El sendero que recuerda
Aquella noche, la sierra estaba en silencio… pero no en calma.
Subíamos despacio hacia el Santuario de la Virgen de la Cabeza, dejando atrás los últimos ecos de guitarras y palmas. La candela había quedado abajo, junto a las carretas, y solo nos alumbraba la luna, grande y limpia sobre la Sierra de Andújar.
Íbamos tres: mi abuelo, mi padre y yo.
—Escucha bien esta noche —me dijo el abuelo sin mirarme—. No todas las noches hablan igual.
Yo tendría diez años y aún no entendía aquellas cosas, pero me callé. En la romería, uno aprende pronto que hay silencios que se respetan.
El camino era estrecho, de tierra y piedra, y a ratos el viento traía olor a romero y jara. Entonces ocurrió.
La mula se detuvo.
Así, de golpe.
Ni un paso más.
Mi padre tiró suavemente de la rienda.
—Vamos, “Lucera”… vamos, mujer…
Pero el animal no se movía. Tenía las orejas tiesas, mirando hacia lo alto del cerro.
—Déjala —dijo el abuelo en voz baja.
Y entonces lo oímos.
No era un canto… tampoco un ruido.
Era como un murmullo antiguo, como si muchas voces rezaran muy lejos y al mismo tiempo muy cerca. El aire se volvió distinto, más denso, casi como si se pudiera tocar.
—Abuelo… —susurré, agarrándome a su chaqueta— ¿qué es eso?
Tardó en responder.
—No tengas miedo. Eso… es que estamos pasando por donde no se pasa sin permiso.
Mi padre dejó la rienda suelta. La mula dio un paso sola… luego otro… y de pronto, sin que nadie la guiara, tomó un sendero que no era el nuestro.
—Ese no es el camino —dijo mi padre.
Pero el abuelo negó despacio.
—Hoy sí lo es.
Seguimos al animal sin discutir. El sendero era más angosto, casi perdido entre la maleza. Las ramas nos rozaban y el suelo estaba húmedo, como si nadie hubiera pasado por allí en años.
Y entonces la vimos.
Una luz.
No venía del santuario, ni de ninguna linterna. Era pequeña, blanca, quieta… suspendida a media altura entre los árboles.
La mula se detuvo frente a ella.
Nadie habló.
La luz no deslumbraba, pero iluminaba lo justo para que se distinguiera algo más: una piedra, grande, lisa… y sobre ella, una marca grabada.
Un símbolo.
No lo entendí entonces, pero mi abuelo sí.
Se quitó la boina.
—Aquí fue —dijo apenas en un susurro.
Mi padre también se descubrió.
Yo miraba sin comprender, con el corazón latiendo fuerte.
—¿Aquí qué? —pregunté.
El abuelo se arrodilló despacio.
—Aquí la encontraron antes de subirla al cerro… aquí se apareció por primera vez… y aquí no viene nadie por casualidad.
La luz tembló levemente.
Y, durante un instante, juraría que el murmullo se hizo más claro… como una voz sola entre muchas.
Luego, todo desapareció.
La luz se apagó.
El aire volvió a ser aire.
Y la mula, como si despertara, relinchó suave y retomó el camino… esta vez, el de siempre.
Subimos hasta el Santuario de la Virgen de la Cabeza sin decir palabra.
Al llegar, mi abuelo se volvió hacia mí.
—No lo cuentes como si fuera un milagro —me dijo—. Cuéntalo como una verdad.
Han pasado muchos años desde aquella noche.
Mi abuelo ya no sube.
Mi padre apenas puede hacerlo.
Pero yo… yo sigo volviendo.
Y cada vez que la mula —o el coche, o mis propios pasos— dudan en el camino…
escucho, muy dentro, aquel murmullo.
Y sé que voy bien.
Porque hay caminos en la Romería de la Virgen de la Cabeza
que no se aprenden…
se recuerdan.

Comentarios
Publicar un comentario