La Montaña del Corazón de Nieve
La Montaña del Corazón de Nieve
Había una vez, en lo más alto de las montañas del Pirineo, una princesa llamada Culibillas. Ella no era una princesa común; era hija de dos montañas gigantes y sabias: el padre Anayet y la madre Arafita.
Culibillas era alegre y tenía un secreto: le encantaban los animales pequeños, especialmente las "formigas" (que es como se dice hormigas en la lengua de las montañas). Pero no eran hormigas negras, sino unas hormigas blancas y brillantes, suaves como la nieve.
Cerca de allí vivía Balaitús, un dios gigante muy fuerte pero con muy mal humor. Balaitús quería que Culibillas se casara con él a la fuerza, pero ella prefería correr libre por los valles.
Un día, Balaitús, enfadado porque Culibillas siempre se escapaba, decidió perseguirla con sus pasos de gigante que hacían temblar el suelo: ¡BUM, BUM, BUM!
Culibillas corrió y corrió, pero se quedó atrapada frente a una gran roca. Asustada, llamó a sus mejores amigas:
— "¡Formiguitas, ayudadme! ¡El gigante me va a atrapar!"
De repente, miles y miles de formigas blancas salieron de sus hormigueros. Eran tantas que cubrieron toda la montaña, creando un manto blanco tan brillante que el gigante Balaitús se quedó cegado. No podía ver por dónde caminaba y, asustado por aquel ejército de bichitos blancos, salió corriendo para no volver jamás.
¿Sabías qué? Por esa gran reunión de hormigas blancas, hoy ese lugar se llama Formigal.
Para darles las gracias por salvarla, Culibillas hizo algo increíble. Se acercó a la peña más alta, llamada Foratata, y con mucho cuidado, abrió un hueco en la roca para que las hormigas blancas tuvieran un castillo donde vivir siempre protegidas del frío y del viento.
Dicen los abuelos que, si miras hoy la Peña Foratata, verás que tiene un agujero en el centro (un "forato"). Ese es el corazón de la montaña, donde Culibillas y sus amigas las hormigas blancas cuidan de que siempre haya nieve y alegría en el valle.

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