El corazón que late bajo la tierra


 

El corazón que late bajo la tierra

Hace muchos, muchos años, cuando Berga aún era un pueblo pequeño acurrucado entre montañas, vivía un niño llamado Marc. Marc era callado y tenía las manos pequeñas, pero el corazón le latía fuerte, como si llevara dentro un tambor secreto.

Un día de primavera, mientras ayudaba a su abuelo en el taller de curtidores, encontró un viejo trozo de madera de roble muy antiguo. Era grueso, redondo y tenía una forma perfecta para convertirse en algo especial. El abuelo, que había sido tabaler de joven, sonrió con nostalgia y le dijo:

—Esta madera no es como las demás. Escucha…

Marc acercó la oreja y, aunque no oyó nada al principio, sintió un palpitar suave, lejano, como un latido de la tierra misma: pa… tum… pa… tum…

El abuelo le contó entonces la leyenda más bonita de Berga:

—Hace siglos, cuando la gente necesitaba recordar que la luz siempre vence a la oscuridad, el pueblo pidió a los carpinteros y a los curtidores que crearan un tambor muy grande. No uno cualquiera: querían un corazón que pudiera hablar por todos. Lo construyeron con madera de los bosques de Queralt y piel de los animales que pastaban en las mismas montañas que nos protegen. Lo llamaron Tabal.

Desde entonces, el Tabal no es solo un instrumento. Es el alma de la Patum. Su sonido pa-tum, pa-tum da nombre a toda la fiesta porque es el primer latido que anuncia que la alegría está llegando.

Pero lo más mágico —siguió el abuelo— es que este tambor tiene un poder especial: cuando toca con amor, sus vibraciones suben al cielo y empujan suavemente las nubes grises para que salga el sol. Y cuando uno o una del Berguedà está lejos de casa, el día de la Ascensión, si se tumba en el suelo y acerca la oreja a la tierra… puede oírlo. Porque el Tabal nunca deja solo a sus hijos. Su latido viaja por las raíces de las montañas, por los ríos y por los recuerdos, para decirles: «Estoy aquí. La Patum te espera».

Años después, aquel niño Marc se convirtió en un hombre fuerte y sereno. El día que le entregaron el gran Tabal rojo y dorado para que fuera el tabaler, sintió que no llevaba solo un tambor sobre el hombro: llevaba el corazón de todo un pueblo.

Cada año, cuando llega la Ascensión, Marc sale del ayuntamiento con su sombrero de plumas blancas, su traje de terciopelo rojo y oro, y comienza a tocar. Pa-tum… pa-tum… pa-tum…

Los niños lo miran con los ojos muy abiertos. Los mayores sonríen con lágrimas contenidas. Y en las casas donde alguien está lejos —un hijo estudiando en Barcelona, una nieta trabajando en Alemania, un hermano en el mar—, alguien se tumba un momento en el suelo, cierra los ojos y sonríe al oír, muy bajito pero claro, ese latido familiar: pa-tum… pa-tum…

Es el Tabal, que sigue cuidando de todos.

Y así, año tras año, el gran tambor rojo sigue recordándonos que, aunque la vida nos lleve lejos, siempre hay un lugar donde late un corazón que nos conoce y nos espera con fuego, música y mucha, mucha alegría.

Porque en Berga, el Tabal no solo anuncia la Patum.

El Tabal es la Patum.

Y su sonido más bonito no es el que se oye en la plaza…

Es el que se siente dentro del pecho cuando uno vuelve a casa.

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