Los Duendes de la Taza Gigante


                                                 Los Duendes de la Taza Gigante

En una cocina vieja pero acogedora, donde las ollas aún guardaban el aroma de galletas de canela y las ventanas dejaban entrar la luna como una invitada tímida, se escuchaban ruidos traviesos al fondo.
¡Clink! ¡Plop! ¡Risitas ahogadas!
Eran dos duendes pequeñitos, con gorros de hoja de menta y alas de pétalo translúcido, que habían trepado hasta el borde de una gigante taza de chocolate caliente. La taza era tan grande como una bañera para ellos, y el vapor subía en espirales dulces que olían a sueños recién horneados.
No surgieron de la nada. Todos nacieron de sueños.
Allá arriba, en el jardín de las nubes donde crecen las ilusiones, vivía el Hada de los Deseos. Tenía alas de luz de aurora y un vestido tejido con hilos de estrellas fugaces. Cada noche, cuando el mundo dormía, recogía los sueños más alegres —esos que hacen cosquillas en el estómago— y los lanzaba emocionada como una melodía que va en busca del cielo.
Esa noche, la melodía fue especial: dos notas traviesas, redondas y brillantes, que bajaron danzando por el aire, entraron por la ventana entreabierta y ¡pum! se transformaron en duendes dentro de la cocina.
— ¡Mira qué taza tan enorme! —dijo el duende Pip, con los ojos como botones de arándano—. ¡Podemos hacer la poción más mágica del mundo!
— ¡Sí! —rió su compañera Lila, sacudiendo sus rizos de musgo—. Pero tiene que ser secreta. Nadie puede vernos.
Juntos, revolvieron el chocolate con cucharitas hechas de ramitas de lavanda. Pip añadió una pizca de polvo de luciérnaga (para que brillara el sueño), Lila espolvoreó risas de niños (que hacen burbujas de colores) y ambos canturrearon una canción bajita:
«De sueños nacemos, en tazas bailamos,
con hadas volamos y nunca paramos.
¡Que el chocolate sea dulce y travieso,
para quien lo beba, un deseo expreso!»
El hada, desde la ventana, los observaba con una sonrisa. Sus ojos brillaban como farolillos. Sabía que esos duendes llevarían un poquito de magia a quien bebiera de esa taza al amanecer: quizás a la niña que soñaba con volar, o al abuelo que echaba de menos sus aventuras de juventud.
Cuando la luna empezó a palidecer, los duendes terminaron su trabajo. Saltaron fuera de la taza dejando huellas diminutas de chocolate en el mostrador. Se abrazaron, se dieron un beso en la nariz y, con un ¡plop! se convirtieron de nuevo en dos notas musicales que subieron por la ventana, regresando al jardín de las nubes.
Al día siguiente, la dueña de la casa —una señora con el pelo plateado y el corazón aún lleno de cuentos— encontró la taza humeante. Bebió un sorbo y sintió una calidez extraña: como si alguien le hubiera hecho cosquillas en el alma. Sonrió sin saber por qué, y por primera vez en mucho tiempo, tarareó una melodía que no recordaba haber aprendido.
Y en algún lugar del cielo, el Hada de los Deseos aplaudió con sus manos de luz. Porque los sueños, cuando se lanzan con emoción, siempre encuentran donde aterrizar... y a veces, aterrizan justo en una taza gigante, para hacer magia traviesa en una cocina cualquiera.
                                Fin.

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