
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