La sombra de la hechicera
Hace muchos siglos, cuando los caminos eran de polvo y las noches se iluminaban con faroles y estrellas, las lagunas que hoy descansan tranquilas en el Parque Natural de las Lagunas de Ruidera estaban rodeadas de misterio.
Las aguas caían de una laguna a otra como si fueran pequeños ríos de cristal, y el sonido de las cascadas se escuchaba incluso en la oscuridad. Los pastores del cercano pueblo de Ruidera decían que aquellas aguas tenían memoria.
Contaban también que, mucho tiempo atrás, vivía en una cueva junto a la laguna más profunda una mujer sabia a la que todos llamaban La hechicera Ruidera.
No era una hechicera malvada, como algunos imaginaban. Conocía las hierbas del monte, sabía leer las estrellas y podía escuchar el lenguaje del viento entre los carrizos. A veces ayudaba a los viajeros perdidos o curaba a los animales enfermos.
Pero el tiempo y el miedo hacen que las historias cambien.
Un invierno especialmente duro, cuando las cosechas se perdieron y el frío parecía no terminar nunca, algunos comenzaron a decir que aquella mujer traía mala suerte.
Una noche de tormenta, la hechicera desapareció.
Nadie volvió a verla.
Sin embargo, desde entonces ocurrió algo extraño.
Cuando el sol se escondía detrás de las colinas y la última luz se reflejaba en el agua, una sombra aparecía sobre las rocas cercanas a la laguna. No era la sombra de un árbol ni de una persona… pero tenía la forma de una mujer mirando el horizonte.
Los vecinos del lugar dejaron de acercarse allí al caer la noche.
Todos… excepto un niño llamado Mateo.
Mateo era hijo de un pescador y siempre había sentido curiosidad por aquella historia. Una tarde de verano, decidió caminar hasta la laguna para ver con sus propios ojos la famosa sombra.
Se sentó sobre una roca y esperó.
El sol empezó a esconderse lentamente y el cielo se volvió naranja y violeta. Entonces ocurrió.
Sobre la pared de piedra apareció la sombra.
Era suave, casi transparente, como si estuviera hecha de agua y luz.
Mateo no sintió miedo.
—¿Eres tú la hechicera? —preguntó en voz baja.
El viento sopló entre los juncos, y por un momento el niño creyó escuchar un susurro.
—No soy más que un recuerdo…
Mateo comprendió algo entonces.
La sombra no estaba allí para asustar a nadie. Era simplemente la memoria de una mujer que había cuidado aquellas tierras cuando nadie más lo hacía.
Al día siguiente contó a los mayores lo que había visto.
Algunos no le creyeron. Otros guardaron silencio.
Pero desde aquel día, cuando los niños del pueblo visitaban las lagunas al atardecer, Mateo les señalaba la roca donde aparecía la silueta.
—No es un fantasma —decía—. Es la forma que tiene la tierra de recordar.
Y dicen que aún hoy, cuando el sol se despide de las aguas tranquilas de las lagunas, una sombra se dibuja suavemente sobre la piedra… como si alguien siguiera vigilando el lugar que amó.
Moraleja
A veces las leyendas no nacen del miedo, sino del recuerdo de personas que hicieron el bien y que el tiempo se negó a olvidar.
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