El sendero del mago
Dicen los viejos del lugar que no todos los caminos aparecen en los mapas. Algunos surgen cuando el mundo calla y el corazón empieza a escuchar.
Así comienza la historia de Mateo, un muchacho que no buscaba magia… pero la magia, caprichosa y antigua, sí parecía haberlo elegido a él.
Todo empezó una tarde de viento suave, cuando el sol caía sobre los campos y el horizonte se teñía de cobre. Mateo caminaba sin rumbo fijo, arrastrando pensamientos que pesaban más que sus pasos, cuando lo vio: un sendero estrecho, apenas visible, que se abría entre los matorrales donde antes no había nada.
No sabía por qué, pero sintió que debía seguirlo.
El sendero del mago no tenía señales, ni huellas, ni final visible. A cada paso, el paisaje cambiaba sutilmente: los árboles parecían inclinarse como si lo observaran, el aire tenía un aroma antiguo, y el silencio… el silencio no era vacío, sino presencia.
Tras un buen rato caminando, encontró una piedra lisa en medio del camino. Sobre ella, grabadas con una precisión imposible, había unas palabras:
"Solo quien no busca, encuentra."
Mateo frunció el ceño. No entendía el significado, pero algo en su interior le dijo que continuara.
Más adelante, el sendero se bifurcaba en dos. Uno parecía fácil, amplio y luminoso. El otro, estrecho, cubierto de sombras y raíces. Dudó. Como cualquiera lo haría.
Entonces recordó la frase.
Y eligió el camino difícil.
Al adentrarse en él, la oscuridad no lo devoró como temía. Al contrario, empezó a ver con más claridad. Cada paso le enseñaba algo: a escuchar el crujido de la tierra, a sentir el latido de su propio miedo sin huir de él, a confiar.
Cuando el sendero volvió a abrirse, encontró a un anciano sentado junto a un viejo roble. No vestía túnicas ni llevaba bastón. Parecía un hombre cualquiera… salvo por sus ojos, que brillaban como si guardaran siglos de historias.
—Has tardado —dijo el anciano, sin mirarlo.
—No sabía que venía —respondió Mateo.
El anciano sonrió levemente.
—Por eso has llegado.
Se hizo un silencio largo, de esos que no incomodan.
—¿Eres un mago? —preguntó Mateo al fin.
El anciano negó con la cabeza.
—No. El sendero es el mago.
Mateo no entendió, pero tampoco lo cuestionó.
—¿Y qué se supone que debo hacer ahora?
El anciano alzó la mirada por primera vez y lo observó con una calma infinita.
—Seguir caminando… hasta que dejes de hacer esa pregunta.
Cuando Mateo quiso añadir algo más, el anciano ya no estaba.
Solo quedaba el sendero.
Y esta vez, Mateo no dudó.
Siguió adelante.
Porque había comprendido —aunque no supiera explicarlo— que el sendero del mago no llevaba a un lugar… sino a quien se atrevía a recorrerlo.
Y desde aquel día, cada paso que dio en su vida, fuera cual fuera el camino, tuvo algo de magia.

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