La Sacerdotisa



En lo alto de una colina olvidada por los hombres, donde el viento hablaba con voces antiguas y la piedra guardaba memoria, se alzaba un templo que no figuraba en los mapas. Sus columnas, desgastadas por los siglos, aún sostenían un techo abierto al cielo, como si la divinidad que allí habitaba no aceptara techo alguno.

Allí vivía Aurea, la última sacerdotisa.

No se sabía con certeza cuándo había llegado. Algunos decían que había nacido en el templo; otros, que una noche apareció entre la niebla, vestida de blanco, con los pies descalzos y la mirada cargada de siglos. Lo cierto era que nadie en las aldeas cercanas recordaba un tiempo sin ella.

Aurea cuidaba del fuego.

No era un fuego común. Ardía en el centro del santuario, dentro de un cuenco de piedra negra, y jamás se apagaba. No consumía leña ni aceite, y su llama no quemaba… pero iluminaba el alma de quien se atrevía a mirarla demasiado tiempo.

Los pocos que subían hasta allí lo hacían por necesidad, nunca por curiosidad.

Un pastor que había perdido su rebaño.

Una madre con un hijo enfermo.

Un hombre que cargaba culpas que no podía nombrar.

A todos los recibía Aurea en silencio. No preguntaba, no juzgaba. Solo los guiaba hasta el fuego.

—Mira —decía con una voz suave, casi como un susurro del viento.

Y cada uno veía algo distinto.

Algunos regresaban con paz.

Otros, con lágrimas.

Y unos pocos… no regresaban jamás.

Decían que el fuego no concedía deseos.

Revelaba verdades.

Una tarde de otoño, cuando las hojas descendían como ceniza dorada, un joven llamado Darien subió hasta el templo. Sus botas estaban cubiertas de polvo, y en sus ojos había una mezcla de determinación y miedo.

Aurea lo esperaba.

—Has tardado —dijo ella, sin sorpresa.

—No sabía que debía venir —respondió él.

La sacerdotisa inclinó levemente la cabeza, como si escuchara algo que no era audible para otros.

—Lo sabías. Solo no estabas preparado.

Darien no respondió. Sus manos temblaban ligeramente.

—Quiero respuestas —dijo al fin—. Sueño con este lugar desde niño. Veo el fuego… y te veo a ti.

Aurea lo observó con una calma antigua.

—Entonces ya conoces la verdad.

—No —negó él—. Solo tengo preguntas.

La sacerdotisa se apartó, dejando libre el paso hacia el centro del templo.

—El fuego no responde a las preguntas —murmuró—. Las disuelve.

Darien avanzó.

Cada paso parecía pesar más que el anterior. El aire era denso, como si el tiempo allí no avanzara del mismo modo. Cuando llegó frente al cuenco de piedra, la llama vibró, como si reconociera su presencia.

—Mira —susurró Aurea.

Y él miró.

Primero vio su infancia.

Campos verdes, risas, una madre que cantaba al atardecer. Luego la imagen cambió: la enfermedad, la pérdida, el silencio en la casa vacía. Sintió el dolor que había aprendido a ocultar, ese que lo había empujado a huir, a vagar sin rumbo.

Pero el fuego no se detuvo.

Las imágenes se tornaron más profundas, más antiguas.

Se vio a sí mismo… en otro tiempo.

Vestido con ropas que no reconocía, de pie en aquel mismo templo, observando el mismo fuego. Y frente a él… una mujer.

Aurea.

Pero no como ahora. Más joven, más viva… y sin embargo la misma.

—Prometiste volver —dijo aquella Aurea del pasado.

Y él, en esa otra vida, respondió:

—Siempre vuelvo.

La visión se quebró como cristal.

Darien retrocedió, jadeando.

—¿Qué… qué es esto?

Aurea se acercó despacio.

—Memoria —dijo—. No del cuerpo… sino del alma.

—Eso no es posible…

—Lo es aquí.

El joven la miró, buscando en su rostro una mentira, una grieta, algo humano a lo que aferrarse.

—¿Quién soy yo? —preguntó con voz rota.

Aurea lo sostuvo con la mirada.

—Eres quien juró custodiar el fuego… cuando yo ya no pudiera.

El viento atravesó el templo, apagando por un instante todos los sonidos del mundo.

—No… —susurró él—. Yo no puedo…

—Ya lo hiciste —replicó ella con serenidad—. Más de una vez.

Darien negó, pero en lo profundo de su ser algo comenzaba a encajar, como una llave olvidada girando en una cerradura antigua.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Quién eres realmente?

Aurea sonrió con una tristeza serena.

—Soy la guardiana que se queda… hasta que otro recuerda.

El joven volvió la mirada hacia el fuego.

La llama parecía ahora más intensa, más viva. No quemaba, pero llamaba.

—¿Y si me niego?

Aurea no respondió de inmediato. Caminó hasta situarse junto a él.

—Entonces el fuego se apagará —dijo finalmente—. Y con él… muchas verdades que el mundo no está preparado para perder.

Darien cerró los ojos.

Pensó en su vida, en sus pérdidas, en su huida constante. Pensó en aquella promesa que no recordaba haber hecho… pero que ahora sentía como propia.

Cuando volvió a abrirlos, había algo distinto en su mirada.

—¿Qué debo hacer?

Aurea dio un paso atrás.

Por primera vez, parecía… aliviada.

—Quedarte.

El viento cesó.

El tiempo, quizás, también.

Dicen que, desde entonces, el templo sigue en pie.

Algunos aseguran que aún hay una figura vestida de blanco que recibe a los viajeros.

Otros, que ahora es un joven quien guarda el fuego, mientras una mujer se aleja colina abajo, perdiéndose entre la niebla como si nunca hubiera existido.

Y hay quienes juran… que el fuego sigue ardiendo.

Esperando.

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