Lirael y la Estrella que Prometió Volver

En un desierto muy especial, donde la arena brillaba como miles de rubíes pequeñitos bajo el sol, vivía Lirael, una señora buena y soñadora con el pelo dorado como rayitos de luna. Todos la llamaban “la Tejedora de Sueños”.
Lirael se sentaba cada día en una roca grande y roja llamada la Roca del Suspiro. Desde allí miraba el cielo enorme y sonreía. Hace mucho tiempo, cuando era más joven, Lirael había visto una estrella muy brillante caer despacito del cielo. Pero no era una estrella cualquiera: ¡era un príncipe estrellado! Tenía la piel llena de brillitos de cometas y ojos como galaxias.
Los dos se hicieron muy amigos. Jugaban a contar constelaciones, a perseguir nubes de polvo estelar y a soñar con unir el desierto bonito con el cielo infinito. “Algún día volveremos a vernos”, se prometieron, “y haremos una gran fiesta de estrellas y arena”.
Pero un día, el príncipe estrella tuvo que subir muy alto, muy alto, porque una supernova (una estrella gigante que explota de felicidad) lo llamaba para ayudarla a brillar más fuerte. “Volveré pronto”, le dijo con una gran sonrisa luminosa, “te lo prometo con todo mi corazón de luz”.
Lirael se quedó esperando en el desierto, pero no estaba triste. Cada tarde, cuando el sol se despedía pintando el cielo de naranja y rosa, ella empezaba a tejer cuentos con sus manos y su voz suave. Contaba historias de mariposas que volaban hasta la luna, de meteoritos que traían regalitos de colores, y de un príncipe valiente que pronto regresaría envuelto en cortinas de auroras danzantes.
Los niños nómadas del desierto (y también algunos camellos curiosos) venían a sentarse a su alrededor. Escuchaban con los ojos muy abiertos mientras Lirael decía:
“Mirad allá arriba… esa estrella que parpadea rápido es una que está mandando un besito. Y aquélla tan brillante está diciendo: ‘¡Ya casi llego!’”.
Todas las noches, antes de dormir, Lirael miraba al cielo y susurraba:
“Príncipe mío, el desierto te espera con su arena calentita y sus rubíes. No tengas prisa… pero no tardes mucho, ¿eh?”.
Y el viento del desierto contestaba moviendo su pelo dorado, como diciendo: “Paciencia, pequeña soñadora… las estrellas siempre cumplen sus promesas”.
Una noche, cuando la luna estaba redonda y plateada, todos vieron una estrella muy grande bajar despacito, despacito… Era él. ¡El príncipe había vuelto! Traía consigo una capa hecha de auroras verdes y rosas, y en sus manos llevaba un regalo: una semilla de estrella para plantar en el desierto.
Juntos plantaron la semilla, y al día siguiente creció un árbol altísimo con hojas que brillaban como constelaciones. Desde entonces, cada noche, el árbol canta bajito los cuentos de Lirael, y las estrellas bajan a escucharlo.
Y así, en las arenas eternas de Elyria, Lirael y su amigo príncipe siguen soñando, tejiendo puentes de luz entre la tierra y el cielo, recordándonos a todos que el amor verdadero y las promesas bonitas nunca se pierden… solo esperan el momento perfecto para brillar más fuerte.
Fin.

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