Nos encontraremos en los sueños
Nos encontraremos en los sueños
Había una vez una niña llamada Alba que tenía miedo de las noches.
No del viento.
Ni de la lluvia.
Ni siquiera de la oscuridad.
Lo que realmente le daba miedo…
era quedarse dormida.
Porque cuando cerraba los ojos, echaba mucho de menos a su abuelo Tomás.
Antes, él le contaba historias de barcos, estrellas y faros junto al mar.
Siempre terminaba igual:
—Si alguna vez no me ves… búscame en los sueños.
Pero una mañana el abuelo ya no estaba en su sillón azul junto a la ventana.
Y desde entonces, Alba dejaba una pequeña lámpara encendida cada noche, por si él no encontraba el camino.
Aquella noche, mientras la lluvia golpeaba despacio los cristales, su mamá la arropó.
—Intenta dormir un poco.
—¿Y si el abuelo no sabe dónde estoy?
Su madre le acarició el pelo.
—Las personas que nos quieren siempre saben encontrarnos.
Alba cerró los ojos despacio.
Y entonces ocurrió.
El sonido de las gotas desapareció.
La habitación comenzó a llenarse de pequeñas luces doradas, como luciérnagas flotando en el aire.
Cuando abrió los ojos… ya no estaba en su cuarto.
Se encontraba en una playa inmensa bajo un cielo lleno de estrellas.
Y allí, sentado sobre un viejo banco de madera mirando el mar…
estaba el abuelo Tomás.
—Sabía que vendrías —dijo sonriendo.
Alba corrió hacia él.
—¡Te he echado muchísimo de menos!
El abuelo la abrazó fuerte.
—Yo también, pequeña marinera.
Caminaron juntos por la arena mientras las olas brillaban como si guardaran pedacitos de luna.
—¿Esto es un sueño? —preguntó Alba.
—Los sueños son lugares especiales —respondió él—. A veces sirven para descansar… y otras veces sirven para reencontrarse.
Alba levantó la mirada.
En el cielo había cientos de cometas luminosas cruzando despacio la noche.
—¿Todas esas personas también sueñan?
—Sí. Y muchas están recordando a alguien que aman.
Siguieron caminando.
El abuelo le enseñó un faro blanco construido sobre unas rocas.
La luz giraba lentamente iluminando el mar.
—¿Sabes para qué sirven los faros?
—Para que los barcos no se pierdan.
—Exacto. Y el amor hace lo mismo con las personas.
Alba se quedó pensando.
Entonces el abuelo se agachó frente a ella.
—Escúchame bien. Aunque no puedas verme todos los días… eso no significa que haya desaparecido del todo.
Le puso una mano sobre el corazón.
—Mientras alguien nos recuerde con cariño… siempre encontramos el camino de vuelta.
La niña sintió que algo calentito le brillaba dentro del pecho.
Después el viento comenzó a soplar suavemente.
Las estrellas empezaron a alejarse.
—Creo que ya debes despertar —susurró el abuelo.
Alba lo abrazó muy fuerte.
—¿Volveré a verte?
Él sonrió como siempre.
—Claro que sí.
Le dio un beso en la frente y respondió:
—Nos encontraremos en los sueños.
A la mañana siguiente, la lluvia había desaparecido.
La pequeña lámpara seguía encendida junto a la cama.
Pero Alba ya no tenía miedo de dormir.
Esa noche, antes de cerrar los ojos, miró hacia la ventana y sonrió.
Porque algunas personas nunca se marchan del todo.
A veces…
simplemente aprenden a visitarnos de otra manera.

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