La Pequeña Elfa Luna y el Secreto de las Luciérnagas Dormidas

           La Pequeña Elfa Luna y el Secreto de las Luciérnagas Dormidas

En el Bosque Susurrante, justo después de la gran lluvia que Luna ayudó a cantar de nuevo, llegó una noche muy especial: la Noche de las Estrellas Caídas.
Cada año, en esa noche, algunas estrellitas se cansaban de brillar tan alto y pedían permiso para bajar un ratito al bosque a descansar entre las hojas. Las luciérnagas, que eran las guardianas de la luz suave, siempre las recibían con una gran fiesta de bailes y cosquillas luminosas.
Pero esa noche… algo no estaba bien.
Luna se había acurrucado en su hamaca de telarañas plateadas, con su coronita de flores naranjas ya un poquito marchitas por el día largo. Estaba a punto de cerrar sus grandes ojos verdes cuando oyó un sonido muy raro: silencio. Un silencio que no pegaba nada en una noche de fiesta.
Se asomó por la rendija de su casita en el tronco.
Las luciérnagas… ¡estaban apagadas!
Estaban sentadas en fila sobre una rama baja, con las colitas oscuras y las cabecitas gachas, como si tuvieran mucha, mucha vergüenza.
Luna bajó corriendo, saltando raíces y esquivando honguitos brillantes.
—Buenas noches, luci Luci —susurró al llegar—. ¿Por qué no brilláis? Las estrellitas ya están bajando… mirad, ¡allí viene una!
Una estrellita plateada con colita de cometa aterrizó torpemente sobre una hoja y miró confundida a su alrededor.
—¿Dónde está la luz de bienvenida? —preguntó con voz de campanita—. Sin vuestra luz suave no encuentro el camino para descansar…
Las luciérnagas más viejitas suspiraron todas a la vez.
—Se nos ha olvidado cómo encender —dijo la más pequeñita, que se llamaba Chispa—. Anoche soñamos que nos apagábamos para siempre y… ahora tenemos miedo. Cuando tenemos miedo, la luz no sale.
Luna se sentó en el musgo húmedo junto a ellas.
—¿Miedo? Pero si sois las luces más valientes del bosque. ¡Ilumináis caminos que ni la luna alcanza!
Chispa bajó aún más la cabecita.
—Es que… ¿y si un día nos apagamos de verdad y el bosque se queda oscuro para siempre?
Luna pensó un momento. Luego sacó de su bolsillito de hoja una piedrecita que brillaba muy poquito, la misma que había encontrado el día de la lluvia.
—Mirad —dijo—. Esta piedrita no es una luciérnaga, ni una estrella. Solo es una piedrita normal… pero cuando la froto con cariño, se calienta y brilla un poquito. No mucho, pero suficiente para no perderme en la oscuridad.
Las luciérnagas la miraron con ojos redondos.
—¿Podemos probar? —preguntó Chispa.
Luna puso la piedrecita en el centro del círculo.
—Claro. Pero no frotéis fuerte. Frotad con cariño, como si le dierais las buenas noches a un amigo.
Una a una, las luciérnagas se acercaron. Tocaron la piedrecita con sus patitas suaves, susurrando “buenas noches, piedrita valiente”, “gracias por brillar aunque seas pequeña”.
Y pasó algo mágico: cada vez que una luciérnaga decía algo cariñoso, su colita parpadeaba… ¡y se encendía un poquito!
Primero fue solo un puntito amarillo. Luego un brillo verde suave. Después, azul como el cielo de medianoche. Y al final… ¡todas brillaron juntas como nunca!
El bosque entero se llenó de luz danzante. Las estrellitas caídas bajaron contentas, rodaron por las hojas, jugaron al escondite con las mariposas nocturnas y se durmieron acurrucadas entre helechos.
Luna se quedó mirando, con las mejillas coloradas de felicidad.
Chispa voló hasta su nariz y le dio un besito luminoso.
—Gracias, Luna. Nos acordamos: la luz no se enciende con fuerza… se enciende con cariño.
Desde esa noche, cada vez que una luciérnaga se siente apagada o con miedo, las demás forman un círculo, ponen una piedrita (o una bellota, o una hoja) en el centro y se dicen unas a otras palabras suaves: “buenas noches”, “estás aquí”, “te veo brillar aunque sea poquito”.
Y la luz siempre vuelve.
Luna regresó a su hamaca, pero antes de dormir miró al cielo y susurró:
—Buenas noches, estrellitas. Buenas noches, luciérnagas. Buenas noches, bosque valiente.
Y mientras se dormía, una luciérnaga solitaria se posó en su coronita de flores y brilló bajito, como diciendo: “Yo también te veo, pequeña elfa valiente”.
                         Fin
                 
                      Moraleja :
A veces nos apagamos un poquito por dentro cuando tenemos miedo o nos sentimos solos.
Pero la luz vuelve cuando nos acordamos de ser cariñosos con nosotros mismos y con los demás.
No hace falta brillar mucho… basta con brillar con amor, aunque sea solo un puntito.
Porque un puntito de cariño puede encender todo un bosque.

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