Mario y Lina
Mario y Lina, los payasos del bosque
Las travesuras que hicieron reír al bosque
Antes de que conozcas a Mario y a Lina, conviene que sepas algo
importante: este no es un bosque cualquiera.
Es un bosque viejo, de esos que han visto pasar muchas generaciones, que recuerdan risas antiguas y guardan secretos entre las raíces. Un bosque donde los árboles escuchan, los animales opinan y la magia existe… aunque no siempre funcione como debería.
Aquí, las historias no se escriben en libros, sino en la memoria
de quienes las viven. Se cuentan al caer la tarde, cuando el fuego
crepita y alguien dice:
—¿Te acuerdas de aquella vez…?
Y casi siempre, sin saber cómo, la conversación acaba llegando a los mismos nombres.
Mario y Lina.
No porque fueran los más sabios, ni los más poderosos, ni los más obedientes. Todo lo contrario. Fueron traviesos, torpes a ratos, ruidosos casi siempre, y responsables de más de un susto innecesario. Pero también fueron los causantes de muchas carcajadas, de días más ligeros y de recuerdos que aún hoy hacen sonreír incluso a los más serios.
Dicen que donde fallaba la magia de Lina, sobraba la risa.
Y
que donde Mario metía la pata, el bosque aprendía a reírse de sí
mismo.
Este cuento no pretende dar lecciones ni advertencias solemnes. Solo quiere contarte cómo, en un lugar donde todo parecía estar bajo control, dos espíritus traviesos lograron algo extraordinario: recordar a todos que la alegría también forma parte del orden natural de las cosas.
Si estás dispuesto a escuchar una historia contada con cariño,
alguna torpeza y muchas sonrisas, pasa.
El bosque ya está
despierto.
Y Mario y Lina… seguramente también.
En el corazón del bosque viejo, donde los árboles guardan historias en cada nudo de su corteza, vivían dos personajes que ya eran leyenda… aunque no precisamente por su sensatez. Mario, el duendecillo de sonrisa eterna, y Lina, el hada que jamás lograba terminar un hechizo sin que algo explotara, se habían ganado un título que nadie discutía: los payasos del bosque.
Ni la comunidad de gnomos ni la de hadas necesitaban presentación sobre ellos. En ambas aldeas bastaba oír sus nombres para que se levantaran cejas, se cruzaran brazos y se oyera algún murmullo del estilo:
—Ay, que no vuelvan a juntarse estos dos… —decía el viejo
Grimbal, jefe de los gnomos.
—Y menos jugando con magia —añadía
la Maestra Alina, líder de las hadas.
Claro que, si alguien les preguntaba, ellos mismos recordaban sus travesuras juveniles y bajaban un poco la mirada, sabiendo que tampoco habían sido unos angelitos en sus tiempos mozos. Pero lo de Mario y Lina… eso era otro nivel.
Los habitantes del bosque habían aprendido por experiencia que, si veían un destello de luz torcido o escuchaban la risa de Mario acercándose, lo más sensato era esconderse detrás de un tronco… o salir corriendo.
No era por maldad. Era porque nunca
se sabía en qué lío podían meterse.
Por ejemplo, aquel día en
que Lina quiso practicar un conjuro para “embellecer plumajes”.
El búho Ancestro aún lo recuerda: terminó con una cresta
de punki verde fosforito que le duró dos semanas.
Por la noche, el pobre iba chocando contra los árboles, medio
dormido, porque nadie lo tomaba en serio en su ronda nocturna.
El zorro Roque tampoco olvidará la vez en que Mario, intentando gastarle una broma “sencilla”, le puso un rabo con lazos y cascabeles. Cada paso revelaba su presencia. Aquello arruinó tres cacerías y le valió la risa de media fauna del bosque.
—¡Estos dos acabarán conmigo! —gruñía el zorro, aunque tenía que reconocer que, a veces, también se reía.
Una de las historias más contadas en las noches de invierno fue cuando Lina, empeñada en demostrar que ya dominaba la magia de levitación, decidió hacer volar a Mario.
El plan parecía sencillo: ella pronunciaba el hechizo, él se
dejaba elevar unos centímetros, y todos felices.
Pero el hechizo
hizo lo de siempre: funcionó… durante medio segundo.
Mario subió como un corcho, giró en el aire cual peonza, y luego
cayó de bruces, derribando un montón de hojas secas y espantando a
tres pobres conejos que pasaban por allí.
La ardilla Tica, que lo
vio todo, estuvo riéndose una semana entera, literalmente
sujetándose el vientre para no caerse de su rama.
Mario, lleno de polvo pero con la dignidad aún en pie, declaró:
—¡Ha sido espectacular! ¡Podemos repetirlo mañana!
Lina también se rió, aunque prometió practicar antes… promesa que nunca cumplió del todo.
El viejo Grimbal y la Maestra Alina estaban, como decían siempre, “hasta el mismísimo” de la pareja. Pero entre sermón y sermón, cada vez que veían una de sus nuevas fechorías, no podían evitar que un recuerdo de su juventud se les escapara en forma de sonrisa.
Grimbal, que una vez convirtió sin querer un puente de madera en
una enorme seta, no estaba en posición de quejarse demasiado.
Y la Maestra Alina, que de joven había dejado medio bosque
cubierto de burbujas rosadas durante una semana, tampoco podía
presumir de tener un pasado impecable.
—Son un desastre —decía la Maestra.
—Pero un desastre
con encanto —resoplaba Grimbal.
Un día, cansados de que todos se rieran de sus fracasos, Mario y Lina tramaron algo “grande”. Un pequeño plan para demostrar que ellos también podían ser los bromistas oficiales… sin ser los únicos perjudicados.
—Vamos a gastar una broma sin magia —dijo Mario,
decidido.
—¿Sin magia? —Lina se quedó pensativa—. Bueno,
así al menos no explotará nada.
La idea era sencilla: colgar pequeñas campanillas por el claro donde los gnomos se reunían por las mañanas. Cuando pasaran, sonarían melodías alegres sin saber de dónde venían.
Inofensivo, divertido, elegante.
Pero, claro… eran Mario y Lina.
Las campanillas, por alguna razón, atrajeron a todas las cabras montesas de la zona. Llegaron en tropel, derribaron mesas, volcaron cubos de agua y dejaron a los gnomos subidos a las rocas, aterrorizados.
—¡Malditos payasos! —bramó Grimbal, aunque en el fondo sabía que contaría aquella anécdota durante años.
Por muchas travesuras que hicieran, por mucho caos que sembraran sin querer, el bosque no habría sido el mismo sin ellos.
Los más pequeños esperaban cada día sus ocurrencias.
Los
animales, aunque a veces huían de puro instinto, acababan
riéndose.
Los gnomos y las hadas… bueno, murmuraban, sí, pero
también los querían.
Porque Mario y Lina tenían un don: hacían del bosque un lugar
más vivo, más alegre y más auténtico.
Un recordatorio travieso
de que la risa, aunque venga envuelta en alas torcidas o botas
manchadas de barro, siempre merece la pena.
Aquel amanecer tenía un aire extraño. Los pájaros cantaban, sí, pero más despacio, como si aguardaran algo. Mario y Lina, tras su última travesura con las campanillas y las cabras montesas, caminaban en silencio por el borde del claro. Sabían que Grimbal y la Maestra Alina estaban disgustados… y no querían que los encontraran.
—Hoy será mejor pasar desapercibidos —susurró Lina,
escondiendo las alas tras un arbusto.
—Sí… hoy, y tal vez lo
que queda de semana —contestó Mario.
Pero justo entonces vieron, al fondo del claro, a Grimbal y a la Maestra Alina sentados sobre un tronco viejo, hablando en voz muy baja. Aquello era raro: pocas veces los dos líderes se reunían sin motivo oficial.
—¿Qué estarán tramando? —pensó Mario.
—Si se trata de
regañar, mejor no estar cerca —murmuró Lina.
Y como quien no quiere la cosa —y como siempre hacen quienes van a meterse en líos sin pretenderlo— se arrastraron suavemente hasta unas zarzas cercanas. Desde allí podían verlos… y escucharlos.
Grimbal, con las manos apoyadas en su bastón de raíz retorcida, suspiró profundamente.
—Estos dos… Mario y Lina… me van a volver loco.
—A mí
también —respondió Alina—. Pero… —y una chispa de nostalgia
brilló en sus ojos— ¿te acuerdas de cuando tú y yo…?
Mario y Lina abrieron más los ojos.
Había empezado.
—¿Te acuerdas del puente del arroyo…? —dijo Alina,
conteniendo una risa.
—¿Cómo olvidarlo? —contestó Grimbal—.
Quise probar aquel hechizo para hacerlo más resistente y terminé
convirtiéndolo en…
—¡Una seta gigante! —rió Alina,
tapándose la boca.
Mario y Lina se miraron, incrédulos.
—¡Así que fue él! —susurró Mario.
—¡Y siempre dijo
que fue un accidente del clima! —respondió Lina, indignada y
fascinada a la vez.
Pero aquello no era nada comparado con lo que vino después.
—¿Y tú? —dijo Grimbal, señalándola con el bastón—. ¿Te
acuerdas del desastre de las burbujas?
Alina se cubrió la cara
con ambas manos mientras su risa escapaba entre los dedos.
—Ay,
por favor, no me lo recuerdes… ¡Una semana entera el bosque lleno
de burbujas rosas!
—El búho Ancestro todavía no ha perdonado
aquello —añadió Grimbal, riéndose como hacía años no lo hacía.
Mario y Lina no podían creerlo.
Lina abrió mucho los ojos,
como si hubiera descubierto algo sagrado.
Mario, más rápido, ya
estaba tomando notas mentales de nuevas ideas.
—¡Con razón no les sale la vena de santos! —susurró Mario,
asombrado.
—Y nosotros pensando que éramos los peores… —dijo
Lina.
La conversación de los dos líderes continuaba, cada vez más animada.
—¿Te acuerdas de aquel día…?
—¡Sí, sí!
—¡Y la
cara que puso el pobre zorro!
—¡Ay, qué tiempos! —dijo
Alina, riendo con contagio.
Y fue entonces cuando ocurrió.
No fueron dos risas.
Fueron cuatro.
Las dos de Grimbal y Alina… y las dos escondidas entre las zarzas.
Primero se escuchó un chasquido de ramas.
Luego, un “¡ay!”
ahogado de Mario.
Y por último, las alas de Lina temblando de
pura vergüenza y risa contenida.
Ambos líderes se giraron a la vez.
Los ojos de Grimbal se entrecerraron como quien ya ha visto
demasiadas cosas.
Los de Alina se suavizaron, aunque mantenía el
gesto serio.
—Mario… Lina… —dijo Grimbal con voz grave—. ¿Desde
cuándo estáis ahí?
—¿Enteros? —preguntó Alina, viendo que
estaban medio enredados en las zarzas.
Mario salió primero, lleno de hojas.
Lina detrás, con las
mejillas encendidas.
—Eeeeh… desde el “¿te acuerdas del puente?” —confesó Mario.
—Y del “burbujeo rosa”… —añadió Lina, bajando la cabeza.
Un silencio largo.
Muy largo.
De esos que hacen crujir hasta
las ramas.
Y entonces, Grimbal… rió.
Un sonido profundo, viejo y
alegre.
Alina también.
Y, sin poder evitarlo, los cuatro
terminaron riendo juntos, como si el bosque entero volviera a
respirar más ligero.
—Supongo que no podéis evitarlo —dijo Alina, limpiándose las
lágrimas de risa—. Ni vosotros… ni nosotros cuando éramos
jóvenes.
—Pero que sepáis —añadió Grimbal— que ahora
mismo…
Mario y Lina se tensaron.
—… sois una molestia
encantadora.
Los dos líderes sonrieron.
—Y estáis oficialmente perdonados —terminó Alina.
Mario y Lina se miraron.
No sabían si respirar tranquilos o
empezar a planear la siguiente travesura.
Y aunque nadie lo dijo en voz alta, en ese claro del bosque quedó
flotando algo que todos comprendieron:
la
alegría, cuando no hace daño, es un tesoro que se agradece…
incluso cuando viene vestida de desastre.
El bosque despertó aquel día con un silencio raro, de esos que parecen anunciar algo grande… o algo muy peligroso. Tras haber sido descubiertos escuchando las confesiones de juventud de Grimbal y Alina, Mario y Lina llevaban un par de días casi… comedidos.
Pero la calma en ellos nunca duraba demasiado.
—Lina —dijo Mario con una sonrisa que nunca anunciaba nada
bueno—, estaba pensando…
—Uy —respondió ella—, eso ya
es señal.
Mario, sin hacer caso, abrió los brazos como quien presenta una gran idea.
—Los animales siempre huyen de nuestras bromas. Los gnomos se
asustan. Las hadas nos miran con las alas en tensión. ¿Y si por una
vez… hacemos algo para divertir a todos?
—¿Algo… útil?
—preguntó Lina con cierta prudencia.
—No tanto. Algo
divertido.
Lina se quedó pensativa.
Luego chasqueó los dedos.
—¡Un festival!
—¿Un qué?
—Un festival de risas.
Pero a nuestra manera.
Y ya estaba decidido.
Su plan era sencillo… en teoría.
Convocarían a todos los habitantes del bosque en el claro del Roble Antiguo para ver “un espectáculo inolvidable”.
—Sin magia peligrosa —dijo Lina.
—Sin cabras montesas
—añadió Mario.
—Sin campanillas que atraigan manadas.
—Ni
vuelos fallidos.
—Ni crestas verdes.
—Ni cascabeles en el
zorro.
—Ni burbujas rosas.
—Ni nada que toque al búho.
Cuando terminaron de repasar la lista, Mario suspiró.
—Nos estamos quedando sin opciones.
—Pues… inventémonos
algo que no pueda salir mal.
Era un pensamiento optimista… para ellos.
El claro se llenó poco a poco.
Llegó la ardilla Tica, que no quería perderse nada.
El zorro
Roque, con cautela evidente.
El búho Ancestro, con sueño
acumulado y cierta resignación.
Los gnomos se colocaron al fondo,
bien pegados unos a otros.
Las hadas flotaban en un murmullo
nervioso.
Y Grimbal y Alina, en un tronco cercano, observaban con
la actitud de quien vigila una olla a punto de hervir.
Cuando todos estuvieron presentes, Mario subió a una roca y alzó las manos.
—¡Bienvenidos al primer Festival del Bosque!
—¡Y única
edición! —añadió el zorro en voz baja.
Lina apareció con una caja de madera pintada con colores vivos.
—Dentro —explicó— tengo una colección de objetos mágicos inofensivos. Nada explotará, ni saldrá corriendo, ni cambiará de color. Lo prometo.
La audiencia murmuró… con dudas razonables.
—¡Nuestra idea es simple! —continuó Mario—. Haremos pequeñas bromas suaves, sin magia peligrosa, para demostrar que también sabemos divertir sin causar caos.
Y entonces… empezó todo.
Primero, Lina sacó un pañuelo mágico que debía cambiar de
color al soplar.
Sopló una vez: nada.
Sopló dos veces:
nada.
A la tercera… el pañuelo salió volando como una perdiz
asustada, rebotó contra un gnomo y cayó en el sombrero del zorro,
que se llevó un susto tal que salió corriendo… llevando el
pañuelo colgando como bandera.
El bosque entero estalló en risas.
Menos el zorro, claro.
Mario, para recuperarlo, sacó un tambor pequeño.
Quería
marcar el ritmo con golpes suaves, pero al primer toque, el tambor
empezó a temblar.
Al segundo toque, salió disparado de sus
manos.
Y al tercero… rodó por el suelo como una rueda
descontrolada que terminó estampándose contra un tronco con un
“¡POM!” que asustó a tres hadas.
—Eh… está ensayado —dijo Mario, intentando mantener la
dignidad.
Risas por todo el claro.
Lina, deseando compensar el desastre, decidió usar un truco
simple: hacer aparecer flores.
Una.
Sólo una.
En teoría.
Pero la varita, fiel a su estilo, multiplicó el conjuro.
Y una
nube enorme de pétalos cayó sobre el claro, cubriendo a todos como
si fuera una nevada de primavera.
La ardilla Tica quedó enterrada hasta la cola.
Los gnomos
parecían ramos caminantes.
El búho estornudó tres veces
seguidas.
Y Grimbal… se rió.
Se rió tan fuerte que tuvo que
sujetarse la barriga.
Cuando por fin el caos se calmó, Mario y Lina se miraron.
—Ha salido… ¿mal? —preguntó él.
—Ha salido como
siempre —respondió ella.
Entonces Grimbal y Alina se levantaron y caminaron hacia ellos.
El
claro se quedó en silencio.
—Mario, Lina… —dijo Grimbal— esta… última travesura
vuestra…
—¿La última? —susurró Lina con nervios.
—…ha
sido la mejor —concluyó Alina con una sonrisa.
Porque aquella vez, entre risas, pétalos, sustos y carreras, nadie salió herido, nadie se enfadó, y todo el bosque se unió en un mismo estallido de alegría.
—Si alguna vez tenéis otra idea así… —añadió
Grimbal.
—Podéis repetirla —terminó Alina.
Mario y Lina intercambiaron una mirada.
Una muy peligrosa.
Una
de esas que anuncian que el bosque volverá a temblar tarde o
temprano.
Pero ese día, ese último alboroto, fue perfecto.
Un recuerdo destinado a ser contado junto al fuego, generación tras generación.
Dicen los viejos árboles del bosque que, desde aquel festival inolvidable, algo cambió para siempre. No en Mario ni en Lina —porque seguirían siendo un terremoto con alas y botas—, sino en todos los que los rodeaban.
A partir de entonces, cuando los gnomos escuchaban un ruido sospechoso, ya no se llevaban las manos a la cabeza inmediatamente. Primero esperaban… por si era una risa.
Cuando el zorro Roque veía una sombra moviéndose entre los arbustos, no salía corriendo. Primero olfateaba… por si venía acompañada de un chiste.
Incluso el búho Ancestro, tan serio y tan nocturno, empezó a permitirse el lujo de sonreír —solo un poco, y cuando nadie lo veía— al recordar su antigua cresta punk.
Y Mario y Lina, sin proponérselo, se convirtieron en algo más que los payasos del bosque. Se volvieron el recordatorio viviente de que, aunque los caminos a veces se vuelvan pesados, siempre hay espacio para una risa, un pequeño desastre sin importancia o una torpeza que ilumine la tarde.
Decían por allí que la risa de Mario podía curar un mal día.
Y
que un fallo de magia de Lina podía arreglar un mal humor, aunque
dejara a cualquiera cubierto de pétalos o con las cejas alborotadas.
Lo curioso es que Grimbal y Alina, los jefes que tanto
protestaban, empezaron a visitarlos más a menudo. No para regañar,
sino para vigilar “por si acaso”.
Aunque todos sabían que, en
realidad, era para ver qué ocurría aquella vez… y no perderse el
espectáculo.
Y así, en el bosque viejo, donde cada tronco guarda una historia y cada rama susurra un recuerdo, quedó un rumor suave que aún hoy repiten las ardillas al saltar:
Que mientras existan
Mario y Lina, nunca faltarán las risas.
Y
si algún día el bosque calla… será que están planeando la
próxima.
En un bosque donde las risas nunca se apagan, dos pequeños traviesos demostraron que incluso los mayores enfados pueden acabar en carcajadas.
Esta es la historia de Mario y Lina, los payasos del bosque.
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