El Misterio de la Palabra Brillante
Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de montañas suaves como almohadas, un niño llamado Demetrio. Demetrio tenía diez años, el pelo revuelto color castaño y unos ojos curiosos que siempre parecían buscar algo nuevo. Era un estudiante muy aplicado: le encantaba leer libros de animales, de estrellas y de aventuras lejanas. Todas las tardes, cuando el sol empezaba a ponerse y pintaba el cielo de naranja y rosa, Demetrio se sentaba en su escritorio bajo la luz calentita de una lámpara amarilla y repasaba sus lecciones.
Una noche de otoño, mientras leía un libro viejo de historias antiguas que olía a papel y a tiempo, Demetrio sintió que los párpados le pesaban como piedritas. Bostezó tan grande que casi se le sale el alma. Y justo en ese momento, ¡zas!, como si alguien hubiera encendido una linterna dentro de su cabeza, apareció una palabra: Faeloria.
—Fae-lo-ria… —susurró Demetrio, despacito, probando cómo sonaba.
La palabra era bonita, suave y brillante, como una estrella que hubiera caído dentro de su memoria. Pero… ¿de dónde había salido? Demetrio revisó el libro página por página. Nada. Buscó en su mochila, en sus cuadernos, hasta en el cajón donde guardaba los lápices de colores. Ni rastro. Era como si la palabra hubiera llegado volando sola, desde algún lugar secreto.
Al día siguiente, en vez de hacer las tareas de matemáticas, Demetrio sacó un cuaderno nuevo con tapa azul cielo y escribió en letras grandes:
¿Qué es Faeloria?
Primero pensó que quizás era un país escondido. Cerró los ojos e imaginó:
Un país de colinas cubiertas de niebla plateada, donde los árboles tenían hojas que cantaban cuando el viento pasaba. En ese país, las palabras no se quedaban quietas: volaban como mariposas de colores y se posaban en las orejas de las personas para contarles secretos. Los niños y las niñas de Faeloria tenían alas pequeñitas de luz en los tobillos, y podían saltar muy alto para tocar las nubes. Allí nunca había exámenes difíciles, solo juegos de encontrar rimas y dibujar sueños.
Pero luego Demetrio pensó: «¿Y si Faeloria no es un lugar… sino una persona?»
Y la imaginó como una señora muy amable, con vestido largo hecho de pétalos de flores que cambiaban de color según su humor. Tenía el pelo plateado como la luna y ojos verdes que brillaban como luciérnagas. Se llamaba Reina Faeloria, y su risa era tan dulce que hacía crecer flores donde pisaba. Vivía en un castillo de cristal en medio de un bosque encantado, y todas las noches tejía historias con hilos de estrellas para regalar a los niños que no podían dormir.
Demetrio no sabía cuál de las dos ideas era la verdadera, así que decidió unirlas.
Escribió y escribió durante días. En su cuaderno nació un mapa de Faeloria: ríos de chocolate caliente, montañas de algodón de azúcar, un lago donde nadaban peces que contaban chistes. Y en el centro del reino, el Palacio de la Reina Faeloria, donde ella esperaba sentada en un trono de nubes.
Un día, mientras Demetrio dibujaba el escudo del reino (un corazón con alas y una pluma dentro), su amiga Clara entró corriendo a su habitación.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Clara, con sus coletas saltando—. ¡Llevas días sin salir a jugar!
Demetrio le enseñó el cuaderno.
—Mira… encontré una palabra mágica: Faeloria. No sé de dónde salió, pero estoy inventando su historia.
Clara abrió mucho los ojos.
—¡Es preciosa! ¿Puedo ayudarte?
¡Claro que sí! Juntos inventaron más cosas:
Un dragón pequeñito y miedoso que en realidad era un cachorrito de nube y solo escupía copos de nieve.
Una tortuga sabia que llevaba una casa en la espalda llena de libros que leían solos.
Un río que cantaba nanas cuando alguien estaba triste.
Cada tarde, después del colegio, Demetrio y Clara se sentaban bajo la lámpara y agregaban algo nuevo al reino. Poco a poco, el cuaderno se llenó de dibujos, mapas y capítulos.
Una noche, cuando ya habían escrito casi todo el cuento, Demetrio se quedó mirando la palabra Faeloria escrita muchas veces en diferentes colores.
—¿Sabes qué, Clara? —dijo—. Creo que Faeloria no estaba escondida en ningún libro viejo… Estaba dentro de mí, esperando que la encontrara. Y ahora, gracias a que la busqué y la imaginé, existe de verdad… ¡en nuestras cabezas y en este cuaderno!
Clara sonrió.
—Y en nuestros juegos. Y cuando se lo contemos a otros niños, también existirá en sus corazones.
Desde ese día, cada vez que Demetrio tenía que estudiar algo difícil o se sentía cansado, cerraba los ojos un momento y visitaba Faeloria en su mente. Veía a la Reina Faeloria saludándolo desde su trono de nubes, al dragón de nieve soplando copos para refrescarlo, y al río cantando una canción suave.
Y sonreía.
Porque había aprendido algo muy importante:
A veces, las palabras más bonitas no están en los libros… están esperando dentro de nosotros, listas para salir volando cuando las llamamos con imaginación y cariño.
Y así, Faeloria siguió viviendo, creciendo y brillando, en el corazón de Demetrio, de Clara y de todos los niños que alguna vez soñaron con un lugar donde las palabras pudieran volar.
Fin
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