EL DESAFIO DE TARRACO


 

EL DESAFÍO DE TARRACO


Año 25 a.C. Las nieblas del invierno cubrían los acantilados de la Colonia Iulia Urbs Triumphalis Tarraco. Pero en el Palacio Proconsular, la temperatura era alta.

Cayo Julio César Octaviano Augusto, el hombre más poderoso del mundo, no estaba de buen humor. Llevaba meses dirigiendo la brutal campaña contra los astures y cántabros en el norte, una guerra que parecía no tener fin. Había regresado a Tarraco, la capital de la Hispania Citerior, para recuperarse de una persistente dolencia estomacal y del agotamiento.

Aquella mañana, el aire en el triclinio estaba enrarecido. Frente al emperador, pálido y recostado en su lectus, se encontraba una delegación de los notables de la ciudad, encabezada por el duovir (alcalde) Marco Valerio. El ambiente no era de celebración, sino de justificación.

—César, nos duele verte así —empezó Valerio, con una reverencia excesiva—. Pero traemos noticias que, sin duda, alegrarán tu espíritu y confirmarán el favor de los dioses hacia tu persona.

Augusto frunció el ceño. Odiaba la adulación exagerada. —Habla, Valerio. ¿Qué milagro han obrado los dioses en mi ausencia?

—Es el altar, mi emperador. El altar que la ciudad te dedicó en el Fórum Provincial, aquel que celebra tu Numen (espíritu divino).

Augusto recordó el altar. Una mole de mármol blanco de Luni, inmaculada, erigida por la ciudad para demostrar su lealtad absoluta al nuevo orden imperial.

—¿Qué pasa con él? —preguntó Agrippa, su fiel general y mano derecha, que estaba de pie junto a él, siempre alerta.

Valerio hizo una pausa dramática. —Señor, todos recordamos el terrible incidente del año pasado. El rayo que casi te alcanza mientras viajabas hacia el norte. El esclavo que llevaba la antorcha murió al instante. Fue un recordatorio de que Júpiter te vigila.

Augusto cerró los ojos un momento. Aún podía oler el ozono y la carne quemada. La superstición era su debilidad. ¿Había sido una advertencia o una muestra de protección divina?

—Desde ese día —continuó el duovir—, hemos orado incesantemente. Y ahora, los sacerdotes han descubierto algo portentoso. Del centro del mármol del altar, allí donde quemamos incienso en tu honor, ha brotado una palmera. ¡Una palmera viva, César, fuerte y verde!

Un murmullo recorrió a la delegación de Tarraco. Era un signo inequívoco. La palmera era símbolo de victoria, de inmortalidad, de Apolo (el dios patrón de Augusto). Roma había desafiado a los dioses en el norte, pero en Tarraco, los dioses respondían con vida en el mármol seco.

—Es un prodigio de la Pax Augusta —dijo otro consejero—. Significa que tu divinidad está arraigada en el suelo de Hispania.

Agrippa arqueó una ceja, escéptico. Pero Augusto no reaccionó de inmediato. Se levantó lentamente del diván, ajustándose la toga, y caminó hacia la ventana que daba al mar. El Mare Nostrum estaba bravo esa mañana.

Él conocía Tarraco. Era la joya de Hispania, sí, pero también era una ciudad de mercaderes prácticos y políticos astutos. Sabía cómo funcionaban las provincias: adulación para conseguir favores, prodigios para ganar exenciones fiscales.

"Una palmera en el altar", pensó.

Augusto se volvió hacia los hombres de Tarraco. Su rostro, generalmente grave, se iluminó con una sonrisa sutil, casi imperceptible, pero cargada de una ironía afilada como un gladius.

—Una palmera, decís —dijo, con voz suave pero firme, asegurándose de que todos en la sala lo oyeran.

—Sí, César. Un milagro —confirmó Valerio, esperanzado.

Augusto asintió, su mirada clavada en el duovir.

—Eso —hizo una pausa dolorosa para la audiencia— demuestra lo poco que lo usáis.

El silencio que siguió fue absoluto. El sonido de las olas chocando contra las murallas pareció detenerse. Los notables de Tarraco se miraron entre sí, mudos, el color desapareciendo de sus rostros.

—Si se usara el altar como es debido —continuó Augusto, su sonrisa volviéndose glacial—, si el incienso y el fuego del sacrificio ardieran diariamente como muestra real de vuestra devoción, ninguna semilla habría tenido tiempo de brotar, y ninguna palmera podría haber crecido en la piedra calienta.

El "milagro" de Tarraco se derrumbó instantáneamente, transformado en una prueba de negligencia. El desafío de los tarraconenses —intentar usar la superstición del emperador en su beneficio— había sido anulado por la fría lógica de la administración romana.

Augusto volvió a recostarse en su diván. —Podéis retiraros. Y aseguraros de que esa palmera no sea la única muestra de actividad en el foro.

La delegación salió en silencio, sin atreverse a mirar atrás. Agrippa no pudo evitar una carcajada ahogada.

—Ha sido genial, César.

Augusto suspiró, cerrando los ojos. —El genio, Agrippa, es que los de Tarraco ahora se pasarán el resto del año quemando incienso hasta que el altar quede negro, solo para demostrar que se equivocaban. Al final, Roma siempre gana, incluso cuando solo usamos las palabras.

Esa noche, el altar de Augusto en Tarraco ardía con más fuerza que nunca, reflejándose en las aguas del Mediterráneo, una prueba no de un milagro, sino de un desafío imperial bien respondido.

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