Hora de soñar Leyenda de Vejer de la Frontera


 

Hora de soñar

Leyenda de Vejer de la Frontera


Dicen los viejos de Vejer, los que aún se sientan en las puertas al caer la tarde, que no todas las noches son iguales.

Que hay una hora…

una sola…

en la que el pueblo recuerda lo que fue… y lo que pudo haber sido.

La llaman la hora de soñar.

Y no es algo que se diga en voz alta.

Porque quien la nombra demasiado… termina escuchándola.

Hace muchos años, cuando las calles aún guardaban más silencio que ahora y el viento del campo traía historias antiguas, vivía en el pueblo un niño llamado Víctor.

Era callado. Observador.

De esos que parecen escuchar cosas que otros no oyen.

Una noche de verano, incapaz de dormir, se asomó a su ventana. Desde allí veía el pueblo entero, blanco bajo la luna, como si el tiempo se hubiera detenido.

Entonces ocurrió.

Las campanas no sonaron…

pero él las sintió.

Doce veces.

Y con la última, el mundo cambió.

Las sombras dejaron de ser sombras.

Se separaban de las paredes, caminaban por las calles, cruzaban las plazas… como si buscaran algo que habían perdido hacía mucho.

Víctor bajó sin hacer ruido.

Nadie más estaba fuera.

Nadie… salvo ellas.

Caminó por las calles empedradas, y pronto entendió algo que le heló la sangre y le encendió el alma al mismo tiempo:

Aquellas sombras no eran fantasmas.

Eran sueños olvidados.

El sueño del hombre que quiso marcharse y nunca se atrevió.

El de la mujer que amó en silencio toda su vida.

El del niño que dejó de creer demasiado pronto.

Todos estaban allí… vagando.

Perdidos.

—¿Qué queréis? —preguntó Víctor, con la voz temblorosa.

Entonces una sombra se volvió hacia él. Era más oscura que las demás, más antigua.

Y cuando habló, no lo hizo con palabras… sino con una certeza que se le clavó dentro:

—Ser recordados… o descansar.

Desde aquella noche, Víctor comenzó a salir cada medianoche.

Escuchaba.

Aprendía.

Y luego… contaba.

Susurraba historias en las esquinas.

A los ancianos, para que recordaran.

A los niños, para que no olvidaran.

Pero cometió un error.

Quiso salvarlos a todos.

Una noche, cuando la luna estaba más baja de lo habitual y el aire olía a tierra húmeda, Víctor llamó a todas las sombras.

—Venid —les dijo—. Yo os recordaré a todos.

Y ellas acudieron.

Una a una.

Decenas.

Cientos.

El pueblo entero parecía latir con recuerdos ajenos.

Entonces, la sombra antigua volvió a aparecer.

Más grande.

Más oscura.

Más viva que nunca.

—No puedes cargar con todos los sueños —le dijo—. Ni siquiera el tiempo lo hace.

Víctor sintió cómo el frío le subía por las piernas.

—No quiero que desaparezcáis…

Hubo un silencio que no era de este mundo.

—Entonces… quédate con nosotros.

Dicen que aquella noche alguien vio una luz extraña en lo alto del pueblo.

Otros dicen que el viento dejó de soplar durante un largo rato.

Y algunos… que escucharon a un niño reír… y luego callar para siempre.

A la mañana siguiente, Víctor ya no estaba.

Lo buscaron por las calles, por las casas, por los campos.

Nunca lo encontraron.

Pero desde entonces, en Vejer de la Frontera, hay algo que no ha cambiado.

Cuando llega la medianoche…

Hay quien ve una figura pequeña caminando entre las sombras.

No da miedo.

Solo observa.

Y dicen que, si alguna vez olvidas un sueño importante…

si lo dejas morir como si no hubiera sido nada…

Él se acercará.

Y te susurrará al oído:

—Aún estás a tiempo…

O tal vez no.

Moraleja (como la dicen los mayores)

Quien renuncia a sus sueños por miedo o costumbre, deja una parte de sí vagando para siempre…

y no hay silencio en el mundo que pueda ocultarlo.

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