La dama del pozo de cristal


 La dama del pozo de cristal

En lo alto de una colina olvidada por los caminos, se alzaba un antiguo castillo cubierto de hiedra. Sus muros de piedra, vencidos por los años, conservaban todavía la nobleza de otros tiempos. Las torres se perdían entre la niebla de la mañana y, al caer la tarde, las ventanas góticas se teñían de una luz dorada que parecía venir de otro mundo.

Nadie se atrevía a vivir allí. Los aldeanos aseguraban que el castillo guardaba secretos demasiado antiguos para ser nombrados. Sin embargo, en sus jardines crecían rosas todo el año, incluso en invierno, como si una mano invisible las cuidara con ternura.

Y en el corazón de aquella fortaleza, en una sala abierta al cielo por altos ventanales, existía un pozo tallado en mármol oscuro. No era un pozo común. Sus aguas brillaban como cristal líquido y reflejaban más de lo que los ojos podían ver.

Cada tarde, cuando el sol comenzaba a esconderse, una figura descendía en silencio por las escaleras de piedra. Era una mujer joven de largos cabellos oscuros y vestido blanco, ligero como la bruma. Caminaba despacio, con la elegancia de quien pertenece al lugar desde siempre.

Las palomas volaban a su alrededor sin temor. Las rosas inclinaban sus tallos al paso de sus pies. Y la luz se detenía sobre ella como si la reconociera.

Era conocida en las leyendas como la dama del pozo de cristal.


Muchos años atrás, cuando el castillo aún celebraba fiestas y músicas en sus salones, la dama había sido llamada Elisa. Era hija del señor de aquellas tierras y poseía una belleza serena que hacía callar a quienes la miraban. Pero lo que más brillaba en ella no era el rostro, sino la bondad de su corazón.

Durante una primavera llegó al castillo un joven caballero llamado Adrián. No traía riquezas ni grandes títulos, solo valor, palabra sincera y una mirada limpia como el amanecer.

Elisa y Adrián se enamoraron entre paseos por el jardín, risas escondidas entre los rosales y promesas susurradas junto al viejo pozo. Allí juraron que, pasara lo que pasara, regresarían el uno al otro.

Pero el reino cayó en tiempos de guerra. Adrián fue llamado a marchar lejos, hacia fronteras inciertas. Antes de partir, cortó una rosa blanca y la dejó en manos de Elisa.

—Si alguna vez dudas de mí —le dijo— mírate en el agua del pozo. Allí seguirá mi recuerdo hasta que vuelva.

Elisa esperó días. Luego meses. Después años.

Mas Adrián no regresó.


El dolor convirtió el castillo en un lugar silencioso. Las fiestas cesaron, las puertas se cerraron y los criados se marcharon uno a uno. Solo Elisa permaneció entre aquellos muros, aferrada a la promesa.

Fue entonces cuando nació la leyenda.

Se decía que el pozo escuchaba los deseos verdaderos. Que quien ofreciera una flor nacida de un corazón sincero podría ver en sus aguas aquello que más anhelaba. Algunos hablaban de tesoros, otros de futuros imposibles. Pero Elisa no buscaba oro ni poder. Solo quería una respuesta.

Cada tarde acudía con una rosa recién abierta entre las manos. Cerraba los ojos y la dejaba caer sobre el agua clara. El pozo respondía con destellos suaves, como si respirara.

Y una tarde sucedió.

La superficie brilló con una luz intensa. Las paredes del castillo se llenaron de reflejos plateados. Las palomas alzaron el vuelo.

Entonces Elisa vio un rostro.

Era Adrián. Más maduro, más cansado, marcado por el tiempo… pero era él.

Y una voz lejana, apenas un suspiro, atravesó la sala:

—Espérame.


Desde aquel día, Elisa ya no lloró de tristeza, sino de esperanza. Sabía que Adrián vivía en algún rincón del mundo y que buscaba el camino de regreso.

Los inviernos pasaron. Las nieves cubrieron la colina y se fundieron muchas veces. Los aldeanos envejecieron contando historias sobre la dama blanca que aún esperaba junto al pozo.

Pero Elisa no envejecía. El castillo parecía protegerla, como si la promesa suspendiera el paso del tiempo.

Una noche de tormenta, cuando el viento rugía entre las torres, alguien golpeó las viejas puertas.

La dama abrió.

Allí estaba un hombre cubierto de polvo, con capa rota y ojos cansados. En sus manos llevaba una rosa blanca seca, guardada durante años como un tesoro.

Elisa no necesitó palabras.

Era Adrián.

Había sobrevivido a guerras, naufragios y caminos perdidos. Durante años buscó la ruta de regreso guiado por sueños donde una voz lo llamaba junto al agua brillante de un pozo antiguo.


Cuando Adrián cruzó el umbral, el castillo entero despertó. Las lámparas apagadas se encendieron solas. Las fuentes volvieron a correr. Las rosas florecieron de golpe en cada rincón.

El pozo de cristal lanzó un último resplandor y después quedó quieto, como una misión cumplida.

Dicen que Elisa y Adrián vivieron juntos muchos años, lejos del ruido del mundo, guardando el castillo como quien custodia un milagro.

Otros aseguran que, al amanecer siguiente, ambos desaparecieron y nadie volvió a verlos jamás. Solo encontraron dos rosas blancas flotando sobre el agua del pozo.

Desde entonces, las aves que vuelan sobre la colina llevan en sus alas el rumor de aquella historia. Y quienes pasan cerca del castillo en las tardes de primavera aseguran ver, entre la luz dorada de los ventanales, a una dama sonriendo junto a un caballero que por fin regresó.

Porque hay promesas que ni el tiempo puede romper.

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