El resplandor de Marmolejo
Mientras avanzaba por la orilla, algo lo detuvo en seco: una luz pequeña, blanca y temblorosa, flotaba sobre el agua. Al principio pensó que alguien llevaba un farol, pero la orilla estaba desierta. Aquel resplandor se movía suavemente, como siguiendo el ritmo sereno del río.
Curioso y cauteloso, decidió seguirlo. Cada paso sobre la arena húmeda hacía crujir el suelo, pero la luz nunca se apagaba ni se alejaba demasiado. Subió y bajó piedras, rodeó juncos y llegó hasta un recodo donde el río se ensanchaba.
Allí, frente a sus ojos, la luz se detuvo. Juan se acercó despacio… y ya no había nada. Solo el agua oscura, brillante bajo el reflejo de las estrellas, y un silencio tan profundo que parecía más antiguo que el propio pueblo.
Se quedó allí un largo rato, sin entender. Hasta que sintió cómo algo dentro de su pecho se aflojaba: el peso sordo que llevaba desde hacía semanas se había ido, arrastrado río abajo como si la luz lo hubiera escuchado.
Cuando regresó a casa, nadie comprendía su silencio ni la sonrisa tranquila que traía. Al día siguiente, contó a los viejos del pueblo lo que había visto. Ellos lo miraron con calma y, sin necesidad de palabras, supieron que Juan había tocado algo que Marmolejo guarda solo para quienes saben mirar y escuchar: el murmullo del río, la memoria de la tierra y la luz que aparece cuando más se necesita.
Desde aquella noche, quien camina por la orilla en noches sin luna suele decir que escucha un susurro entre el agua… y que, a lo lejos, una luz tenue guía a quien realmente la necesita.

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