Camino cerro cabezo
Mi nombre es Antonio Pérez de Vargas, y aunque nací en Madrid, mi sangre guarda el eco antiguo de Iliturgi, la tierra de mis antepasados. De niño, escuchaba a mi abuelo hablar con una voz entre temblorosa y reverente de la Virgen de la Cabeza. Decía que en lo alto de Sierra Morena, un pastor de Colomera llamado Juan de Rivas había visto una luz descender del cielo y que, desde entonces, aquel monte se volvió sagrado.
Crecí oyendo esas historias como quien escucha un cuento de invierno, con respeto, pero también con distancia. Nunca supe si creía o no. Hasta que un día, cansado de la rutina y del ruido, sentí la necesidad de subir al Cerro del Cabezo. No buscaba un milagro, ni promesas; buscaba silencio, quizás respuestas.
En Andújar conocí a Eufrasio Quero, un hombre de manos curtidas y mirada serena. Aceptó acompañarme como quien comprende sin preguntar. —No subas con los pies —me dijo sonriendo—, sube con el alma.
Salimos al amanecer, cuando la luz comenzaba a dorar los olivares. El aire olía a tomillo y a tierra húmeda, y las cigarras aún dormían. Desde San Ginés, el camino se abría entre encinas centenarias. Eufrasio caminaba despacio, contándome los relatos que el monte guarda: el brillo que vio Juan de Rivas en la noche, la imagen de la Virgen hallada entre las rocas, las generaciones de peregrinos que suben cada año con fe y esperanza.
Yo escuchaba en silencio. Había algo en su voz —una calma antigua, casi litúrgica— que hacía que el monte pareciera hablar a través de él.
Llegamos al río Jándula al mediodía. El agua corría limpia y fresca entre piedras claras. Eufrasio me miró con una sonrisa que no olvidaré y me dijo:
—Antes de subir, deja que el río te limpie el polvo del alma.
Se inclinó, tomó un cuenco de agua y lo derramó lentamente sobre mi cabeza. El agua fría me recorrió el rostro y los brazos. Fue un bautismo de peregrino, sencillo y puro. No sé explicar lo que sentí: no era fe todavía, era más bien un temblor, un presentimiento de algo mayor que me aguardaba más arriba.
Seguimos caminando. La senda se volvió más empinada, y los prados florecidos se abrían como un tapiz de color y aroma. El sol se filtraba entre los pinos, y a lo lejos, el canto de un cuco rompía el silencio. En un recodo del camino, Eufrasio se detuvo y señaló entre los arbustos:
—Mira.
Allí, quieto y majestuoso, un lince ibérico nos observaba con ojos de ámbar. Parecía un guardián del monte, un espíritu vigilante de la Virgen. Nos miró unos segundos y se internó en la espesura sin ruido.
Aquel instante me conmovió. Sentí que el monte tenía vida, que todo —los árboles, el río, los pájaros, el aire mismo— respiraba algo sagrado.
Cuando por fin apareció ante nosotros la Basílica del Cerro del Cabezo, me quedé sin aliento. Las piedras blancas relucían bajo el sol de la tarde, y el sonido lejano de una campana marcaba el ritmo del alma. En la explanada, los peregrinos rezaban, cantaban, o simplemente miraban al horizonte con lágrimas en los ojos. No era tristeza, era emoción.
Entré con Eufrasio en el camarín de la Virgen. La penumbra olía a cera y a flores. Una hilera de velas temblaba como si respiraran. Frente a mí, la Morenita brillaba con una luz que no provenía de lámparas. Su rostro, sereno y dulce, me miró como si me conociera de toda la vida.
En ese momento, todo dentro de mí se detuvo. No escuché voces ni ví destellos, pero sentí algo que ninguna palabra puede describir: una paz profunda, una certeza silenciosa de que no estaba solo, de que algo divino habitaba aquel lugar y, de algún modo, también a mí.
Me arrodillé sin pensarlo. No pedí nada. Solo di gracias.
Eufrasio, a mi lado, murmuró una oración tan baja que apenas la oí. Y entonces comprendí lo que mi abuelo quiso decir tantas veces: que la Virgen no aparece solo en las montañas, sino también en el corazón de quien la busca con humildad.
Salimos al atardecer. El cielo ardía en tonos naranjas y violetas, y el aire traía el perfume de los rosales silvestres. El silencio era tan perfecto que parecía una oración.
Hoy, al escribir estas líneas, los años han pasado, y aquel joven escéptico ya peina canas. A veces vuelvo al Cerro, no para buscar milagros, sino para recordar. Me siento frente al santuario y dejo que la brisa me hable. En ella escucho las voces de los antiguos romeros, los pasos de los que suben con fe, y el rumor del río que me bautizó.
Comprendo que el milagro más grande no fue la luz que vio Juan de Rivas, ni siquiera la que iluminó el camarín aquel día. El verdadero milagro fue el cambio en mi interior, el renacer silencioso de una fe que no pide pruebas, solo presencia.
Porque en el Cerro del Cabezo, cada piedra guarda una oración, cada rama un recuerdo, y cada alma que llega —como la mía— encuentra lo que no sabía que buscaba: la paz que no se explica, pero se siente.
Antonio Pérez De Vargas
Ernest Pont Marmolejo Noviembre 2025