La Bruja Negra
En los viejos tiempos, cuando los caminos de tierra se perdían entre encinas y los pueblos se guiaban más por la memoria que por los mapas, se hablaba en voz baja de la Bruja Negra.
Nadie sabía su nombre verdadero. Algunos decían que no lo tenía; otros juraban que lo había olvidado a propósito para que el tiempo no pudiera atraparla. Vivía lejos, en una choza inclinada en lo alto de un cerro donde el viento siempre sonaba como un lamento antiguo.
La gente del valle la temía, como se temen las cosas que no se entienden. Decían que hablaba con las tormentas, que podía curar una fiebre… o traerla de vuelta si se sentía ofendida. También se contaba que nunca pedía oro ni comida a cambio de sus favores, sino algo más difícil: un recuerdo.
Quien acudía a ella con desesperación volvía distinto. No todos regresaban igual.
Una vez, un joven del pueblo subió hasta su choza buscando salvar a su madre, consumida por una enfermedad que ningún médico sabía nombrar. La encontró sentada junto al fuego, vestida de negro como la noche sin luna, sin edad posible en el rostro.
—¿Qué estás dispuesto a perder? —preguntó ella sin mirarlo.
—Lo que sea —respondió él.
La bruja asintió como si ya lo supiera.
—Entonces dame el día más feliz de tu vida.
El joven dudó. Pero la desesperación pesa más que la nostalgia. Aceptó.
Ella no hizo conjuros espectaculares. Solo cerró los ojos, tocó su frente con dos dedos fríos y el silencio se hizo espeso, como si la casa entera hubiera olvidado respirar.
Cuando él bajó al pueblo, su madre estaba sana. Nadie preguntó cómo lo había logrado. La vida siguió.
Pero aquella noche, al intentar recordar por qué sonreía cuando la veía reír, no pudo. Sabía que la quería… pero había perdido el porqué.
Años después, ya hombre hecho, volvió a subir al cerro.
La encontró igual, o quizá no. El tiempo no parecía atreverse con ella.
—Vengo a devolverte lo que me quitaste —dijo él.
La Bruja Negra lo miró por primera vez.
—No te quité nada. Solo lo guardé donde no doliera.
—Me robaste un recuerdo.
—Te salvé una vida.
El silencio cayó entre ambos, pesado como piedra antigua.
Entonces ella se levantó y añadió:
—La gente cree que los recuerdos son tesoros. No lo son. Son cargas. Y algunos… son cadenas.
El hombre bajó sin saber si odiarla o agradecerle.
Y dicen que, desde entonces, cuando alguien del valle olvida algo importante sin saber por qué, es porque la Bruja Negra ha pasado cerca, caminando despacio entre los caminos antiguos, recogiendo recuerdos que nadie debería seguir arrastrando.
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