La Pequeña Elfa Luna y la Canción de la Lluvia

           La Pequeña Elfa Luna 
         y la Canción de la Lluvia
En lo más profundo del Bosque Susurrante, donde los árboles son tan antiguos que recuerdan cuando el mundo aún era un sueño, vivía una elfinita llamada Luna.
Luna no era como las demás elfas del bosque. Mientras sus primas volaban entre las copas recolectando rocío de estrellas y sus hermanos mayores tocaban flautas de sauce para calmar a los animales nocturnos, Luna prefería esconderse. Le gustaba observar el mundo desde detrás de los troncos cubiertos de musgo, con sus grandes ojos verdes brillando de curiosidad.
Una tarde de finales de verano, el cielo se puso gris-plata y comenzó a llover. No era una lluvia fuerte y enfadada, sino una lluvia suave, como si el cielo estuviera contando un cuento muy despacito. Las gotitas caían sobre las hojas grandes haciendo “plink-plink-plink” y resbalaban por las ramas como lágrimas de cristal.
Luna corrió a su árbol favorito: un roble enorme con corteza tan arrugada que parecía tener mil caras sonrientes. Se apretó contra él, dejando que la lluvia le mojara solo las puntitas de las orejas puntiagudas y los pétalos naranjas de su coronita de flores.
—Buenas tardes, abuelo Roble —susurró, apoyando la mejilla en la corteza húmeda—. ¿Hoy también me contarás un secreto?
El roble no hablaba con palabras, pero sí con susurros. Aquella tarde, el viento movió sus hojas de una forma especial y Luna escuchó algo nuevo:
“La Lluvia está triste… ha olvidado su canción.”
Luna abrió mucho los ojos.
—¿La Lluvia tiene una canción? —preguntó sorprendida.
Todas las criaturas del bosque sabían que la Lluvia cantaba cuando estaba feliz: hacía “shhh-shhh” entre las hojas, “tum-tum” en los charcos grandes, “tic-tic-tic” sobre las bellotas. Pero nunca había oído que estuviera triste.
Luna miró hacia arriba. Entre las ramas, las gotas caían más despacio, como si tuvieran pereza de llegar al suelo.
Decidió que tenía que ayudar.
Se envolvió mejor en su vestidito verde de hojas tejidas, ajustó el collar de bellotas y piedrecitas brillantes que llevaba al cuello, y salió de su escondite.
Primero fue a ver a Miel, la ardilla más parlanchina del bosque.
—Miel, ¿sabes por qué la Lluvia está triste?
Miel dio tres vueltas alrededor de una rama antes de contestar:
—Dicen que perdió su nota más bonita. La que hacía que las flores abrieran sus pétalos aunque fuera de noche. Sin esa nota, la Lluvia cree que ya no sirve de nada.
Luna frunció el ceño.
—Entonces hay que encontrarla.
Miel se rió.
—¿Tú sola, pequeñita que se esconde hasta de las mariposas?
Luna se puso colorada como las flores de su corona.
—No me esconderé esta vez —dijo con voz temblorosa pero decidida—. Voy a buscar la nota perdida.
Y así empezó la aventura de Luna bajo la lluvia.
Primero bajó al Arroyo Cantarín. Allí vivía Pez Plateado, el pez más viejo y sabio.
—Pez Plateado, ¿has visto una nota musical por aquí? Es brillante, suena como campanitas y huele a jazmín mojado.
El pez dio una voltereta lenta.
—La vi hace tres lluvias. Se la llevó el viento hacia el Claro de las Luciérnagas. Pero cuidado, pequeña elfa… en ese claro vive el Grillo Cantor, y no le gusta que nadie toque sus tesoros.
Luna tragó saliva, pero siguió adelante.
La lluvia ahora caía con más fuerza, como si quisiera esconder el camino. Luna patinaba en el barro, se le pegaban hojas a las trenzas y sus sandalias de corteza estaban empapadas. Pero no se detuvo.
Cuando llegó al Claro de las Luciérnagas, ya era casi de noche. Las luciérnagas bailaban lentamente, como estrellitas cansadas. En el centro, sobre una piedra redonda, estaba el Grillo Cantor tocando una melodía muy bonita… pero le faltaba una nota. Cada vez que llegaba a ese lugar, su música se rompía y él suspiraba triste.
—Grillo Cantor —dijo Luna con voz chiquita—, creo que tienes algo que no es tuyo.
El grillo la miró con ojos como cuentas negras.
—¿Y qué vas a hacer al respecto, elfinita empapada?
Luna respiró hondo.
—Voy a devolverle su nota a la Lluvia… porque sin ella, todo el bosque está un poquito más gris.
El grillo se quedó callado un largo rato. Luego, con sus patitas delanteras, sacó de debajo de su ala una diminuta gota de luz que vibraba como una campanita.
—Toma —dijo—. La guardé porque sonaba tan bonito que no quería soltarla. Pero tienes razón… algunas cosas hermosas solo brillan cuando las compartes.
Luna tomó la nota con mucho cuidado. Era tibia, olía a flores mojadas y zumbaba suavemente contra sus palmas.
Corrió de vuelta, saltando charcos, esquivando raíces, con la lluvia ahora cayéndole en la cara como aplausos.
Cuando llegó bajo su roble abuelo, se subió a una raíz alta y levantó los brazos.
—¡Lluvia! ¡Mira lo que encontré!
Y soltó la nota.
La gotita de luz subió, subió… y se unió a las millones de gotas que caían. De pronto, toda la lluvia empezó a cantar diferente. Ya no era solo “plink-plink” ni “shhh-shhh”. Ahora había campanitas, risas de viento, susurros de pétalos abriéndose, y un sonido nuevo, dulce y claro, como si alguien estuviera tocando un arpa hecha de lágrimas felices.
Las flores del suelo abrieron sus pétalos aunque era de noche. Los helechos se estiraron como si despertaran de un sueño largo. Incluso las luciérnagas del claro lejano comenzaron a bailar más rápido.
Luna se sentó en la raíz, empapada pero sonriendo. La lluvia le acarició las mejillas como diciendo “gracias”.
Entonces el abuelo Roble movió sus hojas y susurró:
“Bien hecho, pequeña valiente. A veces las criaturas más tímidas guardan el corazón más grande.”
Luna se acurrucó contra el tronco, escuchando la canción completa de la Lluvia. Sus ojos verdes se cerraban poco a poco.
—Buenas noches, Lluvia… buenas noches, bosque… —murmuró.
Y mientras se dormía, una última gotita le cayó en la nariz y le hizo cosquillas. Luna sonrió en sueños, con su coronita de flores naranjas brillando suavemente bajo la luz plateada de la luna que, por fin, se asomaba entre las nubes.
Desde esa noche, cada vez que llueve suave en el Bosque Susurrante, los niños elfos le cuentan a sus pequeños hermanos:
—Escuchen… esa es la canción que Luna le devolvió a la Lluvia.
Y si prestas mucha atención… entre el “shhh” y el “plink”, todavía puedes oír una campanita chiquita que suena como una risa de elfa valiente.

                    Moraleja:

A veces las personas más pequeñas y tímidas tienen el corazón más valiente y el oído más atento para escuchar lo que los demás necesitan.
No hace falta ser el más grande, el más fuerte ni el más ruidoso
para cambiar algo importante.
Basta con atreverse a salir del escondite, caminar aunque te mojes un poquito, y devolverle al mundo la nota de alegría que le falta.
Porque las cosas más hermosas 
—como una canción de lluvia, una sonrisa o una amistad—
brillan mucho más cuando las compartimos.
Y quien ayuda con cariño, aunque sea en silencio y con pasitos chiquitos,
deja huellas que el bosque entero recuerda por siempre.

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