El Reloj de Miralles y el Sueño de Clarà


 El Reloj de Miralles y el Sueño de Clarà

En el corazón del Berguedà, allí donde el río Llobregat se ensancha para descansar en el embalse de la Baells, se alza un lugar donde el aire todavía huele a hierro y a piedra mojada. En la antigua estación de tren, un edificio que parece observar el muro de la presa con la melancolía de quien perdió un viejo amigo, vive el Señor de Pont de Miralles.

Es un hombre alto, de gestos pausados, que viste un traje negro tan oscuro como el fondo del pantano. Sobre su cabeza luce siempre una chistera de cristal que refleja, según la hora del día, el azul del cielo o el gris del hormigón. Pero lo más importante del Señor de Miralles no es su porte, sino lo que guarda en el chaleco: un reloj de plata unido a una cadena que parece un tramo de vía ferroviaria en miniatura.

Aquel reloj no marca las horas. Se detuvo hace décadas. Sus agujas se quedaron congeladas cuando el último tren de vapor se llevó el humo de las colonias textiles y cuando las minas de carbón de Fígols exhalaron su último suspiro de polvo. Para el Señor de Miralles, el silencio de ese reloj es una espina en el alma.


Una tarde de viento del norte, el Señor de Miralles salió al andén de su estación desierta. Miró hacia arriba, mucho más arriba de donde llegan los ojos de los turistas, hacia el Pla de Clarà. Allí, en la cima que domina La Nou, la montaña no es solo roca; es un gigante.

Clarà es el nombre del guardián de la cumbre. Un ser hecho de piedra calcárea, cubierto por una capa de bojes y pinos rojos que parecen cabellos alborotados. Clarà no usa reloj; su pulso es el paso de las estaciones y el vuelo circular de las águilas.

El Señor de Pont de Miralles alzó su bastón de mando y trazó una línea invisible en el aire, uniendo la superficie del pantano con el pecho del gigante.

—¡Clarà! —gritó con una voz que sonaba a engranajes bien engrasados—. ¡He encontrado la forma! Subiremos el agua hasta tu regazo cuando el sol brille y la dejaremos caer con la fuerza del trueno cuando el mundo tenga frío. ¡Serás el corazón de una gran máquina! ¡Y entonces, mi reloj volverá a andar!


El Gigante de Clarà abrió sus ojos, que eran dos pozas de agua cristalina, y un temblor recorrió las calles de La Nou de Berguedà. Se incorporó lentamente, haciendo que algunas piedras rodaran ladera abajo.

—Señor de Miralles —respondió el gigante, y su voz era como el crujido de un bosque viejo—. Quieres convertir mis prados en un cuenco de cemento. Quieres que mis flores de nieve se ahoguen bajo un lago que no pertenece a la cima. Dices que tu reloj se ha parado, pero es que no sabes escuchar el latido de la tierra. Mi historia no necesita agujas para ser contada.

El Señor de Miralles apretó el reloj en su puño.

—Sin movimiento no hay vida, Clarà. El valle se apaga. Los pueblos necesitan esa luz que nacerá de tu altura. Es el progreso, el baile necesario entre el agua y la montaña.

—El progreso —replicó el gigante con tristeza— a veces olvida que lo que se rompe en la montaña no se arregla con dinero. Si mueves mis tierras, si perforas mis costados para tus tuberías de cristal, el silencio que hoy nos envuelve no volverá jamás. ¿Vale más una bombilla encendida que el derecho de un zorro a beber en paz?


En las plazas y en las masías, la gente escuchaba el diálogo. Eran voces que venían del viento.

Los ancianos, que aún guardaban el polvillo del carbón en las arrugas de sus manos, miraban al Señor de Miralles. Recordaban el bullicio de los trenes y las fábricas, y sentían que, si el reloj volvía a andar, quizás ellos también recuperarían un poco de su juventud.

Pero los jóvenes, y aquellos que habían buscado refugio en la calma de La Nou, abrazaban simbólicamente los pies del Gigante de Clarà. No querían máquinas en la cima; querían que el llano de su infancia siguiera siendo el lugar donde el tiempo, sencillamente, no importa.


El cuento dice que, a día de hoy, el Señor de Pont de Miralles sigue en su estación, limpiando el cristal de su chistera y esperando el momento de dar cuerda a la historia. Y que Clarà, el gigante, sigue vigilante en la cima, cubriendo sus prados con la niebla para esconderlos de los planos y las máquinas.

Nadie sabe quién ganará la partida. Quizás el reloj vuelva a sonar, o quizás el gigante logre mantener su sueño de piedra. Pero dicen los que pasan por el puente de Vilada i desde el muro de la presa que en las noches de luna clara, que si guardas silencio absoluto, puedes oír un pequeño clic metálico seguido de un susurro de hojas.

Allí se está debatiendo su destino. Porque al final, el tiempo del hombre y el tiempo de la tierra están condenados a entenderse, aunque sea bajo la mirada atenta de una chistera de cristal y el abrazo eterno de una montaña de roca.

Moraleja: No hay herida en la tierra que el progreso no deba explicar, ni hay reloj parado que no merezca una oportunidad, siempre que no olvidemos que el paisaje es la única herencia que no se puede reconstruir.

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