Amapolas
AMAPOLAS
Ernest Pont Salmerón
Cuando Alba tenía ocho años, su abuelo le enseñó un campo que parecía guardar un pedazo de cielo caído sobre la tierra.
—Mira bien —le dijo—. Las amapolas no florecen para quedarse. Florecen para enseñarnos algo.
—¿El qué? —preguntó ella.
—Que algunas cosas son bonitas precisamente porque duran poco.
Cada primavera caminaban juntos hasta aquel lugar. Un sendero estrecho junto al río, un viejo olivo torcido por el viento y, después, el milagro: cientos de amapolas rojas moviéndose como pequeñas llamas bajo el sol.
Su abuelo llevaba siempre un sombrero de paja viejo y un reloj que ya no funcionaba.
—¿Por qué no lo arreglas? —preguntaba Alba.
—Porque algunas cosas no sirven para dar la hora. Sirven para guardar el tiempo.
Y Alba no entendía.
Los años fueron pasando.
Llegó un invierno demasiado largo.
Y una primavera, Alba tuvo que caminar sola.
El sendero seguía allí.
El olivo seguía allí.
Pero faltaba una voz.
Se sentó junto al campo rojo.
El viento movía las flores despacio.
Y entonces lo vio.
Entre las amapolas había crecido una sola flor blanca.
Nunca antes había estado allí.
Alba se acercó.
A su lado, medio enterrado entre la hierba, apareció algo brillante.
Un reloj viejo.
Parado.
Igual que aquel.
Lo sostuvo entre sus manos.
Y por primera vez entendió.
Las cosas importantes no desaparecen.
Cambian de lugar.
Se quedan en los caminos.
En las costumbres.
En las palabras.
En las flores.
El viento volvió a mover las amapolas.
Y por un instante muy pequeño…
le pareció ver un sombrero de paja alejándose despacio junto al río.
Alba sonrió.
—Ya lo entiendo, abuelo.
Y aquella primavera, entre cientos de amapolas rojas, algo floreció también dentro de ella.
Fin.

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