El duende invisible
El duende invisible
En un pequeño pueblo rodeado de bosques vivía un duende llamado Nilo.
Era un duende muy especial.
No porque supiera hacer magia. Ni porque tuviera un sombrero brillante. Ni siquiera porque pudiera hablar con los animales.
Lo especial de Nilo era otra cosa:
nadie podía verlo.
Ni los niños. Ni los panaderos. Ni las señoras que regaban flores en las ventanas.
Nilo era completamente invisible.
Al principio aquello le parecía divertido. Podía sentarse en la fuente del pueblo sin que nadie lo molestara. Podía escuchar canciones en la plaza. Incluso olía los pasteles recién hechos antes que nadie.
Pero con el tiempo empezó a sentirse triste.
Porque nadie le daba los buenos días. Nadie le sonreía. Nadie sabía que existía.
Y aunque era pequeño… la soledad le pesaba muchísimo.
Cada noche se sentaba bajo un viejo árbol y suspiraba.
—Ojalá alguien pudiera verme alguna vez…
Una tarde de otoño ocurrió algo inesperado.
Una niña llamada Alma caminaba por el bosque buscando su cometa roja, que el viento había arrastrado entre los árboles.
—¡Dónde estás! —gritaba.
Nilo encontró la cometa atrapada en unas ramas altas. Con mucho cuidado trepó, la soltó y la dejó caer delante de la niña.
Alma abrió mucho los ojos.
—Gracias… —susurró.
Nilo sonrió aunque sabía que ella no podía verlo.
Pero entonces Alma volvió a hablar.
—Sé que estás ahí.
El duende se quedó inmóvil.
Nadie había dicho algo así jamás.
—No puedo verte… pero te siento.
Aquellas palabras le calentaron el corazón como una manta en invierno.
Desde ese día Alma regresaba cada tarde al bosque.
Le hablaba. Le contaba secretos. Le enseñaba canciones. Y dejaba siempre dos trozos de pan sobre la piedra grande: uno para ella y otro “para el duende invisible”.
Poco a poco Nilo comprendió algo importante:
hay personas que ven con los ojos… y otras que ven con el corazón.
Y quizá eso último era mucho más hermoso.
Con los años, muchos niños del pueblo empezaron a hablar del pequeño duende del bosque.
Decían que cuando alguien estaba triste, las hojas se movían suavemente a su lado.
Que cuando un niño lloraba, aparecía una flor donde antes no había nada.
Y que en las noches tranquilas, una pequeña risa alegre viajaba entre los árboles.
Nadie sabía si era verdad.
Pero Alma sí.
Ella nunca dejó de creer en él.
Y desde entonces, el duende invisible jamás volvió a sentirse solo.

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