El Congreso de Brujos
En una noche que no figuraba en calendario alguno —ni siquiera en los más antiguos códices guardados bajo llave—, se celebraba, como cada cien años, el Congreso de Brujos.
El lugar no podía ser otro que el claro oculto del Bosque de Broceliande, donde los árboles susurran nombres olvidados y la niebla parece tener memoria. Allí, bajo un cielo sin luna, comenzaban a llegar las figuras más antiguas y temidas de todos los rincones del mundo.
Algunos descendían envueltos en sombras, otros surgían de entre raíces retorcidas. Nadie hablaba en voz alta. No hacía falta. El lenguaje de los brujos no necesita palabras.
El primero en tomar asiento fue Merlín, cuyo rostro parecía tan viejo como el tiempo mismo. Sus ojos, sin embargo, conservaban el brillo de quien ha visto el principio de todas las cosas… y quizás también su final.
A su lado se materializó Morgana, envuelta en un manto negro que absorbía la luz. Su sonrisa era leve, casi imperceptible, pero cargada de secretos.
Desde tierras lejanas llegó Baba Yaga, caminando apoyada en un bastón tallado con huesos. Nadie sabía si venía como invitada… o como amenaza.
El aire se tensó cuando apareció una figura inesperada: un joven aprendiz. Nadie lo había convocado.
—¿Quién te ha traído aquí? —preguntó Merlín sin mover los labios.
El muchacho dudó. Miró a su alrededor, sintiendo el peso de siglos sobre sus hombros.
—He seguido la llamada —respondió—. Una voz… que decía que este mundo se está olvidando de vosotros.
Un murmullo invisible recorrió el claro.
Morgana inclinó la cabeza, interesada.
—No se trata de que nos olviden —susurró—, sino de que dejamos de ser necesarios.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire como una sentencia.
El Congreso no se reunía por capricho. Algo había cambiado. El equilibrio entre lo visible y lo oculto se estaba desmoronando.
Baba Yaga golpeó el suelo con su bastón.
—Los humanos han dejado de temer… y sin temor, no hay respeto.
Merlín cerró los ojos.
—O tal vez —dijo lentamente— han aprendido a enfrentarse a lo desconocido.
El joven dio un paso al frente.
—No es eso —intervino—. Es que ya no creen.
El silencio fue absoluto.
Porque la magia, como todos sabían, no muere cuando se combate… sino cuando se deja de creer en ella.
Las llamas del círculo central se apagaron de pronto.
Y en la oscuridad, por primera vez en siglos, los brujos sintieron algo que no recordaban: incertidumbre.
El Congreso debía decidir.
No sobre el destino de los humanos…
Sino sobre su propia existencia.
El silencio no se rompió de inmediato.
Se arrastró, denso, como una niebla más espesa que la del propio bosque. Las llamas no regresaron. Ni siquiera el bastón de Baba Yaga volvió a golpear la tierra.
Fue entonces cuando ocurrió.
El joven aprendiz, aún de espaldas al círculo, comenzó a temblar.
No era miedo.
Era otra cosa.
—¿Qué has traído contigo? —susurró Morgana, esta vez con un tono que ya no ocultaba inquietud.
El muchacho no respondió.
Alzó lentamente la cabeza… y el aire cambió.
Los árboles del claro crujieron como si quisieran huir. Las sombras dejaron de obedecer a sus dueños. Y una grieta, fina como un hilo de tinta, apareció en el centro del círculo donde antes ardía el fuego.
Merlín abrió los ojos de golpe.
—No… —murmuró—. Eso no puede cruzar.
Pero ya estaba cruzando.
La grieta se ensanchó sin hacer ruido, como si el mundo se desgarrara sin resistencia. De su interior no emergió ninguna criatura… ni humo… ni luz.
Emergió ausencia.
Un vacío que devoraba todo cuanto tocaba: la luz, el sonido… incluso los recuerdos.
Baba Yaga retrocedió por primera vez en siglos.
—No es magia —dijo—. Es lo que queda cuando la magia muere.
El joven dio un paso hacia atrás, pero ya no era él.
Su sombra no seguía su cuerpo.
Se extendía hacia la grieta, alargándose, deformándose… como si algo al otro lado tirara de ella.
—La voz… —susurró con dificultad—. No era una llamada…
Merlín se puso en pie, apoyándose en su bastón.
—Era una puerta.
La grieta pulsó.
Y entonces, todos lo comprendieron.
Durante siglos, habían creído que la magia dependía de los humanos. De su fe, de su temor, de su imaginación.
Pero no.
La magia había sido también un muro.
Un muro contra aquello que no debía existir.
Morgana dio un paso adelante, con una determinación fría.
—Si el mundo ha dejado de creer —dijo—, ese muro se está cayendo.
—Y nosotros… —añadió Merlín— somos lo último que lo sostiene.
El joven cayó de rodillas.
Su voz ya no era solo suya.
—Demasiado tarde…
La grieta se abrió de par en par.
Y en su interior… no había forma, ni rostro, ni criatura.
Solo una certeza insoportable:
Aquello no venía a conquistar el mundo.
Venía a borrarlo.
Las velas se apagaron todas a la vez.
Y uno a uno… los nombres comenzaron a desaparecer de la memoria del bosque.
Primero los más recientes.
Luego los antiguos.
Hasta que Baba Yaga, con un esfuerzo desesperado, gritó:
—¡Decid!
Porque el Congreso debía tomar una decisión.
No sobre los humanos.
No sobre la magia.
Sino sobre el sacrificio.
Merlín miró al joven.
Y por primera vez, en toda la eternidad que había vivido… dudó.
—Si sellamos la grieta —dijo lentamente—, desapareceremos con ella.
Morgana sonrió, pero no había triunfo en su gesto.
—Entonces, al menos, nos iremos como lo que somos.
No olvidados.
Sino necesarios.
El joven alzó la vista, con lágrimas que no llegaron a caer.
—¿Y yo?
Merlín lo observó.
Y en sus ojos, por un instante, volvió a brillar el principio del mundo.
—Tú… —respondió— serás quien recuerde.
La grieta rugió sin sonido.
El bosque comenzó a desvanecerse.
Y el Congreso de Brujos, reunido por última vez… avanzó hacia la oscuridad.
Dicen que, desde entonces, en algunos lugares del mundo…
cuando alguien cuenta una historia junto al fuego,
cuando un niño cree ver algo entre las sombras,
cuando un anciano recuerda un nombre que no sabe de dónde viene…
la grieta tiembla.
Y por un instante,
la magia… resiste.
Nadie supo cuánto tiempo duró.
Ni el sacrificio… ni el silencio posterior.
Porque cuando los últimos brujos cruzaron la grieta, el mundo no tembló. No hubo tormentas, ni señales en el cielo, ni testigos que pudieran contar lo ocurrido.
Simplemente… continuó.
El bosque desapareció.
El claro nunca volvió a encontrarse.
Y los nombres…
los nombres se borraron como tinta bajo la lluvia.
Pasaron los años.
Los hombres siguieron viviendo sin magia, sin temor, sin historias que no pudieran explicarse. El fuego ya no reunía a las familias como antes. Las noches dejaron de ser profundas.
Todo parecía… correcto.
Vacío, pero correcto.
Hasta que empezaron los olvidos.
Pequeños al principio.
Una palabra que no llegaba a la mente. Un rostro que costaba recordar. Una canción de infancia que se deshacía antes de poder tararearla.
Los médicos no encontraron causa.
Los sabios no hallaron explicación.
Y nadie pensó en magia.
Porque ya nadie creía en ella.
En un pequeño pueblo —como tantos—, un niño comenzó a dibujar.
Siempre el mismo dibujo.
Un círculo de árboles.
Un fuego apagado.
Y figuras sin rostro alrededor.
Su madre, preocupada, le preguntó una noche:
—¿Qué es eso que dibujas siempre?
El niño levantó la vista, con una serenidad que no correspondía a su edad.
—Es donde estuvieron.
—¿Quiénes?
El niño dudó.
Y por primera vez… pareció esforzarse por recordar.
—No lo sé —dijo finalmente—. Pero… alguien me dijo que no debía olvidarlos.
Aquella noche, mientras el niño dormía, algo ocurrió.
No en el cielo.
No en la tierra.
Sino en un lugar que ya no debería existir.
La grieta.
No se había cerrado.
Nunca del todo.
Había quedado… sellada desde dentro.
Contenida.
Sostenida por aquello que ya no era.
Y durante años, aquello bastó.
Pero el muro no era eterno.
Porque el muro… necesitaba ser recordado.
Una fisura apareció.
Invisible.
Silenciosa.
Inevitable.
Y por ella, algo se filtró.
No una criatura.
No una sombra.
Sino una idea.
Un susurro sin voz.
Una ausencia que aprendía.
El niño despertó.
Se incorporó en la cama, con los ojos abiertos en la oscuridad.
Y habló.
Pero no con su voz.
—Ahora entiendo…
En algún lugar del mundo, otras voces hicieron lo mismo.
Personas que jamás se habían conocido.
Niños. Ancianos. Soñadores.
Todos pronunciaron las mismas palabras.
—No hay que destruirlos…
—Solo hay que hacer que olviden.
A la mañana siguiente, el niño volvió a dibujar.
Pero algo había cambiado.
El círculo seguía allí.
El fuego también.
Pero ahora…
una de las figuras tenía rostro.
Y sonreía.
Los olvidos se hicieron más grandes.
Más profundos.
La gente comenzó a olvidar lugares enteros. Caminos que siempre habían estado ahí. Nombres de ciudades. Incluso… recuerdos compartidos.
Las historias desaparecieron.
Los cuentos dejaron de contarse.
Y nadie lo notó.
Porque no recordaban que alguna vez existieron.
Solo quedó el dibujo.
Repetido en distintas manos, en distintos lugares del mundo.
Siempre el mismo.
Siempre con una figura más definida.
Más presente.
Más… real.
Y una noche, mucho tiempo después…
cuando ya nadie recordaba qué era la magia,
ni qué era un brujo,
ni qué significaba temer a la oscuridad…
la grieta se abrió.
No en el bosque.
No en un claro olvidado.
Sino en todas partes.
Sin ruido.
Sin aviso.
Sin resistencia.
Y entonces, por primera vez desde el principio de los tiempos…
no hubo nadie que pudiera nombrar lo que estaba ocurriendo.
Ni nadie que pudiera recordarlo después.
Porque aquello que vino…
no destruyó el mundo.
No lo conquistó.
No lo cambió.
Lo sustituyó.
Y en el nuevo mundo, limpio, perfecto, sin grietas ni sombras…
un niño dibujaba.
Un círculo.
Un fuego.
Y figuras alrededor.
Pero esta vez…
todas tenían rostro.
Y todas…
miraban hacia fuera.

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