La Sombra de las Flores


 

La familia de Armando siempre elegía el mismo rincón del mundo para los domingos de sol: el cauce bajo del Arroyo Plateado. Era un lugar donde el tiempo parecía marchar a la velocidad de una tortuga cansada. Mientras su padre luchaba con la pata coja de la mesa de camping y su madre desenrollaba el mantel, Armando se quedó mirando el agua.

El arroyo no bajaba como siempre. Ese día, el agua traía pequeños destellos verdes, como si alguien hubiera roto un collar de esmeraldas río arriba.

—¡No te alejes, Armando! —gritó su madre mientras pelaba una manzana—. ¡Que la comida está en un suspiro!

Armando asintió, pero sus pies ya habían tomado una decisión propia. Siguió los destellos verdes. Caminó por la orilla, saltando sobre piedras cubiertas de un musgo tan suave que parecía terciopelo, hasta que el sonido de las risas de su familia fue sustituido por un silencio absoluto, denso y fragante.

Fue entonces cuando lo vio. No era un árbol, aunque tenía raíces. No era una casa, aunque tenía una puerta de madera de roble con un pomo de bronce en forma de nariz. Era la morada de Melchor.

Justo antes de tocar el pomo, Armando miró al suelo. Las flores que crecían allí eran de un azul eléctrico, pero sus sombras... sus sombras no eran negras. Las sombras eran de color naranja vibrante y se movían al ritmo de una música que solo ellas podían oír.

—Vaya, vaya —dijo una voz que sonaba como el crujir de las hojas secas—. Parece que el arroyo me ha traído un invitado con los ojos demasiado grandes.

De la cabaña salió un hombre tan anciano que su barba parecía una cascada de algodón que llegaba hasta sus botas de cuero. En su mano sostenía un frasco lleno de luz líquida.

—Me llamo Armando —logró decir el niño, olvidando por completo la tortilla de patatas que le esperaba en el mantel.

—Y yo soy Melchor —respondió el viejo, guiñándole un ojo—. Pero guarda tu nombre en el bolsillo, muchacho. En este lado del bosque, los nombres pesan mucho y las sombras vuelan alto.

Melchor invitó a Armando a pasar. El interior de la cabaña olía a canela, tierra mojada y a algo metálico que Armando no supo identificar. Las paredes estaban forradas de estanterías que llegaban hasta un techo invisible, perdidas entre las vigas de madera.

—Verás, Armando —dijo el viejo, rebuscando entre unos frascos que burbujeaban sin fuego—, te has desviado en un día complicado. Hoy es el Equinoccio de las Sombras Inversas.

—Yo solo seguía unos brillos verdes en el arroyo —respondió Armando, maravillado al ver un libro cuyos dibujos de pájaros intentaban echar a volar desde las páginas.

—Esos brillos eran lágrimas de náyade —suspiró Melchor—. El bosque está perdiendo su color. Mira las flores de ahí fuera. Sus sombras son naranjas ahora, pero pronto se volverán grises. Y cuando la sombra de una flor muere, la flor se convierte en polvo. Y tras las flores, irá el bosque... y tras el bosque, los recuerdos de la gente que viene a comer junto al arroyo.

Armando pensó en sus padres, sentados en el mantel, quizás empezando a olvidar cómo se llamaba él. Un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿Qué puedo hacer yo? Solo soy un niño.

Melchor se detuvo y lo miró fijamente. Su barba brilló un poco.

—Eres un niño que ha podido ver las sombras. Eso te hace especial. Necesito que vayas al Mercado de los Duendes del Musgo y consigas un Espejo de Rocío. Sin él, no puedo terminar la poción para fijar los colores.


Para llegar al mercado, Melchor le entregó a Armando tres objetos extraños:

Un silbato de hueso de ciruelo: "Para pedir paso a las raíces".

Una castaña de plata: "Para pagar el peaje del puente".

Un trozo de pan de su propio saco: "Para los duendes; recuerda que lo humano es un manjar para ellos".

Armando salió de la cabaña. El bosque ya no era el que conocía. Los árboles eran tan altos que las nubes se enredaban en sus copas. Al caminar, las flores a su paso susurraban su nombre: "Ar-man-do... Ar-man-do...".

No había avanzado mucho cuando el suelo empezó a ondularse. De entre los helechos gigantes, apareció un ser pequeño, con la piel del color de la corteza de los pinos y unos ojos amarillos como monedas. Llevaba un sombrero hecho con una cáscara de nuez.

—¿A dónde vas con tanta prisa, caminante de pies ruidosos? —preguntó el duende, bloqueando el sendero con una lanza que no era otra cosa que una espina de rosal muy larga.



El duende, que se hacía llamar Escaramujo, soltó una carcajada que sonaba como piedras chocando en un cubo.

—Nadie pasa por el Sendero de los Helechos sin dejar un "recuerdo tangible" —siseó el duende, haciendo girar su lanza de espina—. Y no me refiero a ese pan que hueles tan bien, aunque me lo quedaré de todos modos. ¡Quiero tu sombra, niño! Las sombras de los humanos son el mejor combustible para nuestras estufas de invierno.

Armando retrocedió, apretando la castaña de plata en su bolsillo. Fue entonces cuando escuchó un sonido agudo, como el tintineo de un cristal roto. Miró hacia la raíz del árbol donde estaba apostado el duende y vio una jaula hecha de hilos de araña reforzados con plata.

Dentro, un pequeño ser de luz se agitaba con desesperación. Era un hada de las flores, pero sus alas, que debían ser transparentes, estaban manchadas de un hollín oscuro. El duende la usaba como "linterna" para iluminar su puesto de vigilancia.

—¡Déjala salir! —exclamó Armando, olvidando el miedo por un momento.

—¿Y quedarme a oscuras? ¡Ni hablar! —respondió Escaramujo lanzando una estocada al aire—. Si quieres pasar, o me das tu sombra, o te convierto en estatua de jardín.

Armando sabía que no podía luchar contra un duende que conocía cada rincón del bosque. Pero recordó lo que Melchor le había dicho sobre el pan: "Lo humano es un manjar para ellos".

—Está bien, Escaramujo —dijo Armando, fingiendo derrota—. Si te quedas con mi sombra, al menos déjame comer por última vez mi delicioso Bocado de las Siete Delicias.

Sacó el trozo de pan que Melchor le había dado. El olor del pan horneado en el mundo humano golpeó la nariz del duende como un hechizo. Escaramujo empezó a salivar; los duendes pueden comer raíces y bayas, pero el pan fermentado es para ellos como el oro puro.

—Dámelo —gruñó el duende, bajando la lanza.

—Solo si sueltas a la luz primero —propuso Armando—. El pan sabe mejor cuando no hay hadas llorando cerca. Amarga el sabor, ¿no lo sabías?

El duende, cegado por la gula y creyendo que el niño no tendría escapatoria una vez que comiera, pateó el pestillo de la jaula de hilos de araña.

—¡Largo de aquí, bicho luminoso! —gritó.

El hada salió disparada como una chispa, pero no huyó. Se quedó revoloteando sobre la cabeza de Armando. En ese instante, Armando lanzó el trozo de pan, pero no a las manos del duende, sino hacia lo profundo de un arbusto de zarzas.

—¡Ahí lo tienes! —gritó Armando.

Mientras el duende se lanzaba de cabeza entre las espinas, peleándose con las ramas para alcanzar el manjar, el hada se posó en el hombro de Armando.

—¡Corre, gigante amable! —le susurró al oído con una voz que parecía el roce de dos pétalos.

Corrieron (y volaron) hasta que el gruñido de Escaramujo se perdió en la distancia. Se detuvieron junto a una seta gigante que servía de paraguas contra el polen que caía de los árboles.

—Me llamo Lila —dijo el hada, sacudiéndose el polvo de las alas—. Soy una guardiana de la Sombra de las Flores de la Primavera. Me atraparon mientras intentaba limpiar la mancha gris que se extiende por el bosque. Gracias, Armando.

—¿La mancha gris? —preguntó él, recordando las palabras de Melchor.

—Sí. Hay alguien, o algo, robando el color de las sombras para construir un Palacio de Humo en el centro del bosque. Si no recuperamos el Espejo de Rocío, el mundo de las flores desaparecerá, y tu mundo también se volverá gris y triste.

Lila miró a Armando con sus ojos de polen dorado.

—Tú vas al Mercado de los Duendes, ¿verdad? Yo conozco un atajo, pero para entrar allí, no puedes parecer un humano. Los duendes huelen el miedo y la tortilla de patata a kilómetros.


Lila voló en círculos sobre la cabeza de Armando, dejando un rastro de escarcha plateada.

—Quédate muy quieto, Armando. La magia de las hadas no duele, pero hace cosquillas.

El niño sintió que el mundo estallaba en un crecimiento repentino. Las briznas de hierba se convirtieron en columnas verdes que rozaban el cielo; las piedras del camino ahora eran montañas escarpadas de granito. Armando se había encogido hasta tener el tamaño de una bellota.

—Ahora viene lo más difícil —susurró Lila, cuya voz ahora sonaba normal para él—. Para encontrar la Flor del Alba (la planta que devuelve el esplendor), debemos cruzar el valle. Pero el cielo está lleno de cuervos vigías del Palacio de Humo. No pueden vernos.

—¿Cómo lo haremos? —preguntó Armando, mirando con temor a un escarabajo que ahora parecía un tanque acorazado.

—Caminaremos por donde nadie mira —respondió Lila señalando el suelo—. Caminaremos por dentro de las sombras.

Lila le enseñó un truco de hadas: si dabas un paso valiente justo donde terminaba el pétalo y empezaba la sombra, podías "sumergirte" en ella. Armando lo intentó. Al pisar la sombra de una margarita, sintió que el suelo se volvía fresco y elástico, como caminar sobre una nube de terciopelo oscuro.

Dentro de la sombra, el mundo se veía en tonos azulados y violetas. Eran invisibles para cualquiera que estuviera fuera. Saltaron de la sombra de una amapola a la de un diente de león, avanzando rápidamente mientras escuchaban, muy por encima de sus cabezas, el graznido de los cuervos que buscaban desesperadamente al "niño intruso".

Tras horas de viaje por el mundo sombrío, llegaron a un claro donde el sol no lograba entrar del todo. Allí, protegida por un círculo de espinos negros, estaba ella: La Flor del Alba.

Era una planta pequeña, de pétalos blancos que brillaban con una luz propia, tan intensa que no proyectaba sombra alguna. Era la única flor del bosque que era pura luz.

—Es ella —dijo Lila con reverencia—. Sus raíces contienen el "jugo del tiempo", lo único que puede alimentar la alquimia de Melchor y devolver el color a las sombras de todas las demás flores.

Pero justo cuando Armando se disponía a acercarse, el suelo tembló. El duende Escaramujo, que no se había rendido, había seguido el rastro de las "sombras movidas". No podía entrar en el mundo de las sombras, pero estaba allí fuera, con un enorme fuelle de cuero, listo para soplar un humo grisáceo que marchitaba todo lo que tocaba.

—¡Sé que estáis ahí! —rugió el duende—. Si no puedo tener tu sombra, niño, ¡nadie tendrá primavera! ¡Convertiré este jardín en un desierto de ceniza!

Armando sabía que no podían quedarse allí. Con un movimiento rápido y delicado, arrancó la Flor del Alba. En el momento en que sus dedos tocaron el tallo, sintió una descarga de energía caliente que recorrió su brazo.

—¡Rápido, Lila! —gritó Armando—. ¡A la cabaña de Melchor!

Pero había un problema: al llevar la Flor de Luz en sus manos, Armando ya no podía esconderse en las sombras. La luz de la flor las disolvía. Ahora eran visibles, pequeños como hormigas, y tenían a un duende furioso y a un ejército de nubes grises pisándoles los talones.


El humo gris de Escaramujo estaba a punto de asfixiar el claro. El duende reía, extendiendo sus manos sarmentosas para atrapar a Armando. Pero el niño no se acobardó. Levantó la Flor del Alba con ambas manos, como si fuera una antorcha.

—¡Ahora, Lila! —gritó.

La flor emitió un destello cegador, una explosión de primavera pura que golpeó los ojos del duende. Escaramujo retrocedió aullando, soltando su fuelle de humo. En ese instante, Armando sacó la castaña de plata de su bolsillo. Al haber encogido él, la castaña se había convertido en un proyectil pesado y brillante. La lanzó con todas sus fuerzas hacia el desfiladero de raíces por donde el duende intentaba escapar, bloqueando la salida con una roca de plata infranqueable.

Entonces, el aire empezó a vibrar. Cientos de hadas, hermanas de Lila, descendieron de las copas de los árboles formando un torbellino de alas doradas y azules.

—¡Sujétate fuerte, Armando! —exclamó Lila.

El túnel de viento las envolvió, elevando a Armando y a la flor por encima del bosque gris. Volaron a toda velocidad, viendo desde lo alto cómo el mundo recuperaba su color allí donde pasaba la luz de la flor, hasta que divisaron la chimenea de la cabaña de raíces.

Cayeron directamente sobre la mesa de trabajo de Melchor. El alquimista los esperaba con un caldero de cristal vacío.

—¡Rápido, muchacho! —urgió el viejo—. La flor tiene el poder, pero necesita una chispa de humanidad para activarse. Debes darme tu recuerdo favorito. Si lo haces, la primavera se salvará, pero tú... tú ya no recordarás ese momento.

Armando cerró los ojos. Recordó el olor de la tortilla de su madre, el sonido de la risa de su padre y aquel primer chapuzón en el río. Era su tesoro más grande. Con una lágrima recorriéndole la mejilla, asintió.

—Tómalo —susurró.

En el momento en que entregó su recuerdo al caldero, la Flor del Alba se fundió en un líquido esmeralda que estalló hacia el cielo, devolviendo la sombra vibrante a cada pétalo del bosque. Pero algo más rompió el silencio de la magia:

—¡Armando! ¡Armando, hijo! ¿Dónde estás? —la voz de su madre, cargada de angustia, atravesó el velo entre los dos mundos.

El cuerpo de Armando empezó a crecer rápidamente, recuperando su tamaño natural mientras el mundo de Melchor se desvanecía como un sueño al despertar. Las hadas, en un último esfuerzo de gratitud, lo transportaron en volandas hasta la orilla del arroyo, justo detrás de los sauces llorones.

Antes de que sus pies tocaran el suelo humano, Lila se posó un segundo en su lóbulo. Le dio un beso cálido, que supo a miel y rocío, y le susurró al oído:

—No me olvides, Armando. Y cuando vuelvas al río, mira siempre bajo la sombra de las dalias... allí estaré esperando.

Armando parpadeó. Estaba de pie junto al arroyo, con los zapatos un poco manchados de barro y una extraña sensación de felicidad en el pecho, aunque no lograba recordar por qué estaba tan emocionado hace un momento.

—¡Aquí estás! —dijo su madre corriendo a abrazarlo—. Solo te alejaste un minuto, pero me has dado un susto de muerte.

Su padre, desde la mesa de camping, levantó un trozo de pan.

—¡Ven a comer, campeón! Que se enfría.

Armando se sentó en el mantel, pero antes de morder el pan, miró hacia el bosque. En la orilla opuesta, le pareció ver un destello azul y una sombra de color naranja que le hacía un guiño desde una flor. Sonrió, sabiendo que aunque hubiera perdido un recuerdo, había ganado un secreto que duraría toda la vida.

FIN

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