El farolero que cuidaba la noche
El farolero que cuidaba la noche
Cuando el sol se escondía y la nieve empezaba a caer, la ciudad se quedaba muy callada. Las casas parecían dormir, y las calles se volvían largas y oscuras.
Entonces aparecía el farolero.
Era un hombre alto, con sombrero y abrigo, que llevaba una escalera y una pequeña llama en la mano. Cada noche hacía lo mismo: subía con cuidado y encendía los faroles uno por uno, como le habían enseñado hacía muchos años.
Los niños decían que los faroles no eran luces normales. Decían que cada uno guardaba un sueño, una historia o un recuerdo bonito. Por eso el farolero no los encendía deprisa. Se detenía, miraba el farol y le decía en voz baja:
—Ahora te toca brillar.
Cuando la nieve caía más fuerte, la luz se volvía más cálida, y las sombras ya no daban miedo. Los caminos se veían claros y la ciudad se sentía protegida.
Una noche, un niño curioso lo siguió. Vio cómo el farolero subía muy alto y encendía el último farol, el más difícil de todos. Allí arriba, el farolero sonrió.
—Mientras haya alguien que necesite luz —dijo—, la noche nunca estará sola.
A la mañana siguiente, el farolero no estaba. Pero cuando volvió a oscurecer, todos los faroles se encendieron como siempre. Desde entonces, los niños saben que la luz no desaparece: pasa de unas manos a otras, como los cuentos que se cuentan antes de dormir.
Y por eso, cuando miran un farol encendido en la noche, sonríen y se sienten a salvo.
Moraleja
La luz más importante no es la que brilla fuerte,
sino la que alguien cuida cada día con paciencia y cariño.
Porque cuando hacemos bien nuestro trabajo y pensamos en los demás,
ayudamos a que el mundo no tenga miedo a la noche.
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