La casita de los cuentos traviesos








 

La casita de los cuentos traviesos

A las afueras del pueblo, donde el camino se vuelve suave y el viento huele a flores, había una casita muy, muy antigua.

Todos decían que estaba abandonada…

pero no era verdad.

Por las noches, cuando la luna se asomaba curiosa por las ventanas rotas, la casita despertaba. Una lucecita dorada brillaba en su interior, como si alguien hubiera encendido un farol mágico.

¿Y sabes quiénes vivían allí?

¡Fantasmas!

Pero no fantasmas de miedo…

No, no.

Eran fantasmas de cuentos.

La señora Bruma, que hablaba como si cantara.

Don Susurro, que pasaba las páginas sin tocarlas.

Y Lila, un fantasmita pequeño con ojos llenos de estrellas.

Cada noche se reunían en el salón grande, se sentaban en sillones invisibles y abrían libros llenos de historias.

A algunos les encantaban los cuentos de princesas dulces y tranquilas, que hablaban bajito y siempre decían “por favor” y “gracias”.

Otros, en cambio, preferían historias de princesas valientes, un poco gruñonas, que corrían, gritaban y no dejaban que nadie les dijera lo que tenían que hacer.

Al principio discutían un poquito…

—¡Las princesas deben ser elegantes! —decía la señora Bruma.

—¡Las princesas deben ser libres! —respondía Don Susurro.

Hasta que una noche, Lila tuvo una idea brillante:

—¿Y si hacemos cuentos donde haya de todo un poco?

Todos se quedaron en silencio…

y luego empezaron a sonreír.

Desde entonces, en la casita nacieron cuentos maravillosos:

princesas que sabían cantar canciones suaves… pero también trepar montañas;

historias donde se podía soñar… y también decidir;

relatos donde cada uno podía ser como quisiera.

Y así pasaban las noches…

Hasta que una tarde, justo cuando el sol se escondía, un niño llamado Mateo llegó hasta la casita.

Había oído historias en el pueblo, pero la curiosidad pudo más que el miedo. Empujó la puerta con cuidado…

Creeeeec…

Y entró.

La casa estaba en silencio.

Pero entonces… la luz apareció.

Los fantasmas se quedaron quietos.

Mateo también.

—No tengas miedo —susurró Lila, acercándose poco a poco—. Nosotros contamos cuentos.

Mateo abrió mucho los ojos.

—¿Puedo escuchar uno?

Aquella noche, por primera vez, un humano se sentó entre los fantasmas. Escuchó historias imposibles, rió, soñó… y cuando llegó su turno, dudó.

—Yo no sé inventar cuentos… —dijo bajito.

Lila sonrió.

—Claro que sí. Solo tienes que empezar.

Mateo cerró los ojos… y comenzó:

—Había una vez… una casita a las afueras de un pueblo…

Los fantasmas se miraron sorprendidos.

Porque ese cuento…

era el suyo.

Y desde entonces, dicen que cada vez que alguien entra en la casita…

se convierte en parte de la historia.

Quizá por eso, si alguna noche escuchas con atención…

notarás que falta una voz.

La tuya. 


 

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