El pastorcillo
EL PASTORCILLO
Cuentan los viejos pastores, aquellos que han vivido más inviernos que nadie, que en lo alto de una sierra donde el viento nunca descansa, existe una historia que no debe olvidarse.
No está escrita en libros.
Está en la tierra, en el aire… y en el silencio.
Habla de un pastorcillo.
Hace muchos años, cuando los caminos aún se guiaban por estrellas y no por señales, vivía un muchacho llamado Tomás. Era pobre como la piedra, pero rico en algo que no se podía contar: cuidado, paciencia… y un corazón que no sabía abandonar.
Cada día subía con su rebaño por senderos imposibles. Y cada tarde, cuando el sol se rendía ante la montaña, tocaba su flauta.
No era música aprendida.
Era música nacida.
Dicen que hasta las águilas dejaban de volar para escuchar.
Pero fue una noche la que cambió su destino.
El cielo se oscureció como si el mundo fuera a apagarse. El viento rugía como una bestia antigua. Y en medio de la tormenta… faltaba una oveja.
La más pequeña.
La más débil.
La que cualquiera habría dado por perdida.
Pero no él.
Tomás dejó todo atrás y volvió a buscarla, desafiando a la montaña, al miedo… y al propio destino.
La encontró.
Y al intentar salvarla, cayó con ella al vacío.
Aquí es donde la historia deja de ser cuento…
y se convierte en leyenda.
Porque ningún cuerpo fue hallado.
Ninguna huella.
Ningún rastro.
Solo el silencio.
Pasaron los años.
Los pastores siguieron subiendo a la sierra, como siempre se ha hecho. Pero algunos empezaron a contar cosas extrañas.
Decían que, en noches de niebla, cuando el mundo parece suspenderse entre dos suspiros…
se escucha una flauta.
Lejana.
Triste.
Hermosa.
Y no es lo único.
También hablan de un muchacho.
No del todo visible.
No del todo ausente.
Caminando entre los riscos, guiando a las ovejas perdidas, llevando de vuelta a quienes se desorientan, apareciendo siempre justo antes de que ocurra la desgracia.
Nunca habla.
Nunca se deja alcanzar.
Pero siempre… ayuda.
Los más ancianos lo tienen claro.
La montaña no se lo llevó.
Lo eligió.
Porque hay almas que, cuando demuestran lo que valen, dejan de pertenecer al mundo de los hombres.
Y pasan a formar parte de algo más antiguo.
Más puro.
Por eso, cuando subas a la sierra y el viento te envuelva sin aviso…
cuando la niebla borre el camino…
cuando sientas que estás solo…
escucha.
Si tienes el corazón limpio y no has olvidado cuidar lo pequeño…
quizá oigas una melodía.
Y si la sigues…
encontrarás el camino de vuelta.
Porque dicen…
que el pastorcillo sigue allí.
Silencioso.
Eterno.
Fiel.
Guardando la sierra…
hasta que el último hombre aprenda que nada es demasiado pequeño como para ser dejado atrás.


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