Te veo poco
Te veo poco
En un pueblo donde los veranos duraban poco y las noches se llenaban de silencio, vivía una mujer llamada Mara. No era joven ni vieja; era de esas edades en las que el tiempo ya no cuenta en años, sino en ausencias. Su amor se había ido hacía tiempo —no muerto, solo lejos—, a una ciudad de luces artificiales donde las estrellas se rinden ante el neón.
Te veo poco, se repetía Mara cada atardecer, mientras colgaba la ropa en el tendedero del patio trasero. Y sin embargo, vivía. Vivía del resplandor que quedaba en su cara cuando recordaba una risa compartida, un roce de dedos, una promesa susurrada al oído.
Por las noches salía al porche con una manta vieja sobre los hombros. Se sentaba en la mecedora que crujía como si también extrañara. Miraba al cielo. Las lunas abiertas —esas lunas llenas que parecen heridas de luz— eran su consuelo. No pedían nada, solo estaban allí, redondas y calladas, derramando plata sobre el campo. Mara extendía la mano como si pudiera tocarlas, y en ese gesto sentía que el amor no necesitaba proximidad para existir. Bastaba con que la luna lo reflejara todo: sus ojos cansados, su sonrisa a medias, el hueco que él había dejado.
Pero lo que más la mantenía viva eran las luciérnagas. Aparecían sin aviso, como mensajes que nadie envía pero que llegan igual. Pequeños puntos de fuego verde que flotaban entre la hierba alta, entre los arbustos, entre los recuerdos. No hacían ruido, no se anunciaban. Simplemente se descubrían: un parpadeo aquí, otro allá, como si el jardín entero respirara en código Morse de luz.
Mara las observaba durante horas. Cada vez que una se encendía cerca de su mano, sentía un calor diminuto, casi imperceptible. Era él, pensaba a veces. O era el amor mismo, que no necesita palabras para brillar. Las luciérnagas no prometían volver, no juraban eternidad. Solo estaban, y con eso bastaba.
Una noche de finales de verano, cuando el aire ya olía a otoño, Mara vio algo diferente. Entre las luciérnagas habituales apareció una más grande, más lenta. Volaba en círculos alrededor de la mecedora, como si dudara. Luego se posó en el respaldo, justo al lado de su hombro. Su luz era cálida, dorada, no verde. Mara contuvo el aliento. La luciérnaga parpadeó tres veces, despacio, y luego se apagó. Pero no se fue. Se quedó allí, quieta, como si esperara.
Mara sonrió por primera vez en meses. Extendió el dedo con cuidado y la luciérnaga subió a su piel. No pesaba nada. Brillaba suave, como un secreto compartido.
—Te veo poco —le susurró al insecto de luz—, pero vivo de esto. De tu resplandor en mi cara, de las lunas que me miran, de ti que apareces sin decir nada.
La luciérnaga volvió a encenderse, una vez, fuerte, y luego alzó el vuelo. Se unió al enjambre, pero Mara supo que no era una más. Era un mensaje: el amor no se va del todo cuando se aleja. Se convierte en destellos. En lunas que se abren. En luciérnagas que se descubren en la oscuridad.
Desde esa noche, Mara siguió saliendo al porche. Seguía viéndolo poco. Pero ya no le dolía tanto. Porque el resplandor seguía allí, en su cara, en el cielo, en el jardín. Y las luciérnagas, fieles, volvían cada verano sin pedir permiso ni dar explicaciones.
Solo brillaban.
Y con eso, todo estaba dicho.
Fin.
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