La sirena de los corrales


 

  La sirena de los corrales

Dicen los viejos de Chipiona que el mar no siempre devuelve lo que se lleva… pero a veces, cuando quiere, deja algo que cambia una vida entera.

Aquella noche, la pleamar llegó como pocas. Las olas rompían con una fuerza grave contra los corrales de piedra, esos muros antiguos que desde tiempos remotos guardaban el secreto de la pesca. El viento traía sal y memoria.

Mateo, pescador como su padre y el padre de su padre, aguardaba con paciencia. Sabía que tras la furia, siempre venía el regalo.

Y así fue.

Al amanecer, cuando la marea comenzó a retirarse y el mar dejó al descubierto los laberintos de roca, Mateo caminó entre los corrales. El agua se recogía en charcos vivos, atrapando peces, algas… y algo más.

La vio.

Al principio pensó que era un reflejo, un engaño de la luz. Pero no. Entre dos piedras, con el cuerpo atrapado por la bajamar, yacía una mujer… o algo que no lo era del todo.

Su piel tenía el brillo suave del nácar, y su cabello, oscuro como el fondo del océano, se enredaba entre las algas. Donde debían estar sus piernas, una cola plateada latía débilmente.

Mateo no retrocedió.

—No temas —dijo, sin saber muy bien a quién tranquilizaba.

Los ojos de la criatura se abrieron. No eran humanos. Eran antiguos. Como si hubieran visto nacer las primeras mareas.

—Llegas tarde, hombre de tierra —susurró ella—. El mar ya se ha ido.

Mateo se arrodilló junto a ella. El agua no bastaba para cubrirla. El sol, implacable, empezaba a secar su piel.

—Volverá —respondió él—. Siempre vuelve.

Durante horas, Mateo permaneció a su lado. Traía cubos de agua, la cubría con algas, le hablaba de cosas sencillas: de las redes, de las lunas, del olor del pan al amanecer.

Y ella escuchaba.

Se llamaba Lira.

Había subido con la pleamar, atraída por algo que no comprendía del todo. No era la primera vez que veía la costa, pero sí la primera que se dejaba atrapar por ella.

—En el fondo —le confesó— no hay tiempo. Solo corriente. Pero aquí… aquí duele.

Mateo sonrió con tristeza.

—Eso es vivir.

Cuando el sol comenzó a caer, el mar empezó a regresar. Primero tímido, luego decidido. El agua fue llenando los corrales, subiendo por las piedras, reclamando lo que era suyo.

Lira sintió la fuerza en su cola. Sus ojos brillaron.

—Ya viene —dijo.

Mateo sabía lo que significaba.

—Podrías quedarte —murmuró, aunque en el fondo sabía que no era verdad.

Ella negó suavemente.

—Y dejaría de ser quien soy… como tú dejarías de ser pescador si te arrancaran del mar.

El agua ya los rodeaba.

Entonces, Lira alzó una mano y la posó sobre el pecho de Mateo. Él sintió un latido que no era el suyo, un pulso antiguo, profundo, como el rumor de las mareas en la noche.

—No puedo quedarme… pero tampoco me iré del todo.

Y, con un gesto que no parecía posible, dejó algo en sus manos.

No era carne. No era objeto.

Era calor.

Era memoria.

Era un corazón que no pesaba, pero que lo llenaba todo.

Cuando la siguiente ola cubrió el corral, Lira desapareció.

Mateo quedó solo.

Desde entonces, cada día, al bajar la marea, vuelve a caminar entre los corrales. Los peces siguen allí, las algas también… pero él ya no busca comida.

Busca un destello.

Una voz.

Un recuerdo que, a veces, cuando el viento sopla desde dentro del mar, parece llamarlo por su nombre.

Y dicen —los que saben escuchar— que en ciertas noches de pleamar, entre el romper de las olas, puede oírse un canto.

No es triste.

No es alegre.

Es eterno.

Como el amor que una vez quedó atrapado…

entre las piedras de los corrales y el corazón de un pescador.

Comentarios

Entradas populares de este blog

"El lenguaje del silencio: La aventura de Julián en La Centenera"

El Nai de Vallcebre - La última partida Carlista

El Último Voto del Temple