La Pequeña Elfa Luna y la Hoja que No Quería Caer
La Pequeña Elfa Luna
y la Hoja que No Quería Caer
Era otoño en el Bosque Susurrante. Las hojas ya no eran todas verdes; muchas se habían vestido de naranja, rojo y dorado, como si el bosque entero se hubiera puesto su mejor disfraz para una gran fiesta.
Todas las hojas, menos una.
En la rama más alta del abedul plateado vivía una hojita llamada Ámbar. Era pequeñita, de un amarillo brillante con vetitas rojas, y se aferraba con todas sus fuerzas al tallito. Mientras las demás hojas bailaban con el viento, giraban, reían y caían despacito formando alfombras crujientes en el suelo, Ámbar se quedaba quieta, temblando un poquito.
—No quiero caer —decía en voz bajita—. Aquí arriba veo todo: el río que brilla, las ardillas que corren, las nubes que pasan… Si caigo, todo se acabará.
Luna la vio desde abajo. Estaba recogiendo bellotas para su despensa de invierno cuando levantó la vista y notó esa hojita solitaria que no se movía.
—Hola, hojita —saludó Luna poniéndose de puntillas—. ¿Por qué no bailas con las demás?
Ámbar suspiró (y cuando una hoja suspira, suena como un papel muy finito que se arruga).
—Tengo miedo, pequeña elfa. Abajo está oscuro, húmedo y frío. Aquí arriba todo es luz y viento suave. ¿Y si cuando caiga me pierdo para siempre?
Luna se quedó pensando. Luego se subió a una raíz alta, extendió sus bracitos y le habló con voz muy suave:
—Sabes… yo también tengo miedo a veces. Me escondo detrás de los troncos porque pienso que si alguien me ve, tal vez no le guste lo pequeñita que soy. Pero un día descubrí que cuando salgo, aunque me moje con la lluvia o me pinchen las ramitas, siempre encuentro algo bonito: una flor nueva, un amigo, o simplemente la sensación de que el bosque me quiere tal como soy.
Ámbar la miró con sus vetitas brillando un poquito más.
—¿Y si caigo y nadie me recuerda?
Luna sonrió y sacó de su bolsillito una semillita redonda y dorada.
—Mira esto. Es una semilla de diente de león que guardé del verano. Si la suelto ahora, volará lejos y nadie sabrá dónde aterrizará… pero donde caiga, en primavera crecerá una flor amarilla nueva. Nadie la olvidará porque seguirá existiendo de otra forma.
Ámbar se quedó callada un largo rato. El viento sopló fuerte y las hojas de alrededor empezaron a despedirse: “¡Hasta la primavera, amiga!”, “¡Nos vemos en el suelo!”, “¡Te echaremos de menos, pero bailaremos por ti!”.
Entonces Ámbar respiró hondo (o lo que una hoja puede hacer para respirar hondo) y susurró:
—¿Me prometes que vendrás a verme cuando caiga?
Luna puso su manita sobre el corazón.
—Te lo prometo. Y te traeré una manta de musgo calentita y te contaré cuentos hasta que llegue la nieve.
Ámbar cerró sus venitas como si cerrara los ojos… y se soltó.
Cayó despacito, girando como una bailarina lenta. Luna corrió debajo con los brazos abiertos y la atrapó justo antes de que tocara el suelo. La hoja era tibia todavía, olía a sol de verano y a promesas.
Luna la llevó a un rinconcito protegido entre raíces, la arropó con musgo suave y le puso encima una bellotita como almohada.
—Buenas noches, Ámbar —susurró—. Descansa. Cuando despiertes, serás parte de algo aún más grande: ayudarás a que nazcan flores, a que los animalitos hagan sus nidos calentitos, a que el bosque siga cantando.
Y así pasó el otoño. Luna iba cada tarde a visitar a Ámbar. Le contaba cómo las ardillas jugaban con las hojas secas, cómo el río se ponía plateado al atardecer, cómo las primeras nieves empezaban a asomarse.
Una mañana de invierno, cuando todo estaba blanco y quieto, Luna volvió al rincón… y Ámbar ya no estaba.
Pero en su lugar había crecido un diminuto brote verde, con dos hojitas nuevas que asomaban tímidas bajo la nieve.
Luna se arrodilló y sonrió con los ojos brillantes.
—Hola, nueva amiga —dijo—. Bienvenida. Ámbar te manda recuerdos del cielo.
Desde entonces, cada otoño, Luna busca la hoja más valiente que no quiere caer… y siempre le promete lo mismo: que caer no es el final, sino solo otra forma de seguir siendo parte del bosque.
Y cuando llega la primavera, las hojitas nuevas le susurran al viento:
—Gracias, Luna. Gracias por enseñarnos que a veces soltar es la manera más bonita de quedarse para siempre.
Fin
Moraleja :
El miedo a los cambios es normal,
pero cuando nos atrevemos a soltar lo viejo (con cariño y con promesas de volver a vernos), descubrimos que no desaparecemos:
Solo nos transformamos en algo nuevo y bonito que el mundo necesitaba.
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